El asesinato que obsesionó al mundo

Galena Koleva (SPC)
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Seis décadas después del magnicidio más famoso de la historia, son muchos los enigmas que aún rodean la muerte de John F. Kennedy

Imagen del 11 de julio de 1964, del emblemático presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy. - Foto: EPA/Cecil Stoughton | via EFE

Las calles estaban repletas de entusiasmados que aguardaban la llegada de los Kennedy a Dallas con motivo de la campaña del presidente estadounidense a lo largo y ancho del país de cara a su posible reelección. Era el 22 de noviembre de 1963 y la limusina descapotada en la que viajaban John F. Kennedy, la primera dama, Jackie; el gobernador de Texas, John Connally Jr., y su esposa recorría de forma pausada la ciudad para que pudiesen saludar a los presentes. Pero al doblar el vehículo la esquina de la Plaza Dealey se produjeron tres disparos. Dos de las balas del rifle de Lee Harvey Oswald dieron en el blanco. Una de ellas atravesó el cuello de JFK, hiriendo también al gobernador. La otra impactó en la cabeza del trigésimo quinto inquilino de la Casa Blanca, acabando con su vida.

Al menos, esa fue -y sigue siendo- la versión oficial, ya que el presunto asesino negó los cargos, alegando ser víctima de un complot. Sin embargo, su relato nunca fue contrastado. Dos días después, Oswald, un exmarine con trastornos emocionales, murió tiroteado por el dueño de un club nocturno cuando iba a declarar, silenciando así para siempre un posible testimonio que sigue obsesionando al mundo.

Han pasado seis décadas del magnicidio y la posibilidad de saber lo que realmente ocurrió parece más remota cada día. La Comisión Warren se creó inmediatamente después de la muerte de JFK para esclarecer el crimen y declaró a Oswald como único culpable. No obstante, el relato nunca convenció a la opinión pública y muchos aún hoy dudan de que fuese capaz de apretar el gatillo tres veces en tan poco tiempo, por lo que es improbable que hubiese un solo francotirador. Incluso una comisión del Congreso en los 70 concluyó que seguramente no fue el único implicado.

Aún más recelo despierta la teoría de la bala mágica, capaz de atravesar el cuello del presidente, el pecho, la muñeca y el muslo de Connally, traspasando hasta 15 capas de ropa. La investigación principal llegó a esa conclusión porque las autoridades hallaron el proyectil en una de las camillas del hospital en el que fue tratado el gobernador, suponiendo que se había desprendido al intentar salvarle la vida.

Pero un testigo clave de ese día aseguró hace apenas unos meses que eso no fue lo que ocurrió, acabando con décadas de silencio. Paul Landis, uno de los agentes de seguridad a escasos metros de la escena del crimen, afirmó que vio una de las balas en el coche, detrás del asiento de Kennedy. Según recuerda, la recogió, la guardó en el bolsillo para llevarla a la sala de emergencias a la que trasladaron al presidente y la depositó sobre a su lado, para que no se perdiera.

El paso del tiempo le impide recordar por qué actuó así, pero su revelación no hace más que complicar el caso, socavando la teoría de la bala única y dando alas a la hipótesis de que Oswald no actuó solo.

¿Quién más estuvo detrás? Los testimonios ofrecidos a lo largo del tiempo han dado paso a incontables conspiraciones. En un tenso clima político de la Guerra Fría, no es ningún secreto que Kennedy se había ganado varias enemistades, especialmente tras su fracaso para acabar con el régimen de Fidel Castro. 

JFK protagonizó una fulgurante carrera política en la que dejó la impronta del cambio, pero muchos creen que sus errores pesaron lo suficiente como para que quisiesen borrarle del mapa: desde el propio Gobierno de EEUU, la CIA o el FBI, al KGB ruso, la mafia o incluso Lyndon Johnson, su sucesor en el cargo, con quien se decía que no tenía una buena relación.

Tras décadas de elucubraciones, la sociedad arrojó su esperanza en los 1.500 documentos desclasificados en 2021 bajo orden de la Casa Blanca, pero tampoco ofrecieron nada nuevo sobre un caso condenado a no resolverse. De hecho, años antes de morir, y preguntado sobre si la verdad se conocerá algún día, el juez Earl Warren, que dio nombre a la Comisión, contestó: «Sí, pero no mientras vivamos».