Imelda Rodríguez

Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


A toda prisa

06/04/2024

Estamos ante la peor clase política de los últimos cuarenta y cinco años. Lo estamos. Es una evidencia. Claro que hay excepciones, pero son las menos. Y, quien puede alzar la voz y poner cordura, se deja llevar por la moda de la comunicación violenta. A los audaces, en la política actual, se les suele dejar en las cunetas, a la primera de cambio. Y esto ya dice mucho de quién está a los mandos. Uno de los principales problemas que tiene la clase política es que bebe los vientos por su sillón y, curiosamente, más allá de su cargo, no se les conoce otro oficio. Y, cuando esto ocurre, hay que venderse al mejor postor, defender lo indefendible o enarbolar un discurso incendiario, para mantenerse en este sillón. Inasumible. Lo importante para ellos es agitar el avispero, que algún beneficio sacan. Eso nos demuestran con sus actos, al menos. El problema es que son muchos los que están deformando las instituciones con su mala práctica política. ¡El colmo de los colmos! Deforman cuando practican lo que llamo la "comisión-manía". Es un nuevo estilo de hacer política: llamar a declarar a novios, novias, maridos y mujeres -o a lo que sea-, con tal de seguir abundando en un espectáculo de confrontación bochornoso. Ahora bien, ¿alguien se atreverá a alzar la voz y pondrá cordura? Quien lo haga, marcará la tendencia urgente de una generación de políticos auténticos. Puede ser un momento histórico. Desde luego, lo estamos esperando, porque el objetivo de cada día no puede centrarse en pronunciar la mayor burrada, para acaparar titulares, entrevistas o hacerte valer en un partido. ¿Pero esto qué es? Buena parte de los políticos que se pasean hoy por los pasillos de nuestras instituciones tendrían un recorrido breve en el ámbito empresarial: por actitud y por aptitud. Y el mérito, no puede estar solo en nuestras empresas (donde sí hay grandes líderes), sino que debe ocupar también el espacio político, para que un país pueda progresar. Los políticos tibios dan pocos resultados y solucionan solo a ratos. Tienen demasiada prisa por todo. Prisa por ocupar horas de televisión (¡ay, la vanidad!), prisa por colocarnos su mensaje (sea verdadero o no) y prisa por trepar posiciones en el partido -no sea que venga otro y me quite el puesto-. Cuando un líder está demasiado acelerado (en la política o en la empresa) suele esconder rasgos de mediocridad, de egoísmo y de flaqueza intelectual, lo que automáticamente le invalida para tomar decisiones acertadas. En las organizaciones, cuando los directivos actúan con aceleración, terminan destrozando equipos, estrategias y resultados. Vivimos una época que demanda precisión (no prisa). Y para combatir esta dispersión, hay que promover un sistema educativo fuerte en valores (no fuerte en ideología). Hay que reclamar el pensamiento crítico, porque no todo puede valer (nos conduce al precipicio). Y, cómo no, hay que exigir líderes con la valentía de defender, decir y hacer lo correcto.

 

Y hablando de valentía, se cumplen ahora cuarenta y cinco años de la primera victoria del que fuera alcalde de Valladolid durante dieciséis años, Tomás Rodríguez Bolaños. Con sus aciertos y sus errores, pero, sobre todo, con sus hechos, con su pasión por las personas -su pasión por Valladolid-, y con su carisma, siempre le movió defender lo justo. Y actuar en consecuencia. De hecho, cuando trabajaba en la FASA, su talento reivindicativo le llevó a convertirse en sindicalista, casi por aclamación de sus compañeros. Participó en huelgas decisivas en los años setenta, para reivindicar los derechos de los trabajadores, algo que, según cuentan distintos historiadores, provocó su despido. ¿Se expondrían hoy así nuestros políticos? Rodríguez Bolaños es un símbolo de lo que significa tener ideales (no ideas de quita y pon) y de amar lo que haces. Llegó a la política después de demostrar que le importaba la gente, que quería cambiar las cosas y contribuir al bienestar de los demás. Los que le conocieron en aquellos primeros años, recuerdan que tenía la sana costumbre de no hablar mal de nadie, muy al contrario, era dialogante, cercano y optimista. Contaba con una afabilidad muy característica, que yo misma puede descubrir en su figura cuando, en mi etapa de rectora, coincidí con él en varias ocasiones. Afabilidad que llevan impreso en el carácter los líderes auténticos, como el presidente Adolfo Suárez, fallecido ahora hace diez años. Estaban hechos de otra pasta: de convicciones, de tesón, de moderación, de nobleza y de concordia. Dudo que hubieran entendido este momento de crispación. De hecho, ya nos adelantó Adolfo Suárez, en sus discursos, que la descalificación global llevaría al bloqueo de la convivencia. Casi nada. Y en esas estamos. Así que, visto lo visto, cada vez se hace más imprescindible la presencia de líderes auténticos que no tengan prisa por ascender, solo por hacerlo bien.