La pluma y la espada - Cortés

Urdidor de alianzas, estratega y en primera línea en el momento crucial (II)


El audaz conquistador y genio militar hizo de la información y la propaganda ante el rival un arma más que ayudó a la desaparición del gran imperio azteca

Antonio Pérez Henares - 13/03/2023

La campaña de México contra el imperio mexicano del siglo XVI alumbró a un genio militar a la altura de los más grandes que la historia ha podido dar. Un hombre que, hasta aquel momento, no había tenido acto reseñable alguno en el oficio de la guerra. Su epopeya y conquista lo fue contra un gran imperio, militarizado en extremo, de tropas perfectamente organizadas y vencedoras siempre. Hasta que Hernán Cortés llegó nada tuvo que ver con las luchas anteriores contra los indígenas, con quienes los españoles se las vieron. 

El extremeño salió victorioso partiendo de una increíble inferioridad de tropas, concitando a las tribus sojuzgadas por los terribles aztecas y actuando con una inteligencia estratégica digna de Alejandro Magno o de Julio César. Hoy, sigue siendo motivo de estudio entre quienes han hecho de la milicia y la historia militar mundial su vocación y profesión. 

La comparación con tales personajes fue en su tiempo moneda común entre sus admiradores y enemigos. El mismo conquistador español Pánfilo de Narváez, al que derrotaría cuando fue a detenerlo a México por orden del gobernador general de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, le proclamó años después en el juicio celebrado en España.

 Mural en el Palacio Municipal de Paraíso, Tabasco, sobre la  Batalla de Centla. Mural en el Palacio Municipal de Paraíso, Tabasco, sobre la Batalla de Centla. Fue cierto que lo había derrotado con facilidad, pero en su descargo Narváez adujo que quien lo hizo no era un cualquiera, sino alguien solo comparable a los más grandes generales de todos los tiempos.

 Amén de esas dotes estratégicas y diplomáticas, Cortés supo aprovechar las grietas y disensiones enemigas e hizo de la información y la propaganda ante el rival un instrumento esencial y un arma más. Primero se valió de Melchorejo, un joven maya; después de Jerónimo de Aguilar, que había estado prisionero y luego de Malinche, una mujer que conocía el nathual y el maya, por lo que le traducía ante los aztecas y las otras etnias sometidas por ellos. Hernán Cortés añadió a ello un elemento personal. 

Valiente

Él fue quien en los momentos decisivos, tras planear la batalla, se lanzaba al combate en primera línea y encabezaba el ataque. Eso le hizo aún más grande y admirado ante su tropa. En varias ocasiones estuvo a punto de perder la vida en ello. Curiosamente, la vez que más cerca estuvo de un atroz final fue, no en las batallas de Noche Triste ni en Otumba, sino en el cerco final a Tenochtitlan cuando le forzaron a un ataque. Él lo estimó prematuro y al poco se encontró rodeado y prendido por varios guerreros aztecas que lo tenían agarrado para llevárselo preso y sacrificarlo en el Templo Mayor. Su fiera resistencia y la ayuda de algunos de sus soldados, uno moriría por salvarlo, le permitieron desasirse y sobrevivir. 

 Lo que nadie puede poner en duda, sean cual sean las críticas a su actuación y el encono con que se le trate, es su valor. Nadie lo ha hecho. En ninguno de los muchos escritos sobre él , incluso los que son obra de sus acérrimos enemigos, se dice algo de que le hubiese faltado el valor. Su biógrafo Juan Miralles, contrastando todas las fuentes, señala como elemento esencial de su personalidad: «crecerse ante el peligro y dar lo mejor en el momento de máxima dificultad». Aporta una conclusión basada en el desarrollo y en las ocasiones más trascendental de las batallas en las que participó. 

 Lienzo en el que se ve a La Malinche traducir la lengua de los mexicas a Cortés. Lienzo en el que se ve a La Malinche traducir la lengua de los mexicas a Cortés. En reiteradas ocasiones fueron sus acciones personales las que decidieron la victoria. Cortés, que planificaba el conjunto de la acción, en el momento oportuno dejaba el puesto de mando y se incorporaba como un soldado más a la primera fila. Un recorrido por estas batallas lo demuestra con claridad.

 La primera de todas, se produjo a poco de desembarcar en tierra firme y la toma de Potonchán, ciudad maya en la región de Tabasco. Tras una maniobra envolvente, se produjo en el vecino valle de Centla. Un contraataque indígena estuvo a punto de derrotarlos. El traductor Melchorejo se había fugado y vuelto con los suyos, a quienes informo de situación y métodos de combate castellanos. 

