Campanas en compás de espera

Raúl Bobé (EFE)
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La pandemia del coronavirus ha suspendido este son ancestral y ha dejado a un grupo de entusiastas de Navarra sin su más apreciada afición por cuestiones sanitarias y de respeto

Campanas en compás de espera - Foto: Villar López

El lenguaje de las campanas tiene un componente de tradición y de antigüedad que en Navarra ha conseguido transmitirse de generación en generación gracias a un pequeño grupo de campaneros, que ahora esperan en silencio el retorno a una normalidad que les permita volver a poner «el alma» en su sonido.
La ausencia de este son ancestral se debe a la pandemia del coronavirus, que ha suspendido la actividad del toque manual de las campanas en todos los lugares «por cuestiones sanitarias y de respeto» y ha dejado sin su más preciada afición a cuatro campaneros.
José Javier Urdíroz comparte esta pasión «desde que era un crío» cuando desayunaba todos los domingos frente a la torre de una iglesia a cuyo campanario le invitaron a subir años más tarde los bandeadores y sintió mucha emoción. «La notas por todo el cuerpo, se nota en la mano y te envuelve totalmente», recuerda.
A Joaquín Corcuera le llegó la vocación en 2011, cuando se restauraron las campanas de la Catedral de Pamplona y se apuntó a un cursillo sobre toque impartido por Francesc Llop, la misma fecha en la que Javier Echeverría, con tan solo cuatro años, asistió a un concierto de campanas por la restauración y se quedó «embelesado» y hoy es, posiblemente, el campanero más joven de Navarra.
Una afición que contagió a su padre, Rubén Echeverría, que al principio le acompañaba en el campanario «agachado y con vértigo» y ahora se declara cautivado por la magia que envuelve a esta longeva tradición.
En 2016 se celebró el primer Encuentro Anual de Campaneros, que este año tenía prevista su quinta edición en la localidad navarra de Santacara, pero ha tenido que ser pospuesta sin una fecha concreta debido a la pandemia.
Corcuera calcula que hoy son al menos 15 los pueblos de Navarra en los que todavía se tocan estos enormes instrumentos a mano, un elemento que en su momento servía de «reloj para todo el pueblo» y, a través de su código sonoro, los vecinos podían saber «qué se toca y por qué».
Desde el agitado ritmo del Tentenublo para avisar de que las tormentas se acercan al pueblo; al toque de Agonía, que hacía saber a los habitantes que una persona estaba en sus últimos momentos de vida, o el toque de Muerto, que llegaba a esclarecer si la persona fallecida era hombre o mujer o incluso su posición económica, a través del sonido.
Cada ritmo expresa algo diferente y suenan distinto según quién las toca, y el que las escucha «lo suele notar» y diferencia si están tocadas a mano, o bandeadas, por parejas que pueden ser dispares en edades o ideologías porque lo que comparten es un tiempo «mágico y especial» en lo alto del campanario de la iglesia.
Sin embargo, Urdíroz también admite con pena que la mayoría de localidades hayan sustituido el toque manual por un sistema automático, por lo que al jubilarse el campanero «no hay quién siga su trabajo y se pierde el toque».
Por eso consideran necesaria la ayuda de las instituciones para mantener este ancestral oficio y enseñarlo a las futuras generaciones, quizás con una «actividad extraescolar una vez al año», propone Urdíroz, ya que el acceso al campanario no es libre.
La esperanza y el futuro del oficio está ahora en personas más jóvenes como Javier, que asegura que «cumple un sueño» cada vez que toca las campanas y en el que quiere implicar a los amigos para hacer cantera y conservar así este lenguaje tan atípico y especial.