La biblioteca popular

Jesús Anta
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Jesús Anta nos acerca la historia de la Biblioteca Popular del Campo Grande. Las crónicas hablan de que los lectores eran de diversas clases sociales

Fotografía de donde se situaba la Biblioteca Popular del Campo Grande. - Foto: Jonathan Tajes

Corría la primavera de 1922 cuando se inauguró la Biblioteca Popular del Campo Grande. Una construcción de apenas tres metros cuadrados que hizo correr ríos de tinta y que fue celebrada como un gran acontecimiento. El edificio, del arquitecto Emilio Baeza ahí sigue, cerrado desde hace muchos años, en un recoleto rincón del principal jardín de Valladolid. Está ubicado detrás de la escultura dedicada al poeta y político Núñez de Arce que preside la rosaleda próxima a la Fuente de la Fama. 
Eran años  en los que la derecha y la izquierda mostraban, por diferentes motivos, interés en que la cultura llegara al pueblo y se proponía abrir bibliotecas para los obreros. Mas, de todos aquellos proyectos el que pronto cuajó fue el que en enero de 1920 propuso el entonces alcalde Federico Santander. Una idea que, en todo caso, no era suya, pues con anterioridad ya lo había sugerido el cronista de Valladolid Francisco Mendizábal, siguiendo el ejemplo de otras poblaciones principales, como Madrid, Barcelona o Sevilla, donde ya existían bibliotecas a cielo abierto. Mendizábal argumentaba que los libros fueran «cosas vivas que corran de mano en mano a toda hora y en todo lugar, en la barriada extrema, en el taller y en la fábrica». Pero, amigo, un ciudadano envía una carta a un periódico advirtiendo de los peligros que podría tener una biblioteca sin el filtro de un encargado para impedir que caigan en manos de los niños lecturas poco recomendables. Y en medio de réplicas y contrarréplicas, otra opinión se pone de manifiesto cuestionando la oportunidad de esta biblioteca, pues los obreros o sus hijos no acudirían a la biblioteca, pues los jornaleros preferían ir a las tabernas y salas de juego y como mucho, leer periódicos socialistas o pornográficos. Por si ya eran pocas las sugerencias y objeciones, otro avispado ciudadano propuso que mejor abrir bibliotecas en los teatros, pues son lugares más apropiados para instructivas tertulias y escuelas de moralidad.
Es el caso que, finalmente, el 1 de abril de 1922 el alcalde Santander que, paradójicamente cesaba ese mismo día, inauguró  la biblioteca… Pero no pudo abrirse al público hasta dos semanas más tarde, pues carecía de persona encargada de atenderla. 
Recién inaugurada tenía un fondo de 300 volúmenes en cuya elección se había procurado que todas las obras fueran «de las que puedan dejarse en todas las manos, respetando por igual los fueros de la moral y del arte», tal como declaró el alcalde Federico Santander unos días antes.
La biblioteca se fue nutriendo también de libros donados por diferentes entidades y personas particulares, como fueron Narciso Alonso Cortés, entonces director del Instituto Zorrilla, amén de ya consagrado escritor e investigador, y también donó Leopoldo Cortejoso, afamado médico vallisoletano. Una importante aportación fue la procedente del Orfeón Pinciano, prestigiosa institución musical y cultural de la ciudad.
En la plazoleta había unos artísticos bancos de azulejos, en los que se sentaban los lectores. Otros se iban a la plazuela de la Fuente de la Fama. Las crónicas hablan de que los lectores eran de diversas clases sociales. Aquel ambiente de recogida lectura ofrecía «un espectáculo educador y simpático: los bancos llenos de muchachos, señoritas y hombres de trabajo» leyendo atentamente diversas obras.
¿EL CONDE ANSÚREZ? : ¡UN POETA!
El mismo día de la inauguración no pudo abrirse la biblioteca al público pues había quedado desierto el concurso para proveerla de una persona encargada de atenderla. El alcalde Federico Santander compareció ante la prensa: «Es lastimoso», dijo. Aquello venía a cuento de que ningún aspirante pasó las pruebas: nadie sabía quiénes estaban enterrados en el Panteón de Vallisoletanos Ilustres; ni tenían noticia de quienes eran los escritores de Valladolid Leopoldo Cano o Núñez de Arce; otros desconocían que clase de obra era el Quijote… Pero el remate fue cuando un aspirante contestó que el conde Ansúrez era un poeta. «Una verdadera desdicha» se lamentó el alcalde, y se convocó otro concurso. Total, que hasta el día 17 de abril la biblioteca no pudo ponerse en funcionamiento, esta vez reinaugurada por el nuevo alcalde, Martínez Cabezas, que solemnizó el acto pidiendo en préstamo el libro Charlas, escrito por su antecesor en el cargo. Aquel domingo de abril se registraron 202 lectores, lo que se consideró un auténtico éxito.