Una enorme cantidad de escuadrones de guerreros tabascos se lanzaron contra ellos. Aunque la cantidad de 40.000 parece excesiva sí parece que eran muchos millares. Llegaron a tenerlos casi rodeados, pero en el momento crucial, Cortes se lanzó a la cabeza de diez jinetes sobre el centro enemigo y lo deshizo, entrando en pánico los demás. Fue el primer combate en México donde el caballo tuvo una importancia decisiva. El también conquistador español Bernal Díaz del Castillo da la cifra de 800 indios muertos. Cortés, en su propia crónica, la rebaja a 220 por tres españoles que perecieron también aunque decenas más sufrieron heridas. 

Malinche

Tras la derrota se produjo la sumisión del territorio y fue cuando los caciques entregaron entre otras 19 cautivas a Malinche, que era de hecho una esclava de ellos pues no era maya sino de origen olmeca, de cerca del actual Veracruz y que por ello hablaba nathual la lengua más extendida en el imperio azteca. Convertida en su amante su contribución resultaría trascendental. 

Comenzaron las alianzas con diferentes tribus sojuzgadas por los aztecas. La primera fue la de Cempoala, capital de los totonacas, sometidos 20 años atrás y obligados a tributar y entregar jóvenes para sus sacrificios humanos en Tenochtitlan a la que añadieron algunas menores más. Llegaron los primeros emisarios del emperador Moztezuma, buscando a través de ricos presentes y oro para que volvieran atrás. Pero Cortes prosiguió avanzando. En diversos pueblos puso en fuga a los recaudadores aztecas y sumó aliados. 

 Hasta llegar a Tlaxcala. Esta era una confederación tribal enemiga de los aztecas, que les hacían anualmente la guerra florida para capturar prisioneros que sacrificar, pero no deseaban para nada tener en sus tierras a los castellanos. Les negaron el paso y se lanzaron contra ellos. Fueron dos choques en días seguidos, muy cruentos y trabados, donde la suma de castellanos y totonacas se impuso y los tlaxaltecas, dirigidos en el combate por el aguerrido príncipe Xicohtencatl, se dividieron y acabaron por hacerle desistir en sus ataques y firmar alianza con ellos.

Matanza de Cholula

Este acuerdo estableció la crucial alianza con los tlaxcaltecas, cuyo territorio nunca había podido conquistar la triple alianza mexica. Tras varias semanas y ahora con tropas de Tlaxcala, Cortés se dirigió a Tenochtitlan. En el camino tuvo lugar la matanza de Cholula, una ciudad aliada de los méxicas, que les preparó una encerrona. Acaeció en octubre de 1519. Se les permitió entrar, pero todo estaba dispuesto para lanzarse contra ellos. Contaban además con escuadrones aztecas que se acercaban a toda velocidad. Cortés se les adelantó y se produjo una verdadera carnicería acabando con unos 5.000 cholultecas. Después, hizo incendiar la ciudad y se dirigió hacia su destino: Tenochtitlan. Los intentos de Moctezuma de que no prosiguiera fueron inútiles y Cortés que había ya llegado al valle de México, al que contempló por vez primera al pasar la cordillera entre los volcanes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, el conocido como Paso de Cortés , logró tener a su alcance la capital azteca. 

Uno de los capitanes de Cortés, llamado Diego de Ordás, ascendió con dos soldados, a la cima del primero, el más alto, causando un enorme impacto tal hazaña entre los 3.000 tlaxaltecas que les acompañaban. 

A la entrada de Tenochtitlan salió a su encuentro el propio emperador azteca, quien no logró convencerlo y al final, como invitado indeseable, Cortés con todas sus tropas y el príncipe Xicohtencatl al frente de sus aliados, hizo una entrada triunfal.

Se establecieron en la ciudad, agasajados por Moctezuma, que creía ver cumplida la profecía de la vuelta del dios Quetzacoalt. Tras algunos incidentes y la noticia de que en un lugar cercano guerreros mexicas habían dado muerte a un grupo de españoles y sacrificado a algunos más, le dio excusa para apresar al propio emperador y hacerse con el control de la gran ciudad en medio del lago.

Pánfilo de Narváez

Fue entonces cuando surgió el problema que culminaría en desastre después. Pánfilo de Narváez llegó a Veracruz con 18 navíos y un ejército muy superior en número al de Cortés para apresarlo y llevarlo engrilletado a Cuba. Además, habían informado a los aztecas que éste era un rebelde y que si podían, lo matasen, que serían por ello recompensados.

