Los cinco pecados capitales en las residencias de ancianos

Óscar Fraile
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El grupo de atención domiciliaria en geriátricos del Río Hortega recoge en una publicación algunos fallos cometidos en estos centros que contribuyeron a la expansión de un virus letal para los mayores

Integrantes del grupo de apoyo a residencias posan en la puerta del Río Hortega. - Foto: J. C. Castillo

La crisis del coronavirus ha sacado a algunos sanitarios de su zona de confort y les ha obligado a realizar trabajos hasta ahora inéditos para ellos. Es el caso de los 16 profesionales del Río Hortega que formaron un grupo de apoyo a las residencias de la tercera edad del área oeste. Médicos de familia, oncólogos, alergólogos, etcétera, que se ofrecieron voluntarios para ayudar en lo que fuese menester y que han recogido en una publicación la experiencia vivida en las residencias de la tercera edad. Un pequeño libro en el que hacen un repaso por los aciertos y los errores cometidos por ellos mismos, pero en el que también reflejan que en algunos de estos centros no se hicieron la cosas todo lo bien que cabría esperar para evitar contagios.
Básicamente fueron cinco los fallos cometidos. El primero, y más generalizado, la falta de EPIs. «Los sanitarios y cuidadores no tenían suficientes medidas de protección y los trabajadores, expuestos y sin equipos de protección individual, atendían de habitación en habitación. Al no estar separados pacientes con síntomas de pacientes estables, el contagio era previsible e inevitable», señala el libro. En algunas ocasiones fue necesario utilizar bolsas de la basura como batas y gafas de esquiador.
Otro de los fallos fue no atender las «excelentes» normas que se habían remitido desde las gerencias de salud, valiosas por su «prolijidad y extensión». Y no por una cuestión de desprecio a las mismas, sino porque, tal y como reconocen estos profesionales, los trabajadores de las residencias y los directores estaban «agotados» por el volumen de trabajo. En algunos casos ni siquiera las habían leído. Ante este panorama, Aurora Sacristán, especialista en Medicina Preventiva y miembro del grupo, elaboró otro documento con 14 consejos para prevenir y controlar la covid-19 que se remitió a 64 residencias del entorno.
Una integrante del grupo, obligada a utilizar bolsas de basura y gafas de esquiar ante la falta de equipos de protección. Una integrante del grupo, obligada a utilizar bolsas de basura y gafas de esquiar ante la falta de equipos de protección. - Foto: El DíaEl tercer error tiene que ver con la ausencia de zonas limpias en las residencias para quitarse y ponerse los escasos equipos de protección individual disponibles. El equipo del Río Hortega lo solucionó habilitando tiendas de campaña o iglús en el exterior de las instalaciones. El objetivo era evitar llevarse el virus a casa. «Los EPIs al principio se quedaban guardados en la misma residencia, las gafas, fonendos y otros accesorios médicos se limpiaban en un barreño con hipoclorito diluido cuando acababan las visitas, pero, aun así, era inevitable que nos lleváramos el virus a casa», se cuenta en la publicación, donde también se recuerda que durante la gripe española de 1918 la mayor difusión del virus la hicieron las enfermeras que cuidaban a los soldados heridos. 
El cuarto problema no tiene mucho que ver con la sanidad, pero resultó muy dañino. Se trata de la desinformación y los bulos que finalmente acababan calando entre los residentes y confundían a todos. ‘Las mascarillas no sirven de nada’, ‘no puedes salir de casa; pero si lo necesitas, sí puedes’, ‘si lavas la ropa a temperatura normal, el virus no se irá, pero si lo tienes en las manos, con que te las laves dos minutos ya lo matas’, ‘el virus no afecta a los niños’, ‘los animales no lo tienen... solo algunos’, ‘cuando pidas comida preparada, déjala tres horas fuera de casa para que se descontamine’. Estos eran algunos de los mensajes surrealistas que circulaban.
El quinto error no es responsabilidad de las residencias, pero supuso un peligro igual. Los integrantes del grupo reconocen que «los primeros tests realizados no tuvieron la sensibilidad adecuada, por lo que desconocían si realmente estaban infectados o eran portadores asintomáticos. «Miembros del equipo fueron contagiándose progresivamente, así que teníamos que tenerlo claro», añaden. Cuando se realizó la prueba PCR a todos los residentes, se pudo separar a los positivos de los negativos. «Esto era necesario también para que ambos grupos, dentro de su sectorización, tuvieran poco a poco más libertad de movimientos, pues el deterioro de marcha y atrofia muscular de los ingresados era una realidad previsible», dice el documento.
Pese a lo duro de esta experiencia, también ha sido muy enriquecedora para unos profesionales acostumbrados a luchar contra el virus en primera línea de fuego.

