Vaya par de narices

M. Belver
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Los enólogos vallisoletanos Félix Crespo y Manuel Cantalapiedra logran el segundo puesto en el Premio Vila Viniteca de Cata Por Parejas, un concurso referencia a nivel nacional e incluso ya internacional en las catas a ciegas

Vaya par de narices - Foto: Jonatan Tajes

En la final cataron siete vinos. Entre ellos un Ribera del Duero, un Viña Pedrosa Crianza 2016. Pero el que probablemente les dio el subcampeonato fue el más complicado de los siete, un Collares de Portugal, un Viuva Gomes Colares 1969. «Hoy me he despertado pensando en el Jerez», le dice Félix a Manuel mientras hablan de logro. Hace una semana estaban en Madrid con otras 119 parejas de sumilleres, enólogos, críticos... «amantes del vino en general». Todos tomaban parte en la duodécima edición del Premio Vila Viniteca de Cata Por Parejas, un concurso pionero, el más conocido en España y con referencias ya internacionales, en el que afrontan la cata de varios vinos a ciegas y en el que deben ‘descubrir’, entre otras características, la denominación de origen, la variedad de uva, el país, la añada, el elaborador y la marca de los vinos: «Es muy complicado acertarlo todo». 
El Viuva Gomes Colares fue clave para Félix Crespo y Manuel Cantalapiedra: «Casi lo clavamos». También cataron en la final un Rías Baixas, un Cachapoal, un Montsant, un Barossa Valley además de un Jerez y ese Ribera del Duero. En esa final midieron su ‘aprendizaje’ con otras nueva parejas, las mejores de esta duodécima edición de un concurso que cada año mueve a más gente y que ha aumentado la dotación de premios hasta los 40.000 euros.
«Hemos tenido mucha compenetración y se ha notado», señalan. «Fuimos a divertirnos y por la experiencia. Somos profesionales del vino y nos interesan este tipo de concursos para aprender y tratar de mejorar en nuestro trabajo y en nuestras bodegas».
Félix y Manuel lograron el segundo puesto en este Premio Vila Viniteca. Solo fueron superados por Juan Munné, enólogo de Raventós i Blanc, y Álex Peris, propietario de Olives Blai Peris, ambos del Penedés, que se llevaron los 30.000 euros del primer premio. El suyo se quedó en 7.000 euros y en una experiencia que ya piensan en repetir en la próxima edición, la de 2020, que tendrá lugar en Barcelona.
Los dos enólogos vallisoletanos no fueron los únicos representantes locales en esta edición de Madrid. Hubo otras tres parejas, las formadas por Rubén y Marta, Silvia y Miriam, y Peri y Fernando. Pero ellos fueron los únicos que superaron la ronda eliminatoria.
El concurso ya es una referencia. Primero porque sus participantes son enólogos, como ellos mismos, sumilleres, bodegueros, hosteleros... y porque solo hay 120 inscripciones, que se agotan en apenas 5 minutos el día que se abre el plazo para entrar en el mismo. 
Manuel Cantalapiedra es el enólogo de Isaac Cantalapiedra Viticutores, una bodega familiar de La Seca que arrancó en 2014 con blancos de verdejo; aunque él mismo anda enfrascado en un proyecto personal con tintos de Toro y de Castilla y León. Félix Crespo es enólogo y socio de Barco de Corneta, de Beatriz Herranz, cuyo primer vino vio la luz en 2011 y ahora hacen seis marcas (cinco de blanco y una de tinto).
Félix conocía el Premio Vila Viniteca de haber participado el año anterior. Para Manuel era su primera incursión en el mismo. Reconocen que entrenaron desde que en enero supieron que estaban inscritos. «Llevaba tiempo buscando grupos de gente para catar porque es complicado encontrarlos en Valladolid. Y a raíz de esto ha surgido», relata Cantalapiedra. Patricia Regidor ha formado ‘Vinilovers’, formado por unas 70 personas relacionadas con el mundo del vino que se juntan para eso, para catarlos. Y con ese grupo ‘entrenaron’ también para el Premio las catas a ciegas.
Una vez dentro del concurso, en la primera ronda, la eliminatoria, reconocen que ‘tocaron’ varios vinos blancos, algo que les pudo ayudar en el pase a la final. «Estuvimos cerca de clavar dos al cien por cien». Esa puntuación les permitió colarse entre los diez elegidos. La compenetración debe ser máxima. Tienen una hora para decidir todas las características de siete vinos: «En la ronda eliminatoria no nos pusimos a escribir hasta cuando faltaban diez minutos». La razón es clara, un vino no huele ni sabe igual recién servido que cuando ha abierto. «En la final fuimos a divertirnos y a arriesgar». Y ganaron. Quedaron segundos: «Cuando descubrieron el 1969 sabíamos que teníamos opciones. Fue nuestro momento». 2019 ha sido el año que más vinos han catado. Y lo seguirán haciendo. Por narices.