 Una vez más, se destapó el genio y la velocidad de actuación del de Medellín. Raudo, dejando a Pedro de Alvarado, con algo más de 100 españoles, al mando en Tenochtitlán y marchó con 300 de sus hombres y cerca de 700 indios al encuentro de Narváez. Tras llegar ante su campamento, y tras enviar emisarios que más que negociar lo que hicieron fue contar a los soldados sus conquistas, la fabulosa ciudad en la que estaban aposentados y los inmensos tesoros que albergaba. La duda quedó sembrada. Aquella misma noche y por sorpresa, Hernán Cortés atacó y en un santiamén y con escasa resistencia y tan solo algunas muertes, capturó a Narváez, que perdió un ojo en la refriega. Sus tropas se rindieron. 

Tras mostrarles el oro y contarse la situación, la mayoría cambio de bando y partió con Cortés hacia Tenochtitlan. Enviaron en un barco hacia Cuba a Narváez con un puñado de seguidores que continuó a su lado. 

Muerte de Moctezuma

Hernán se las prometía muy felices. Contaba con unos mil soldados españoles más, que junto a los suyos ya superaban los 1.500, amén de varias decenas de caballos y un importante número de piezas de artillería. Pero al llegar a la capital azteca se encontró con que la situación había dado un vuelco. Temiendo Alvarado una traición, había precipitado una matanza en el Templo Mayor, asesinando a cientos de nobles méxicas que celebraban una fiesta. La rebelión estalló y los españoles se refugiaron en el palacio donde estaban alojados. 

Cuando Cortés volvió, poco pudo hacer. Intentó que Moctezuma los apaciguara y lo apedrearon cuando se asomó para hablarles. A resultas de ello, murió. Cortés intentó una rápida retirada cargando con el gran tesoro que habían acumulado. Eso les demoró y al escapar y salir a la orilla del lago por las calzadas fueron descubiertos y acosados por los indios desde las canoas y asaltados por todos lados. Muchos murieron allí. Otros fueron prendidos para ser sacrificados después, no pocos por intentar preservar su oro. Perdieron cientos de hombres, la casi totalidad de las piezas de artillería, arcabuces y muchos caballos. Solo llegó una tercera parte, poco más de medio millar y tan solo unos veinte jinetes. De los tlaxaltecas perecieron también muchos y poco más de mil se unieron a la retirada, permaneciendo leales a los españoles.

 Los aztecas envalentonados unieron todas sus fuerzas y salieron tras ellos. Los historiadores hispanos de la época hablan de 200.000. Estudios más rigurosos actuales señalan que pudieron como mucho algo menos de la mitad, pero aún así su numero era inmenso, comparado con los aproximadamente 500 españoles y un millar de aliados indios. Desmoralizados y muchos heridos parecían estar condenados. Pero en aquel momento aparece el gran capitán y sería su táctica y su valor quien revertiría la situación. El Cortés estratega y el arrojado salvador.

Teniéndolos rodeados y fiados de su enorme superioridad el general mexica, Matlatzincatzin, ordenó capturar vivos a cuantos pudieran para sacrificarlos.? Cortés pronto se percató de su intención y ordenó a la tropa española formar un círculo colocando a los piqueros en la parte exterior del mismo para ir repeliendo los ataques. 

Estandarte de guerra

La infantería española se mantuvo firme, soportaron las embestidas con sus picas, espadas y bien protegidos por sus corazas y rodelas. Avanzaban y rompían el cerco, que con nuevas tropas, los méxicas volvían a cerrar. En el campo se peleaba con la ferocidad de quien sabe que si pierde, será condenado a una muerte atroz. Incluso las mujeres, como María de Estrada, con una lanza en la mano 

Los aliados indios indicaron a Cortés dónde se hallaba el estandarte del jefe méxica y este comprendió que matarlo y arrebatárselo significaría el triunfo y vivir. Dejó a la infantería al mando de Diego de Ordás. Junto a sus capitanes Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval y una veintena de jinetes se lanzaron al objetivo. Lograron llegar, Cortés delante dio un lanzazo y lo derribó siendo rematado por sus hombres de confianza. Juan de Salamanca, se apoderó de su tocado de plumas y el tlahuizmatlaxopilli (estandarte de guerra), que al caer hizo que los escuadrones aztecas emprendiera la desbandada, siendo entonces masacrados por los pocos centenares de españoles y los tlaxaltecas. 

Los méxicas renunciaron tras ello a perseguirlo y Cortés llego sin trabas al territorio de sus aliados donde se pudo lamer las heridas, reorganizar sus fuerzas, llamar en su ayuda a todas las tribus que querían sacudirse el yugo azteca y volver a entrar en Tenochtitlan. Esta vez iba a costarle un largo cerco, construir bergantines para contrarrestar las canoas indígenas y no permitirles abastecerse hasta que finalmente lograrán su rendición. El imperio azteca había dejado de existir y la Nueva España había comenzado a nacer.