Como moscas

Antonio Pérez Henares
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Como moscas

El momento político actual y sus protagonistas generan una repulsa de la que hay que escapar

Observar el actual momento político provoca repulsión y, para los que vivimos otros tiempos no tan lejanos, melancolía. Acercarse a él por obligación profesional supone cada día mayor esfuerzo ante el hastío. Rozarlo y dejarse rozar por sus manejos conlleva una definitiva necesidad de alejamiento e incluso de intentar dejarlo reducido al mínimo imprescindible en preocupaciones y mente.
No solo es que haya vida fuera de todo ello, es que está cada día más en sus antípodas a pesar de ser conscientes de su influencia sobre tanto de lo que nos afecta. Pero ya y tan solo, y porque no queda otro remedio ni salida, desde el papel de sufridas víctimas. Nunca ya, ni que se les ocurra pretenderlo, como adherentes a sus declamaciones y fuegos fatuos. Espectadores obligados como mucho. Y en mi caso, encima, a tomar nota. Pero sin participación alguna en la farsa. Lo han conseguido en mí, desde luego, y por lo que percibo lo están logrando en otros muchos. 
Dicho lo cual, desde el respeto a tantos que son dignos y a algunos que, al margen de tal actividad, tienen la consideración personal, sin separación por siglas, de amigos. Que los hay de todas. Aunque casi todos viejos. Algo más de fiar que los nuevos.
Marcho de viaje. Lejos y apasionante. A la Garganta de Olduvai (Tanzania), cuna de la Humanidad, con el director español de la excavación, Enrique Baquedano. El nivel de nuestros científicos está hoy en el pódium del mundo. De ello les contaré desde allí o cuando vuelva. Pero ahora quiero dejarles la sensación de liberación, que hacerlo supone después de estos largos meses y ya años en contemplar, y a veces chapotear sin darse cuenta, en el cenagal político del que no parece que pueda salirse nunca.
La reflexión de la semana pasada se concretaba en aquel título: Los peores en el peor de los momentos. Podría añadirse, que Con tendencia a empeorar todavía. La razón de tal predicción no puede ser más obvia: con estos mimbres no da para hacer cesta decente.
Será un alivio perderles de vista y de oído. Pero también hacerlo con algo más que un mal presentimiento, sino una probabilidad muy segura: al regreso, lo que se deja atrás volverá a estar delante y no será un dinosaurio. Que más quisiéramos. Será ese tropel de moscas, que no de abejas, con su insufrible e inacabable moscardoneo acudiendo ansiosas a esa sustancia que empieza por m, pero que no tiene por que ser miel en absoluto. Moscas, eso sí y, para remate, con ínfulas de dioses. Insectos que proclaman cada día que han hecho y ha acaecido algo histórico.
 El viaje tiene al menos la capacidad de poder hacer inmersión, desaparecer, y emerger en otras aguas. El hecho de la distancia no mejorará la impresión sobre el conjunto, pero puede que permita separar algunas cosas. Separar, por ejemplo, lo verdaderamente importante y lo que ellos pretenden que lo sea. Porque esa es la peor de sus trampas. Utilizar todos los medios de lavado y frotado, de jabón y machaque, para que consideremos que lo que a ellos les importa es lo que debe importarnos a nosotros y que nuestra alegría o tristeza ha de ir correlativa a la consecución o fracaso de sus ambiciones.
Y es realmente difícil sustraerse a ello, pues para conseguirlo tocan todas las teclas y nos manipulan de mil diferentes maneras. Merece la pena intentarlo. Sustraerse de ello, huir si es preciso para coger aire y espacio y a la vuelta interesarnos por lo que tiene en verdad importancia para nosotros. Que suele coincidir muy, muy poco con lo que les importa a ellos.