Durísimos, dramáticos, tiempos para el Rey Felipe

Carlos Dávila
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Las consecuencias del dinero árabe que no declaró Don Juan Carlos tres años antes de que se adjudicara el AVE a la Meca resultan un azote para la Corona

Durísimos, dramáticos, tiempos para el Rey Felipe

El martes, un poco por sorpresa porque no se esperaba tan pronto, una buena parte de los documentos que ha redactado la Fiscalía Suiza sobre las actividades financieras de Don Juan Carlos I, llegaron a la Fiscalía Anticorrupción. Nadie sabe hasta este minuto qué registran esos papeles, aunque sí hay una constancia que es ésta: es absolutamente cierto que, en el año 2008, Arabia, uno de su principales jerifaltes, transfirió a una cuenta helvética controlada por el entonces Rey de España, 100 millones de dólares. ¿En base a qué? ¿Se trataba de una comisión? No hay respuesta conocida a para estas dos preguntas, pero sí existe, no obstante, una realidad: la concesión del AVE a La Meca, ciudad santa de los musulmanes, no se licenció hasta tres años más tarde, 2011, por tanto: ¿es creíble que los presuntos concesionistas ingresarán en la cuenta de Don Juan Carlos esa cantidad antes de saber, tres años antes, a quién se adjudicaría la construcción? 
La interrogante es tan decisiva porque cuestiona el propio motivo del regalo. ¿O es que con tal adelanto los árabes ya habían decidido convertir a nuestro Rey de entonces en el beneficiario de la monumental obra? Alguna de las personas más informadas del país dudan de que la razón de aquel colosal regalo fuera la propia concesión. ¿Entonces -hay que preguntarlo así- cuál fue la causa, el móvil, de la ingente prestación? No se cansen: nadie contesta, hoy por hoy, a esta interrogante.
Lo cual, al fin, da lo mismo: el dinero llegó a Don Juan Carlos, y ya casi toda España le ha condenado por eso. Se sabe, porque en España hay más comadrejas intrépidas que cochinos en una cerca de terrateniente, que el llamado Emérito está que trina, hasta el punto de que algunos le han oído gritar: «¡Me quieren echar de España!» Y en eso, está bastante acertado, hasta tal punto de que ya se le ha encontrado un acomodo de lujo en la República Dominicana. Y no solo se especula con ese exilio, sino que, algún desaprensivo ha llegado a afirmar sin despeinarse, que Don Juan Carlos se convertirá en su día en un recuelo del prófugo Puigdemont y, llegado el caso, no viajará a su nación para someterse al juicio de los tribunales. Y esa es otra, porque ahora mismo ese Rey en aquel tiempo tenía, según el Artículo 56 de la Constitución en su apartado 3, la condición de inviolable y no sujeto a responsabilidad.
Hasta aquí, los estrictos datos que afectan a Don Juan Carlos, al que, incluso este Gobierno republicano del Frente Popular, no relaciona, en sus presuntos delitos, si los hubiera, con su hijo Felipe VI. Pero éste -perdóneseme el casticismo- se encuentra en un terrible ¡ay! 
Su trayectoria como Rey desde que fue proclamado en 2014 ha sido un periplo trufado de amargores y problemas sobrevenidos. El primero, la abdicación de su padre. Rubalcaba, el difunto exsecretario general del PSOE, se ha llevado a la tumba los inconvenientes que le pusieron sus correligionarios, incluido Pedro Sánchez, que se oponía frontalmente al voto positivo de los socialistas a la abdicación. Tras ésta, el Rey Felipe se enfrentó a la quiebra del sistema de partidos que había consagrado la Transición del 78. Y casi al tiempo, tuvo que adoptar una decisión humana y familiarmente dolorosa y dinásticamente sugestiva: el despojo del Ducado de Palma a su hermana la Infanta Cristina y su apartamento efectivo de la Casa Real. 
Pero es que, además, en cuarto lugar, se topó de bruces con la rebelión catalana que él cercenó con aquel discurso del 3 de octubre de 2017, que los independentistas no le van a perdonar nunca. Y, finalmente, le ha explotado a él y a todos los españoles, la crisis de estabilidad con un Gobierno que, a semejanza de lo acaecido en el último tramo de la II República, ha llevado al comunismo radical y más contrario a la Corona, al propio Gobierno de la nación.
Total: Felipe VI no ha descansado un día, ni siquiera cuando acude con la Reina a una de esas hórridas sesiones cinematográficas de arte y ensayo con las que Doña Leticia le castiga con frecuencia. Mantiene, es de suponer, un contacto casi protocolario con su padre del que debe admirar su gestión de Jefe de Estado durante años, y sabe que, quizá más pronto que tarde tendrá que administrar la pena, si se da, que sufrirá su progenitor por sus pésimas decisiones tomadas en función de su enchochamiento por una dama ambiciosa hasta la traición, y por su determinación de no sufrir las penurias que soportaron su padre, Don Juan y su abuelo, el Rey Alfonso XIII. 


Defectos

En una ocasión, el que fue jefe de la Casa del Rey, el general Fernández Campo, le confesó al cronista los grandes defectos del Jefe del Estado. «Es caprichoso e indiscreto», me dijo. Bien: estas dos taras tan extendidas por España, han contribuido a destrozar su Historia.
Le aguardan al Rey Felipe dramáticos y durísimos tiempos: por un lado, la convivencia con un Gobierno en el que una facción quiere no solo destronarle, sino volar el modelo constitucional. Por otro, la posibilidad de que, como Jefe de las Fuerzas Armadas, tenga que encarar los próximo arrebatos secesionistas catalanes, en tercer lugar, el enorme conflicto al que nos referimos, que no es una disputa paterno filial, que también, sino que incluso puede plantear una ruptura de la Dinastía por el repudio institucional de su padre. 
Todo esto sin hablar, de la formación pendiente de la heredera que, en apenas tres años tendrá que jurar la Constitución y, en su papel de próxima capitana de nuestros Ejércitos, formarse en las Academias correspondientes como lo hicieron sus antecesores. 
Y todo esto con un Gobierno como este que deplora la profesión de las Armas, y que está dispuesto a seguir ninguneando a Don Felipe porque Pedro Sánchez considera solo a la Corona una institución simbólica y más que menos representativa, lejos de las habilitaciones que le otorga nuestra Norma Suprema. 
Únicamente faltaba que, desde medios adosados sorprendentemente a la izquierda feroz, se exija, como se ha reclamado ya públicamente, al Rey que repudie a su padre. Durísimos, dramáticos tiempos para el Rey Felipe.