Objetivo: emborracharse cuanto antes

Óscar Fraile
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Un tercio de los menores de la Comunidad reconoce haber practicado alguna vez el 'binge drinking' o consumo por atracón, que consiste en beber cinco o más copas en menos de dos horas para que el alcohol haga más rápido su efecto sobre el organismo

Objetivo: emborracharse cuanto antes - Foto: E.G.M Eugenio Gutiérrez Martínez

Beber, sobre todo en España, es un acto social que va mucho más allá del placer que produce degustar el producto en sí. El alcohol se utiliza como antidepresivo, como herramienta de integración social e incluso como vía para ser aceptado en ciertos círculos. Sobre todo, en las edades más tempranas, cuando la personalidad no está tan definida. El informe Estudes 2023 sobre el consumo de drogas en los estudiantes de Secundaria preguntó el año pasado a 2.574 alumnos de 57 centros educativos  de la Comunidad por qué bebían alcohol. Casi el 69% dijo que «es divertido y anima las fiestas». Casi el 35% reconoció que le gustaba cómo se sentía después de hacerlo. El 25,9% respondió que era una ayuda ante la depresión y el 18,9% señaló que le ayudaba a ligar. Otro 10,5% reconoce que el único objetivo era emborracharse y el 7,6% dijo que lo hacía para «encajar en el grupo». Hay una minoría del 3,2%, quizá la más desubicada, que cree que es saludable hacerlo.

Múltiples razones que confirman que, en muchas ocasiones, el alcohol no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir otros objetivos. Y, puestos a perseguirlos, lo mejor es alcanzarlos cuanto antes. Al menos eso es lo que piensa el 31,3% de los jóvenes de entre 14 y 18 años que reconoce haberse sumado alguna vez a la 'moda' del binge drinking, anglicismo que hace referencia al consumo por atracón, es decir, tomar cinco o más consumiciones en menos de dos horas en el caso de los hombres o cuatro en el caso de las mujeres.

Es decir, el objetivo es emborracharse cuanto antes, aunque eso suponga pagar un peaje para la salud de los que muchos menores no son conscientes. Según la Estrategia de Promoción de la Salud y Prevención en el Sistema Nacional de Salud, del Ministerio de Sanidad, esta práctica, aparte de la intoxicación inmediata que provoca en el bebedor, puede tener consecuencias relacionadas con el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, dependencia, alteraciones neurocognitivas, elevación de la presión arterial y alteración del impulso eléctrico, entre otras. Además, alerta de que «no existe un umbral seguro para este patrón de consumo». 

Es cierto que la encuesta Estudes revela que esta práctica ha ido a menos en los últimos años, ya que en 2008 llegaron a ser el 56% de los menores los que reconocían hacerlo, pero que todavía sigan siendo un tercio supone un problema de salud pública del que siguen alertando todas las administraciones y asociaciones que trabajan para reducir el consumo de alcohol en menores.

Una de ellas es Proyecto Hombre, a través del Programa Ícaro, promovido y coordinado desde 2017 por la Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades, la Gerencia de Servicios Sociales, el Comisionado Regional para la Droga y la Consejería de Sanidad. A las familias de todos los menores que acaban en los servicios de urgencias hospitalarias por intoxicaciones etílicas se les pide un consentimiento para que se pongan con ellos desde Proyecto Hombre para sumarse a un programa enfocado en la prevención de estas conductas. No todas aceptan, aunque en los casos de menores de 14 años se les advierte de que, de no hacerlo, podría intervenir Servicios Sociales. Cada año unos cien menores acaban en el hospital por este motivo. El año pasado, once aceptaron ir a Proyecto Hombre, por los 19 y 21 de los años anteriores. Un descenso que no tiene por qué ver con un menor consumo, sino con «dificultad en la captación de casos», tal y como explica José Antonio Aldudo, terapeuta y coordinador del Área de Prevención. De hecho, si se tienen en cuenta los menores que llegan por otros cauces que no son los hospitales, la cifra de atendidos ha pasado de 118 en 2022 a 161 el año pasado.

Una vez que el menor llega a Proyecto Hombre, se le hace una entrevista junto a su familia para valorar el nivel de riesgo y el tipo de intervención a aplicar. Hay tres: universal, selectiva e indicada. La primera es la que está asociada a un menor riesgo y consiste en un par de reuniones en las que se les transmiten los peligros asociados al consumo de alcohol. Si el riesgo es mayor, porque hay factores que están influyendo, como el familiar y la precariedad económica, se hacen «seis o siete» sesiones en los que se profundiza en estos aspectos. Estos encuentros sirven para analizar qué posicionamiento tienen los padres ante el consumo de sus hijos, la percepción del riesgo y cómo es el ocio de los menores, para intentar que incluyan actividades saludables. Cuando el riesgo es mayor, se opta por la «prevención indicada», mediante la cual los menores entran en un programa específico que dura más tiempo y comparten con otros menores de familias que han pedido ayuda. «En un primer momento suelen aceptar lo que se les plantea, porque vienen de una intervención en un momento de crisis, pero cuando pasan unos días y las cosas se normalizan algunas familias le quitan importancia», explica Aldudo.

Fechas críticas

Aunque existe un goteo constante de casos, hay determinadas fechas que son críticas, las que coinciden con alguna celebración multitudinaria. Es el caso de Halloween, Navidad, las fiestas de la ciudad o los pueblos, Carnaval, etcétera. «En este tipo de celebraciones casi siempre hay algún menor que acaba en Urgencias», dice el coordinador de Prevención. Y no siempre por haber consumido una cantidad de alcohol exagerada. Hay adolescentes de menos de 14 años que consumen por primera vez y no necesitan una ingesta masiva para sentirse indispuestos.

No obstante, más allá del susto que puede provocar en el menor y su familia un episodio de este tipo, con el tiempo el consumo vuelve, porque, tal y como reconoce Alduldo, «el alcohol en nuestra sociedad está muy normalizado y el consumo, muy extendido en la población adulta, y eso tiene un reflejo en los jóvenes». De hecho, en Proyecto Hombre han observado que las familias se alarman mucho más por el hecho de que sus hijos fumen cannabis que por el consumo de alcohol, aunque exista peligro en ambos casos.

Cuando adolescentes en edades tan tempranas como los 13 o 14 años llegan a Proyecto Hombre después de acabar en Urgencias, lo suelen hacer asustados, porque, en muchos casos, han perdido el conocimiento tras beber. Al miedo de tener que afrontar esa situación delante de sus padres se suma el de haber perdido el control de la situación, con todos los riesgos que esto conlleva.

Por eso, lo primero que se hace en este programa es «desdramatizar», pero incidir en la concienciación del riesgo. En este sentido, Alduldo sostiene que hay muchas familias que cometen un error cuando intentan «educar en el consumo de alcohol», es decir, trasladar el mensaje de que se puede beber, pero «con cuidado». «Eso es un factor de riesgo en jóvenes y nosotros ayudamos a que tengan un posicionamiento más firme», añade. Según él, en este aspecto no hay medias tintas que valgan: «El mensaje adecuado es consumo cero».