¿A la tercera irá la vencida?

M.R.Y. (SPC)
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Israel se prepara para una más que probable repetición de elecciones por el bloqueo político de los principales candidatos, incapaces de negociar después de los comicios celebrados en abril y en septiembre

¿A la tercera irá la vencida? - Foto: Ammar Awad

Hay quien piensa que «mal de muchos, consuelo de tontos». Pero la situación de España, que acaba de celebrar sus segundas elecciones generales en apenas medio año y mira de reojo a las urnas a pesar de la disposición de PSOE y Unidas Podemos de configurar un Ejecutivo de coalición, no es única. Es más, en Israel -donde se convocaron comicios en abril y en septiembre- ya se preparan para una tercera cita, después de que haya sido imposible que ninguno de los candidatos de las fuerzas de derecha e izquierda hayan conseguido los apoyos suficientes para acabar con el bloqueo político. 
La situación actual del territorio hebreo es histórica. El primer ministro en funciones, Benjamin Netanyahu, se vio obligado a llevar a los ciudadanos a elecciones en abril ante la ruptura de su Gobierno. Aquellos comicios, en los que venció el conservador Likud en porcentaje de voto -firmó el mismo número de escaños que el principal bloque opositor-, dejaron un escenario abierto y nada se pudo hacer ante la falta de acuerdo entre los bloques. Y se volvió a convocar generales, para octubre. 
El premier esta vez no ganó. La coalición de centroizquierda Azul y Blanco de Beny Gantz fue la más votada -logró un diputado más-, pero el presidente, Reuven Rivlin, encargó a Netanyahu -que se ha convertido en el mandatario judío que más tiempo ha estado al frente del Gabinete de Tel Aviv- intentar cerrar un Gobierno. Casi un mes después, el derechista se dio por vencido y delegó, por primera vez en más de una década, en su rival. Veintiocho días después, Gantz también desistió ante la cerrazón de la oposición, de modo que, desde el pasado jueves, la tarea de conseguir un Gobierno estable está en manos de un Parlamento que tiene como límite hasta el próximo 11 de diciembre para evitar otras elecciones, que se celebrarían entre febrero y marzo de 2020.
Netanyahu, consciente de su descenso en los apoyos -el Likud perdió siete diputados en septiembre con respecto a la cita de abril- y de que solo podría mantenerse protegido ante la Justicia por su reciente imputación por corrupción siendo primer ministro, se afanó en intentar primero una coalición con la ultraderechista Israel Nuestra Casa, de Avigdor Lieberman. Tras su fracaso, tendió la mano a Gantz para conformar un inédito Gobierno de unidad con una rotación en la Jefatura del Ejecutivo. El líder de centroizquierda  no descarta esa posibilidad, pero sin el actual premier al frente.
alianza complicada. La alianza entre los dos principales bloques no sería algo descabellado, teniendo en cuenta que ya se forjó una similar en el pasado, entre el laborista Simon Peres y el conservador Isaac Shamir. Sin embargo, los respaldos con los que cuenta cada coalición -que, además, son insuficientes- son el principal escollo para que se pueda avanzar.
Ese punto es, de hecho, lo que frena a Lieberman en su disyuntiva sobre a qué ala apoyar. El ultraderchista, llave para la gobernabilidad, se niega a apoyar un Ejecutivo de coalición liderado por Gantz con el respaldo «directo o indirecto» de la Lista Unida árabe ni respaldará un «gobierno mesiánico y haredí (ultraortodoxo)».
A pesar de que las negociaciones entre el Likud y Azul y Blanco han fracasado desde el primer día, la situación inédita de bloqueo y la amenaza de unas nuevas elecciones, en las que los israelíes puedan mostrar su descontento decantándose por fuerzas más extremistas, podría obligar a sus dirigentes a mover sus posturas.
«Nos enfrentamos a una situación de emergencia sin precedentes en la Historia de Israel», avisó Netanyahu, quien insistió a Gantz: «Si vamos juntos, tendremos éxito». Pero el laborista se muestra más reacio a ese posible acercamiento.
El tiempo corre en contra. Poco más de dos semanas quedan por delante para que el Parlamento pueda encontrar un consenso que permita al territorio hebreo evitar una nueva -y casi inevitable- cita con las urnas. El futuro está en el aire y el panorama no se antoja precisamente alentador. Esa inestabilidad puede empeorar la tensión en una región en la que una simple chispa acaba haciendo explotar un arsenal de dinamita.