Edificios que dejan huella

Jesús Anta
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Calle María de Molina

Calle María de Molina - Foto: J.T.

La calle conoció una época de oro en las décadas centrales del siglo XX: los cines Roxy y Lope de Vega, tres hoteles y prestigiosas cafeterías hicieron de María de Molina un lugar concurrido en pleno centro de la ciudad, en el que se mezclaban todas las edades y clases sociales.
Cierto que ya no tiene aquel bullicioso ambiente que se concentró en el tránsito de la gris posguerra y el albor del desarrollismo, pero la calle no ha perdido el sabor de su centralidad que ha contribuido a que, por ejemplo, se concentren en ella y sus alrededores los más prestigiosos comercios de ropa, calzado y complementos de vestir.
El 1º de diciembre de 1854 el Ayuntamiento acordó poner el nombre de ‘Doña María de Molina’ a la calle que hasta entonces se conocía como Aguariza o Boariza, sin que, como dice Agapito y Revilla, se conozca a ciencia cierta el porqué de este nombre.
Con el paso del tiempo y la tendencia a la economía del lenguaje, el Doña desapareció, privando de un título de respeto a la que fue la cabeza coronada más respetada de la historia de España. Aquella reina del siglo XIII-XIV, consorte y tutota de reyes, inteligente negociadora y conciliadora en los conflictos entre los reinos cristianos, habitó en el alcázar de la Magdalena y luego convento de las Huelgas Reales, en cuya capilla está enterrada en un magnífico sepulcro.
La céntrica y transitada calle une dos plazas señeras de la ciudad: la de Santa Ana y la de Zorrilla, y comienza junto al convento de San Joaquín y Santa Ana, del siglo XVIII. Construido por el afamado Francisco Sabatini, está habitado por las monjas bernardas, que custodian el importante e imprescindible museo que alberga. 
En el primer edificio que encontraremos en la acera de los pares, una placa en la pared nos indica que allí estuvo el prestigioso Hotel Inglaterra. Inaugurado en 1886, tras la Guerra Civil tuvo que cambiar temporalmente su nombre por el de Hotel Italia, denominación más querida por nuevo Régimen. 
Haciendo esquina con la calle Veinte de Febrero, se alza el Teatro Lope de Vega. De trazado muy del gusto de los teatros del siglo XIX (véase el Teatro Romea de Barcelona), se inauguró en 1861. Su autor fue el arquitecto Jerónimo de la Gándara, muy activo bajo el reinado de Isabel II. Ahora, este teatro que reabrió como cine en 1960, está cerrado desde el año 2000.
Un edificio que sin duda marca la calle es el actual Casino Roxy, antiguo cinema que cerró sus puertas en 2014 para reabrir como casino al año siguiente. Sus promotores y últimos administradores eran la familia de Lafuente, una saga muy vinculada a las salas cinematográficas vallisoletanas. Se inauguró en 1936 y lleva la firma del arquitecto Ramón Pérez Lozana, que también hizo el Teatro Carrión y el edificio de viviendas colindante con el Roxy que hace esquina con la calle Doctrinos, en cuyos bajos estuvo el mítico café Molinero, que desde 1943 hasta 2016 fue uno de los emblemáticos establecimientos hosteleros de Valladolid.
María de Molina sigue su curso jalonada del recuerdo de establecimientos hoteleros: poco antes de llegar, en la acera de los impares, a la escultura titulada ‘Homenaje al Guardia Urbano’, realizada por la escultora Ana Hernando, se levantaba el Hostal Florido, un referente del alojamiento y una cafetería concurrida. Abrió sus puertas en 1944, un año después del Hotel Conde Ansúrez, que es el edificio número 9 de la calle María de Molina. El Conde Ansúrez, que hace esquina con Doctrinos, fue un hotel de lujo auspiciado por el mismo Ayuntamiento de Valladolid para que la ciudad de posguerra dispusiera de un establecimiento moderno y atractivo.
La calle enfila hacia su final entre las viviendas militares de la Academia de Caballería por una acera, y el lateral del edificio conocido como Caja Salamanca, construido a principios de la década de 1950, que lleva la firma del mismo arquitecto del Hotel Conde Ansúrez: Manuel López Fernández.
En definitiva, una calle en el corazón comercial y burgués de Valladolid, que tuvo un espléndido pasado sin que el paso del tiempo haya mellado su apreciación por parte de la ciudadanía.