Catorce consejos para evitar que los contagios se propagasen

Una de las integrantes del grupo, especialista en Medicina Preventiva, elaboró un lista de 14 consejos para evitar la propagación que se remitió a 64 residencias de ancianos. Por ejemplo, la necesidad de que se clausuraran las zonas comunes o el establecimiento de turnos para utilizarlas, siempre respetando la distancia de dos metros entre personas. Aparte de las habituales recomendaciones de higiene, como el lavado de manos frecuente, también aconsejaba establecer dos zonas diferencias cuando apareciese un posible contagio: una para residentes infectados y otra para los que no lo estaban. Otro consejo pasaba por colocar cubos de basura con tapa y pedal en todas las habitaciones de residentes infectados o con síntomas para que los trabajadores pudieran descartar fácilmente los guantes o los equipos de protección individual. Otra medida era identificar a todas las personas que hubieran estado en contacto estrecho con un posible caso de coronavirus para ponerlos en cuarentena y restringir sus movimientos. También apuntaba como «fundamental» que el personal que atendía a los pacientes infectados fuera distinto al que atendía a los residentes no infectados. Así, proponía a los responsables de las residencias organizar turnos rotatorios o «cualquier otra forma de organización». Evidentemente, los consejos también incluían la necesidad de intensificar la limpieza en el centro, «con especial atención a las zonas donde puedan transitar mayor número de personas y las superficies de contacto». Por otro lado, hace hincapié en la necesidad de que el personal de limpieza reciba la formación adecuada para estas circunstancias especiales, tanto en el desempeño de su trabajo como en el uso de equipos de protección antes de acceder a la residencia. Y siempre con una máxima: «el circuito de limpieza será de las zonas más limpias a las más sucias».

«He soportado dos guerras, he estado en la cárcel... pero esto no lo había vivido nunca»

El final del pequeño libro de este grupo de profesionales recoge el testimonio de unos 20 protagonistas que han vivido esta experiencia desde varios puntos de vista. Tanto los sanitarios que libraban la batalla contra el virus como los de algunos abuelos que se resignaron a tener que estar confinados. Relatos como el de Eva María Bustos, médico en una residencia, quien habla de las dudas que le asaltaron antes de iniciar un trabajo que ha acabado convirtiéndose en una «experiencia única» que le ha dejado más claro todavía que «una muerte ya son muchas muertes». O la experiencia del equipo COVID de la residencia Villa del Tratado, quienes resaltan la batalla que está librando «este grupo de guerreros», en referencia a los mayores. «Muchos son los niños de la guerra: vivieron el hambre de una postguerra, trabajaron sin descanso para levantar un país sumido en la depresión económica, para que hoy sus hijos y nietos puedan acceder a una educación antes impensable», dicen. También aparecen Blanca Blanco y Natalia Gallego, médicos residentes de último año que pusieron «el broche de oro» en estas residencias. Con situaciones muy emotivas: «Ha habido momentos emocionantes, como cuando te piden que les regales un beso o te aprietan fuerte la mano buscando seguridad; otros, más divertidos, como cuando te contestan que están ‘de madre’ o te recitan una poesía». En el libro también aparece Jesús Galán, médico de familia, «rehabilitador poeta» y dibujante. Tan poeta que cuenta se experiencia en verso. «Cada anciano nos mostró su personalidad/con denominador común de triste soledad./Medicina y humanidad intentaban convertir/en tranquilidad el tiempo necesario a invertir». Por su parte, el oncólogo Álvaro Sanz detalla en 18 puntos todo lo que le ha enseñado esta experiencia. Y Felisa, una «encerradita» de 87 años y Ambrosio, un superviviente de 92, también aportan su visión: «He soportado dos guerras, una dictadura, he estado en la cárcel... pero esto que me pasa no lo he vivido antes».