La Posverdad ha comenzado

Antonio Pérez Henares
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La Nueva Normalidad que saca ahora el Gobierno de Sánchez es la mentira envuelta en papel de regalo a través del famoso 'relato'

La Posverdad ha comenzado - Foto: Jaime Villanueva/POOL

Tenemos ya la Nueva Normalidad, que es la Anormalidad vestida de seda, como lo son las democracias apellidadas, por ejemplo la orgánica o la popular, que son todo menos democracia. En un descuido, en realidad ya está en la cocina, tendremos obligación de hablar en neolengua, que es un insulto al castellano y a los más de 600 millones de hispanoparlantes, y ahora en lo que hemos entrado, sin salir todavía del confinamiento, la estabulación por territorios y la alarma, es en la Posverdad. Que como en los casos anteriores, menos verdad, ahí cabe todo.
 Vamos, que la Posverdad es la mentira envuelta en papel para regalo a gusto y conveniencia de quien nos la va a colocar como algo exquisito y por arrobas toda la fruta podrida. Lo están haciendo ya desde que comenzó el calvario, pero es ahora el tiempo de ponerle cuño y lacre. Hay que implantarlo como el relato verdadero y, con la inmensa mayoría de los altavoces, metidos en el salón de todas y cada una de las casas, sin dejar de pregonar sus excelencias, no será nada extraño que de aquí a un verbo ya hayan abducido a una buena porción de ciudadanos. Es difícil resistirlo, sobre todo cuando apenas hay contrastes y los pocos los arrinconan o ahogan directamente. Hay en este caso alguna dificultad. Esconder 50.000 muertos debajo de la alfombra es algo difícil ante todo para sus hijos, hermanos, parejas, amigos, conocidos y allegados. Pero ya lograron que no se les viera, ni un ataúd, ni un duelo, ni un entierro, ni una lágrima, solo se permitieron aplausitos, y por eso ya para casi todos, excepto los dolientes, ya solo son una cifra. Sin nombre, ni cara, ni familia.
La tarea ahora es conseguir el olvido, borrar el recuerdo para colocar el relato. Por ejemplo, Sánchez nunca protestó muy enfadado cuando suspendieron el Mobile Congress World porque no había «motivos» sino intereses malévolos, y luego calló durante mes y medio como si aquello no tuviera calado suficiente ni para un tuit. Que ni un tuit puso hasta pasado el 8-M, la manifa que había que celebrar a toda costa. También quedará sellada en las hemerotecas la pléyade de corifeos, encabezados por Lorenzo Milá, riéndose de la gripecilla, ni el oráculo Simón aseverando desde su magisterio científico, que esto como muchos daría para «cuatro casos diagnosticados», que se podía ir muy tranquilamente a aglomerarse (aunque no a un congreso evangélico, qué curioso) y que usar mascarillas era un desperdicio.
De las declaraciones de Carmen Calvo, Irene Montero y de toda la peña mejor ni mentarlas y menos aún sacarlas como suelen hacer con otras que se pueden reproducir 10 veces en un programa, por todos los espacios del día y durante dos o tres semanas. 
¡Ah! Y si hay pillada por bocachanclas, pues en su caso, hay bula y eso de darlas debiera estar, en su caso y solo en él, prohibido. Todo ello hay que borrarlo, y que desde luego lavar aunque sea con lejía hasta que no quede ni rastro que Illa se hizo con el poder absoluto por encima de las comunidades y Pablo Iglesias se pidió para él y lo anunció exuberante el mando sobre las residencias.


Mínima responsabilidad

Ahora hay que buscar ya otros, porque ellos son los únicos que no tienen en el asunto ni una mínima responsabilidad y culpa. Eso iría contra el relato, como lo de los test, que sin hacerlos seguimos, como lo de comprar algunos que debían ser de cartón o casi, como lo de negarse a sumar las cifras, que si les daban algunas comunidades y se negaban a reflejar aunque las certificaban Tribunales Superiores de Justicia y registros civiles y rematar la faena con el obsceno despropósito de resucitar un día a 2.000 muertos. Algo peor que vergonzoso pero que hubo de ser un periodista extranjero quien de manera directa se lo echara en cara. Es por lo menos para que lo medios de comunicación españoles, con las excepciones, que las ha habido y hay y de categoría y dignidad, se lo miraran. Que algún día llegará que su papel haya de ser sometido a reflexión y, esto es opinión muy personal, y que quizás paguen, en el caso de algunas televisiones, el seguidismo sumiso, que ha sido flagrante, el descrédito que es muy perceptible entre las gentes.
Todo ello, sin embargo, es lo que primero habrá que dejar en el desván, arrinconado, como trasto viejo del que no hay que acordarse para nada. Porque hay que colocar el relato, o sea la mentira podrida, y convencer de que todo, desde antes del minuto uno, se hizo maravillosamente bien, que seamos campeones mundiales en mortandad por habitante y contagio de sanitarios es un matiz sin importancia. Que si hay culpas hay que mirar siempre fuera, sobre todo del Gobierno, que ha sido el caudillo Sánchez quien ha vencido, casi solito, oye, al monstruo viral, y que él estuvo ahí y acertando siempre, sin una mácula, e hizo lo adecuado y lo mejor y que es una ignominia pretender pedirle explicaciones y aún menos someterlo a crítica. Que eso va contra la unidad y la patria, y que si lo haces eres un facha, un peligroso tiparraco de extrema derecha que quiere dar un golpe de Estado como el coronel ese desafecto de la Guardia Civil que tanto odiaba el compañero Rufián.
Prepárense ustedes a que les cocinen, les emplaten, les hagan comer y tengan que digerir todo esto y varios postres. El tiempo de la Posverdad, hermano gemelo de la Nueva Normalidad, ha comenzado.