Esquizofrenia de banquillo

Diego Izco (SPC)
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Esquizofrenia de banquillo - Foto: Domenech Castelló

Mónaco y Villarreal protagonizan el penúltimo disparate ligado con el ya de por sí loco mundo de los entrenadores: echar al técnico... para fichar al que echaste previamente, el que no te servía

Un curso que se empezó a cocinar con la dimisión voluntaria del entrenador campeón de las tres últimas Copas de Europa (Zinedine Zidane), que se aliñó con el ‘hurto ‘de un seleccionador nacional en la antevíspera del Mundial (Julen Lopetegui) y que vivió hechos tan extraños como la negativa de Óscar Washington Tabárez -seleccionador de Uruguay- a que le hiciesen en vida un monumento en el centro de Montevideo... Un curso así, en efecto, tenía que ser necesariamente curioso en los banquillos...  
«La de entrenador es una profesión tóxica», señaló en su día Jorge Valdano, que salió raudo de la silla eléctrica del banquillo (dirigió a Tenerife, Madrid y Valencia del 92 al 97... y se dedicó al análisis desde la barrera en cuanto pudo). La toxicidad puede enturbiarlo todo, a tenor de situaciones como las vividas esta semana a casi 1.000 kilómetros de distancia, los que separan el Luis II de Mónaco y el Estadio de la Cerámica en Villarreal. La circunstancia se repitió en ambos lugares: la directiva del club echó al entrenador debido a los malos resultados... y contrató de nuevo al técnico que habían despedido previamente.  
Ida y vuelta. En el caso del Mónaco, penúltimo en la Ligue 1 con 15 puntos en 22 jornadas, Leonardo Jardim fue destituido el 13 de octubre (noveno partido liguero) y sustituido por Thierry Henry. El exjugador de Arsenal o Barcelona, que incluso llegó a convencer a Cesc Fábregas para intentar sacar a flote el proyecto monegasco («Estoy en ‘shock’ -confesaba el catalán esta semana-: uno de los motivos por los que vine fue porque Henry me convenció. Estoy triste, pero no me sorprende ya nada en el fútbol»), ha aguantado hasta la jornada 22 del campeonato y de nuevo es Jardim quien toma las riendas del vestuario.  
En el del Villarreal, tres cuartos de lo mismo: el ‘submarino’ es también penúltimo, con 18 puntos en 22 jornadas. Javi Calleja arrancó la temporada en el banquillo, pero los malos resultados provocaron su salida el pasado 10 de diciembre y la llegada de Luis García Plaza. Seis partidos (cuatro empates y dos derrotas) y 49 días después, el técnico madrileño sale por la puerta de atrás del Estadio de la Cerámica y vuelve Calleja. «Regreso por el club, los jugadores y el presidente. A la llamada del equipo yo no podía decir que no», decía en su segunda presentación de la temporada. 
anecdotario. El delirio vive instalado desde hace tiempo en los banquillos, pero esto de «sustituir con el sustituido» entra a formar parte del anecdotario más esquizofrénico del ya de por sí alienado mundo de los entrenadores:  
Marcelo Bielsa, tipo plagado de manías (llegó a llevarse más de 7.000 cintas de vídeo al Mundial de Corea y Japón en 2002 cuando dirigía a Argentina), comenzó como ojeador para Newell’s Old Boys. Dividió el mapa del país en 70 distritos que él mismo inventó y los recorrió en coche. Allá donde llegaba, preguntaba por «el mejor». A Pochettino, hoy técnico del Tottenham, lo fichó a las tres de la madrugada cuando solo tenía 13 años.
Winfried Schafer, técnico alemán que dirigía a Camerún en la Copa de África de 2002, fue detenido junto a su ayudante Tommy N’Kono por intentar realizar un encantamiento de vudú sobre el césped antes de un partido.
Mauricio Sarri, hoy en el Chelsea, es un fumador compulsivo que ha paliado la prohibición de fumar en los banquillos con una manía repugnante: masticar filtros -o colillas- de cigarrillos.
Raymond Domenech, exseleccionador francés, fue acusado por parte de sus jugadores de hacer las alineaciones según el horóscopo de los futbolistas (por lo visto justificó la eliminación en Sudáfrica’10 porque la alineación de las estrellas estaba en su contra).
Giovanni Trapattoni, mito italiano de los banquillos, tenía decenas de manías y supersticiones. Una de las que trascendió: durante su etapa al frente de la selección transalpina (de 2000 a 2004) llevó a cada partido un frasco con agua bendita.

Barry Fry, técnico del Birmingham a mediados de los 90, estaba convencido de que había una maldición en su estadio (St. Andrews) y la única forma de eliminarla era orinar junto a los banderines de córner.
Ricardo Gareca, que el último verano hizo historia clasificando a Perú para el Mundial de Rusia, tiene que tocar a una novia (sí, a una chica que esté a punto de casarse) antes de cada duelo: por lo visto, está convencido de que le da suerte.
Ricardo La Volpe mantiene a fuego dos manías: jamás ha repetido corbata el día de partido (¡Y lleva entrenando desde 1983!) y no estrecha la mano del entrenador rival antes de que el balón ruede.
Carlos Salvador Bilardo, que había dado permiso a sus jugadores (selección de Argentina en la antesala del Mundial de 1986) para salir hasta la una de la mañana a una fiesta oficial del torneo, se plantó en la misma celebración disfrazado de mujer para controlar a su plantilla. Ninguno de los invitados le reconoció.