El Casa Lucio a la vallisoletana

Manuel Belver
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«No es fácil hacer unos buenos huevos fritos»

El Casa Lucio a la vallisoletana - Foto: Jonathan Tajes

¿Uno o dos huevos? Así comienza todo. Lo que viene luego se puede llamar de muchas formas. Pero en Casa Tino es su santo y seña. A saber: ensalada de tomate y escabechados; plato de torreznos, lomo a la olla y chorizo, y el o los huevos fritos con patatas. No hay más. En la mesa, ése es el menú. Y triunfa. Casi tanto o más que el madrileño Casa Lucio. «No nos importa que nos comparen o que nos digan que nos parecemos a ellos. Hemos ido en alguna ocasión y nos han enseñado la cocina... pero hay algunas diferencias», sonríe Maru Martínez cuando se le pregunta por esa comparación.
Ella es hoy Casa Tino. Aunque antes lo fueron sus padres, Tino Martínez y Gloria Gómez. Ellos abrieron en 1993 lo que antaño había sido el Suazo y ellos fueron los que se decidieron por el plato estrella de los huevos fritos. «Mi padre siempre decía que hay que especializarse e imagino que, como conocía a los antiguos dueños del Suazo, Hilario y Piedad, pues se decantó por ellos», apunta hoy Maru, que el año pasado tuvo que mudarse del local de la calle Manzana, 4 a uno en Alarcón, 1: «Empezaron obras y luego se vendió el edificio. Buscamos algo cerca y nos costó hasta que encontramos éste. Es diferente al otro, más grande...». 
Y es verdad que su antigua ubicación era un viaje al pasado, con apenas 35 comensales en un espacio reducido, con manteles de los años 70 con el mapa de España, azulejos y recuerdos del siglo anterior... aunque la nueva no le anda a la zaga: «Nos trajimos los azulejos, la puerta de la entrada al baño y hemos conseguido los manteles más parecidos a los de la época de nuestras abuelas». Por el que cerró en 2018 llegaron a pasar toreros y artistas, como Lola Flores; y dicen que el rey emérito, Juan Carlos, cuando era príncipe; e incluso Franco: «Aunque no hay fotos».
En su actual local tienen una capacidad para medio centenar de comensales y han ampliado la carta en la barra, con buñuelos de bacalao, brochetas de gambas, quesos, ensaladas... además de que se puedan degustar los clásicos huevos. Por este también han pasado caras conocidas, como Loles León, Roberto Domínguez o Josema Yuste.
Maru reconoce que la idea de tener ese plato como único y estrella es de su padre, Tino Martínez Sarmentero, que es uno de los que comenzó con La Sepia, junto a sus hermanos Pepe y Servando. Un cuarto, Chema, es el dueño de El Corcho y El Peso; y Ángel, el del Arco Ladrillo. Hace unos meses falleció Julio y la única hermana que no se dedica a la hostelería es Loren. «Mi abuelo vino a Valladolid en los años 60 y tuvo el bar del cine de Delicias. Mi padre y sus hermanos, antes de La Sepia abrieron el antiguo Corcho, en calle Pasión», relata Maru. Con lo que llevan la hostelería en las venas.
Volviendo a Casa Tino, su dueña y cocinera avisa: «No es fácil hacer unos buenos huevos fritos. Tienen que estar asentados, no recién cogidos; el aceite muy caliente, la clara espesa y no líquida... a mí me toca tirar más de uno». Y a la semana suelen despachar unos 700: «Solo en la caseta de Ferias el año pasado llegamos a 5.000».
¿Se plantea cambiar o ampliar? «No», responde rotunda. Asegura que en ocasiones, como en Ferias, hacen algún guiso con éxito, pero solo en esas épocas.
Abren todos los días salvo el domingo y el lunes por la noche (salvo en agosto, que cierran los domingos enteros). No hay menú como tal, pero la gente sabe lo que hay que pedir, uno o dos huevos, el resto... se conoce. El precio ronda entre los 17 y los 20 euros, en función de si se come uno o dos huevos. «Mis padres ahora vienen como clientes y creo que están encantados y orgullosos de que Casa Tino continúe», apunta Maru. ¿Y si alguien pide algo diferente? «Nos han llegado a decir que si ponemos huevos rotos... aquí no», advierte.