Comando restreadores

Agencias-SPC
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Los miembros de estas brigadas se comunican con todos los contactos estrechos del nuevo positivo con el fin de que se aíslen y evitar una posible transmisión comunitaria

Comando restreadores

Han existido siempre, aunque ahora, con los continuos rebrotes, los rastreadores se han puesto en valor y su trabajo es ya conocido por el conjunto de la ciudadania.  
Su labor consiste fundamentalmente en identificar al positivo por la COVID-19 y comunicarse con todos los contactos estrechos de esa persona infectada para lograr que se aíslen y, de esta forma, evitar una transmisión comunitaria.   
Ana Isabel González es la responsable del servicio de Alertas Epidemiológicas en Orense y cuenta que esta tarea consiste básicamente en realizar una «investigación hacia atrás».
Pese a que en esta pandemia este ejército de investigadores se ha puesto de moda, esta profesional subraya que el trabajo que desempeñan no es algo nuevo sino que forma parte de la manera de proceder habitual cada vez que se topan con una enfermedad susceptible de ser transmitida entre personas, como ocurre con «la gripe A, el Zika, la listeriosis» u otras comunes como pueden ser el sarampión o un brote de sarna. «La sistemática del trabajo no cambia, lo que pasa es que en este caso ha tenido diferente repercusión», observa.
Ante las primeras sospechas de SARS-CoV-2, este comando se prepara para identificar los contactos del positivo y para pedirles que se aíslen en sus casas. «El objetivo es que no se transmita más la enfermedad», algo que González ve «fundamental» para contener la transmisión y proceder a su aislamiento.
En los supuestos del personal sanitario y hospitalizados, el servicio de medicina preventiva es el encargado de la vigilancia.
Buscar «dónde está esa persona que no se tiene controlada» se antoja una tarea esencial para evitar rebrotes, a medida que se ha superado el estado de alarma y la movilidad ya es total en todo el territorio nacional y entre la mayoría de los países de la Unión Europea.
Las encuestas telefónicas y los servicios informáticos son, en esta decisiva tarea, herramientas fundamentales del rastreo.
Desde el inicio de la emergencia sanitaria, el servicio de Alertas Epidemiológicas ha tenido que ir adaptándose a unos protocolos que cambiaban a medida que se iban conociendo más datos.
González confiesa que esto «es lo diferente» que tiene este patógeno. «Como no hay vacuna ni un tratamiento eficaz, lo que se ha hecho es poner a los contactos en cuarentena». Y, en la etapa actual, la clave pasa, suscribe, por «conocer dónde se produjo el contagio».
La principal preocupación es la de detectar de manera temprana los casos, en especial, una vez que vaya en aumento la movilidad entre los distintos territorios.
Los especialistas mantienen la vista puesta en lugares que aparentemente tienen la situación más controlada, como es el caso de Japón. En el país nipón, pese a haber poco contacto social y un uso generalizado de la mascarilla, los expertos observan con una lógica inquietud cómo todavía siguen apareciendo casos.
González introduce, al hilo de ese apunte, un nuevo matiz: «Ahora hay un mayor conocimiento, mejores circuitos y más medios».


80 llamadas al día

Las autoridades sanitarias establecen que un contacto estrecho es el cuidador de un infectado, es decir, aquellos trabajadores sanitarios o familiares del positivo, así como cualquier persona que haya estado en el mismo lugar que un nuevo contagiado y a una distancia menor de dos metros durante 15 minutos. 
Los expertos indican que mientras se estaba encerrado en casa, eran muy pocos los contactos sospechosos, los convivientes y poco más. Pero conforme se ha retomado la actividad y se ha levantado el estado de alarma, esos posibles contactos se han incrementado exponencialmente. Identificarlos y, en su caso, pedirles que se mantengan aislados durante dos semanas -o hasta el resultado negativo de una PCR- es un trabajo ingente.
Tras recabar información sobre sus síntomas y tratar de identificar el momento en que se hayan podido contagiar, empieza la labor de rastreo. Algunos de estos investigadores, como explica Esther Amores Lizcano, una enfermera del Hospital Universitario de Ciudad Real, llegan a realizar hasta «80 llamadas a lo largo del día, entre sospechosos, positivos y contactos», mientras que al principio de la desescalada el número de llamadas telefónicas no superaba la decena.