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El pueblo de los castigos

Ernesto Escapa
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Iglesia inconclusa de Villardefrades. - Foto: Ernesto Escapa

Aunque Villardefrades traduce sin dificultad su nombre medieval de Villa de los Frailes, no puede decirse que esa transparencia le haya excusado el capricho de los poderosos. Por eso, se conoce también como el pueblo de los castigos, que al final fueron tres y alcanzan hasta ayer mismo, por si no resultaran suficientes sus lejanas y severas penitencias. La primera sanción se la aplicó Fernando III el Santo, que pasó por aquí en 1230 con su madre doña Berenguela a tomar posesión de la corona leonesa, después de morir su padre, Alfonso IX.

El monarca leonés había convocado las Cortes de 1188, que se consideran punto de partida del parlamentarismo democrático, y fundó el Estudio Superior que su nieto convertiría en Universidad de Salamanca. Pero también se divorció de Berenguela, al declarar nulo el Papa su matrimonio por parentesco. Así que la regia comitiva andaba con recelos. Como no les gustó el recibimiento de Villardefrades, que el monarca estimó escaso y huraño, mandó sembrar con sal los campos, que quedaron estériles y sin cosecha durante años.

Derribo románico. La siguiente fechoría se le ocurrió al cardenal Cisneros, regente de la corona   de Castilla hasta la llegada del emperador Carlos. Una disputa de lindes entre el señor de Villagarcía y el conde de Urueña, resuelta a favor del primero por la Chancillería, degeneró en revuelta popular contra los emisarios judiciales. En realidad, el alboroto revelaba la tensión enquistada entre un noble realista y otro comunero. Sofocada la protesta, el adusto regente mandó quemar unas cuantas casas del pueblo como escarmiento. Después de los castigos con sal y fuego, aún faltaba el tercer elemento devastador. Sucedió la tarde del 7 de julio de 1951, un sábado fatigado por las faenas agrícolas. De repente, el cielo se oscurece y una tromba de rayos y agua rompe la asfixiante calima. La inundación provoca el desamparo y echa por tierra treinta viviendas.

Para compensar tanta desgracia, un fraile del pueblo que a mediados del dieciocho fue obispo en Filipinas se mostró generoso con los suyos. A su legado se debe la parroquia de San Pelayo y San Cucufate, instalada en una ermita barroca construida en 1751. Los santos habían tenido cada uno su iglesia, pero el mordisco del tiempo y la incuria de los hombres acabaron con ellas. San Pelayo estuvo al norte del pueblo, junto a la laguna desecada; San Cucufate, al sur, cerca del cementerio. A finales de los cuarenta del pasado siglo, el profesor Gratiniano Nieto dejó constancia de sus ruinas románicas, entre las que sobresalían una puerta abocinada con capiteles de adorno vegetal y la torre. Aquellos restos se destruyeron para evitar el cobijo de mendigos, construyendo en su lugar unos lavaderos enseguida inservibles.

La portada barroca del nuevo templo resulta de una monumentalidad indudable, a pesar de su proporción modesta. En el interior se recogieron los retablos de las dos parroquias. El mayor perteneció a San Cucufate y está dedicado a este santo catalán, al que detienen en uno de los relieves dos alguaciles tardoimperiales, mientras en otro panel ya lo decapita un espadachín feroz. Le hace compañía en el martirio el patrono de Gerona San Félix, víctima del desgarro con garfios. Juntos viajaron desde Mauritania a Cataluña y reaparecen en este confín de Campos. El profesor Parrado anotó la curiosidad de este enclave catalán, presidido por el románico de la Anunciada de Urueña.

El saldo de los naufragios. Pero el emblema de Villardefrades es su inacabada iglesia de San Andrés, que los vecinos todavía conocen como la Obra. Se trata de un edificio magnífico, construido con buena sillería a partir de 1763, que dejó sus tres naves a la intemperie, aunque a lo hecho no le falte detalle decorativo. El donante filipino murió en el curso de las obras, aunque legó dinero suficiente para rematar el templo. Pero no contó, a pesar de su previsión, con la veleidad de los albaceas.

Para llevar a cabo sus obras pías, que incluían el auxilio a los pobres y los templos de Villavellid y Cabreros del Monte, depositó el capital en una cofradía de Manila y tuvo la cautela de señalar en su manda que los envíos se hicieran en partidas pequeñas, a fin de evitar la asechanza de los piratas y el riesgo de los naufragios. Su banca en la península eran los dominicos de Madrid, donde debían cobrar sus trabajos los contratistas terracampinos. Pero el hombre propone y los elementos disponen. Para empezar, las obras de San Andrés arrancaron con retraso por la pérdida de un barco con treinta mil reales. Luego, padecen demoras a menudo, hasta que a partir de 1790 se suspenden las remesas durante sesenta y nueve años, para reanudarse entre 1859 y 1867. Un año después se detiene la actividad, quedando el templo truncado e inconcluso.

 

DATOS PRÁCTICOS

  • Llegar. Villardefrades se encuentra en la autovía del Noroeste (A-6).
  • Comer. En el propio municipio de Villardefrades están Galicia (983723541), Latarce (983723512) y Casa Carmela (983723512). En el cercano de Vega de Valdetronco, se encuentra Los Palomares (983788047).
  • Turismo rural. En la localidad de San Cebrián de Mazote, Los Ángeles (983207538). En Urueña, Villa de Urueña (983717063). En Tiedra, La Panera del Sacristán  (983791632) y Complejo de Turismo Rural (983780614). En Villasexmir, Lindos huéspedes (659578605). En Mota, Botafumeiro (983780199).