En honor del gran poeta nacional

Jesús Anta
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Un repaso a la historia de la plaza de Zorrilla de la mano de Jesús Anta

En honor del gran poeta nacional - Foto: Jonathan Tajes

La plaza de Zorrilla no es un apéndice del paseo con ese mismo nombre. No. Al contrario, esta anchurosa plaza existió antes de que se dibujara el gran salón de Valladolid: el paseo de Zorrilla. Así que menester es dar a la plaza el valor que tiene. 
Solo un edificio se considera propio de la plaza: el de piedra rojiza erigido en 1952 entre las calles Santiago y María de Molina que, sin embargo,  junto con el de la Casa de Mantilla y la Academia de Caballería dan a la plaza un aire monumental verdaderamente notable.
Este lugar, según los datos turísticos, es el más fotografiado de Valladolid: la imagen del monumento a Zorrilla matizada por los chorros de la fuente y con la Academia de Caballería como telón de fondo, es la más difundida por las redes. En definitiva, la postal preferida por quienes visitan la ciudad.
El nombre de la plaza no viene por una decisión formal del Ayuntamiento, sino que lo impuso el decir popular a partir de que en ella, en las ferias de 1900, se inaugurara el monumento a Zorrilla realizado por Aurelio Carretero. Un acontecimiento acompañado de una gran expectación: aún era reciente el recuerdo de cuando cuatro años antes los restos del insigne escritor fueron traídos  a Valladolid y conducidos al cementerio del Carmen en medio de una auténtica multitud, y con el mayor de los recibimientos dispensados a una persona. No en vano Zorrilla era aún recordado como el gran poeta nacional.
La plaza es uno de los lugares históricos más reseñables de Valladolid, pues se halla en la antesala de la entrada principal a la ciudad, que se efectuaba por la calle Santiago a través de la conocida como puerta del Campo. En este amplio paraje se recibía a reyes y embajadores; se celebraban justas y torneos; se practicaban maniobras militares pero, también, se levantaron las hogueras para ajusticiar reos condenados por la Santa Inquisición. 
En cualquier caso, hasta que la ciudad fue expandiéndose por los nuevos barrios más alejados del centro, la plaza de Zorrilla y el Campo Grande eran los lugares más concurridos para el recreo y paseo de la población. En ella hubo uno de los efímeros edificios  añorados por la gente de cierta edad: el teatro Pradera. Un cinematógrafo que nació con el siglo XX en forma de barraca y cerró sus puertas al finalizar las ferias de septiembre de 1967, para ser derribado al año siguiente.  En el solar que ocupó, hace años se dibujó el escudo de Valladolid realizado  con plantas y flores, y antes del Pradera hubo un café de estilosa construcción suiza.
La plaza tiene en su haber, igualmente, ser el lugar en la que se construyó la primera fuente pública que tuviera la ciudad: sus aguas provenían de los manantiales de Argales distantes unos cinco kilómetros de Valladolid. Aquella fuente, conocida como de la puerta del Campo o del Cristo (por haber cerca una ermita con ese nombre) fue inaugurada por los munícipes el año 1497, y al decir de los historiadores, se convirtió en uno de los lugares más concurridos de la entonces villa. A ella acudían para llenar sus cántaros las “buenas mujeres” (así llamadas entones las prostitutas) que tenían su mancebía en un cercano edificio y que, por tanto, se mezclaban con las mozas honestas que también llenaban sus cántaros en la fuente, lo que provocó más de un problema de orden moral en los que tuvo que intervenir el Concejo.
En absoluto la plaza ha perdido el bullicioso movimiento de gente, tanto de turistas como de residentes, pues es lugar frecuentemente ocupado por variopintas actividades que se suelen prolongar por el llamado paseo de coches, pues era el lugar por donde antaño circulaban los carruajes de los señores en sus ratos de paseo, y que ahora es un gran salón que une los monumentos de Zorrilla y de Colón en el que, por cierto, se celebraron las primeras competiciones de velocípedos. 
En 1972 se pensó en construir un aparcamiento subterráneo bajo este paseo. Aquella idea se desechó sobre todo por el posible daño a las raíces de sus árboles, pero finalmente terminó por materializarse  entrado el siglo XXI.