Memoria viva de la revolución industrial

M.R.I.
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Memoria viva de la revolución industrial - Foto: Jonatan Tajes

Los trabajadores de los talleres de Renfe celebran el traslado a las nuevas instalaciones del Páramo de San Isidro, pero recuerdan con nostalgia sus inicios en unas instalaciones centenarias

La historia de los talleres centrales de reparaciones (TCR) de Valladolid arranca en 1856 cuando los hermanos Pereire, banqueros franceses con experiencia en el mundo ferroviario, decidieron localizar aquí estas instalaciones. Lo hicieron con una marcada visión de futuro y asegurándose de que pudieran ampliarse fácilmente, respondiendo a necesidades futuras, según se recoge en Los talleres ferroviarios de Valladolid: del siglo XIX al XXI, de José Luis Lalana Soto, profesor de la UVa.
 Unas instalaciones que siguen operativas hoy en día, aunque obsoletas por la falta de inversión, como apuntan algunos de sus casi  800 trabajadores. Los viejos talleres ocupan una superficie cercana a las 19 hectáreas, a los que habría que sumar otras 13 del depósito, las playas de vías y los terrenos ocupados por la estación, en el corazón de la ciudad. Y su traslado es la punta de lanza para una operación urbanística vinculada a la integración del tren, que borrará gran parte de esta memoria industrial para dejar paso a viviendas y zonas dotacionales, incluida la nueva estación de autobuses.
Un cambio esperado por la plantilla, pero que también despierta su vena sentimental. Muchos llevan trabajando aquí más de 40 años. «Entré como aprendiz mecánica con 14 años. Fui de las primeras mujeres que accedió a trabajos típicamente masculinos gracias a la nueva etapa del 78», explica Fuensanta López, de 55 años. Apunta que las instalaciones no se parecen a las que conoció porque el taller de aprendices se dinamitó y explica que en aquel momento había 1.400 trabajadores. 
Unos sentimientos que comparte Virgilio Herrera, presidente del comité de empresa, que entró en 1981. «Casi no me creo que nos vamos después de casi siete años esperando». De hecho, confiesa que la plantilla llama a las nuevas instalaciones «la tierra prometida» y lamenta que un cambio que debería ser un «hito» para la ciudad «se haga de prisa y corriendo porque hay elecciones. Nos hemos sentido abandonados por todos».
Eso sí, considera que el traslado será un «revulsivo» porque el taller es «mucho mejor» a nivel técnico y humano. «Se podrá intervenir en trenes de alta velocidad y se incrementará la carga de trabajo». Aunque, también apunta que los antiguos talleres eran uno de los corazones de Valladolid, «mucho antes de existir Fasa, y propiciaron la explosión industrial y demográfica de la capital, una situación que difícilmente se repetirá».
Luis Gangoso, coordinador del sector ferroviario regional de CCOO, también da la bienvenida al traslado, pero pide que se garantice la seguridad de los trabajadores y la carga de trabajo.  Un petición que realiza pensando en compañero como Javier Castellano, de 26 años, y que lleva dos trabajando en la empresa. Este operador comenta que ya conocía los talleres de Málaga y Sevilla, y que cuando vino a Valladolid las instalaciones de Farnesio le parecieron «un taller de locomotoras de vapor». «Fue como dar un paso atrás en el tiempo». Una sensación que cambió por completo cuando en  noviembre conoció las instalaciones del Páramo de San Isidro. «Los nuevos están por encima de todos. Son los mejores de Europa». Unas ventajas que reconoce Andrés Gallego, un operador que lleva 39 años en Renfe, pero apunta que mucha gente no se quiere trasladar porque es «más cómodo» estar en el centro de la ciudad». En este sentido, todos coinciden que los accesos «están mal y se colapsarán» y que las instalaciones «están en medio de la nada» y allí no llega el transporte público.