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Imelda Rodríguez

Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


La excitación de los saltimbanquis

18/06/2022

Había un artista llamado Gustave Doré que tenía obsesión por ilustrarlo todo. Pintaba cuadros para comunicar a las masas la verdad de lo que estaba ocurriendo. Sus obras están repletas de símbolos, de realidades que permiten comprender cómo respiran las sociedades. Sus grabados en joyas como 'El Quijote' han pasado a la posteridad. Este pintor francés tenía una prodigiosa capacidad de observación, propia de las figuras con talento, que le permitía ejecutar su trabajo con suma precisión. Uno de sus cuadros, 'Los Saltimbanquis', representa como pocos el ambiente de una vida nómada llena de emociones. Pero el autor va más allá y nos representa a una familia de acróbatas ante una tragedia. La madre sostiene a su hijo pequeño, herido tras un accidente mientras caminaba por la cuerda floja del circo. Todo es consternación. Es la cara y la cruz de los comediantes de aquella época. Me gustaría saber cómo dibujaría este pintor francés a la clase política actual. Saltimbanquis en los partidos, en los gobiernos y en las organizaciones aparecen demasiado a menudo. Lo vemos a diario, aunque quizás cada vez nos inmutamos menos. Es la mala costumbre de callarse ante lo irreverente. Una tónica que también nos sitúa a nosotros en la cuerda floja. Porque lo correcto es lo correcto y hay que reclamarlo siempre. De ello dependen las oportunidades de nuestros hijos.  Por eso, si quienes están al frente de la toma de decisiones, gobernando o ejerciendo el control desde la oposición, no tienen sentido común, apaga y vámonos.
Qué duda cabe que los saltimbanquis son personajes divertidos, pero me temo que solo en ambientes circenses. Por definición, estos titiriteros eran hombres de poca sustancia que hacían todo tipo gracias en público para divertir al gentío que transitaba por las plazas. Imitaban, ridiculizaban y cantaban, obsesionados por reclamar toda la atención, que solía traducirse en más monedas. Ahí estaban los bufones, alcahuetes, contorsionistas o acróbatas. Divertir, divertir, divertir. Una labor digna, como todas, si se hace con dignidad. Hoy la clave está en detectar si el ánimo social que fabrican algunos de nuestros políticos se mide por estos mismos parámetros. ¿También quieren divertirnos, confundirnos o embaucarnos? ¿Están para eso? Miremos donde miremos, hay ejemplos que nos dejan con la boca abierta. Y sobre los que debemos reflexionar. Porque cuando no pensamos críticamente sobre lo que ocurre, terminamos por aceptarlo como normal. Y no lo es, créanme. Los políticos auténticos solo se centran en lo primordial. Y resuelven, que esa es también su misión. Por eso en Castilla y León ha ocurrido algo muy relevante en los últimos días. Hablo del acuerdo que va a garantizar la supervivencia del Grupo Siro, gracias especialmente a la mediación crucial de la ministra de Industria, Comercio y Turismo, la vallisoletana Reyes Maroto. Su equilibrio, atino y precisión conciliadora ha sido ensalzado por sindicatos y trabajadores. Y ahí están los resultados: casi dos mil puestos de trabajo salvados. Casi nada. Esto es hacer política de vanguardia: más negociación y menos excitación.  Lo demás son triples saltos mortales, con fines distintos al bien común. Porque asumir una responsabilidad política no es, en absoluto, un marco para espolvorear ideología partidista, ni para chiflar más que los otros, ni tampoco para moverse por desenfrenos que solo provocan confusión. La política hay que hacerla para mejorar la vida de la gente, no para tocar sus vísceras con fines electorales. A menudo, quien actúa con esta soberbia, no sabe a dónde va.  
Hace unas horas, Macron, Scholz y Draghi han llegado a Kiev juntos. Querían escenificar la unidad de Europa y evitar que se desinfle la esperanza del pueblo ucraniano. Hechos. Mientras tanto, en nuestro país, asistimos a la convocatoria electoral en Andalucía, donde sus electores también miran con atención al gobierno de Castilla y León. La sensación general es la de haber escuchado pocas novedades y muchos mantras. Todo parece ya lo mismo. El mismo ruido, las mismas anécdotas, los mismos chistes, las mismas dudas y el mismo hastío. ¿Dónde ha quedado la pasión por votar al mejor? Todos nos cansamos de las piruetas que hemos visto más de un millón de veces. Por eso necesitamos líderes con autenticidad, porque solo ellos pueden acercarnos al progreso cumplido. Para hacer esta política ilusionante se necesitan mujeres y hombres con esta pasta especial. Un líder político auténtico tiene una visión poderosa, una coherencia infalible y una humanidad férrea. Amén de su integridad, que es insobornable.  Y todo esto lo manifiestan con actitudes compasivas, honestas y resolutivas. Es así de sencillo. Ahora bien, como permitamos que sigan proliferando saltimbanquis en el escenario político, lo importante empezará a estar acorralado por lo insignificante. Quien tenga oídos, que escuche.