Un refugio redondo

Alfonso G. Mozo
-
Ali y Boubacar, en el campo de Arroyo. - Foto: J. Tajes

Ali y Boubacar llevan nueve meses en España. El yemení gastó 5.000 euros para viajar a Marruecos y saltar la valla de Melilla. El sudanés fue rescatado por el Aquarius, tras pagar 150 por su plaza. Ahora los dos sonríen en Arroyo gracias al fútbol

La historia vital de Ali y Boubacar no tiene nada que ver con la de los chavales de su equipo. Ninguno de sus compañeros se habrá pasado dos meses en los pinares marroquíes de Nador esperando para abordar la imponente valla fronteriza de Melilla, entre despiadados intentos de robo y amenazas de las mafias. Por suerte, tampoco habrá ningún chaval que se haya ido de casa a los quince años para buscarse la vida, primero en Egipto y luego en Libia, y que terminase salvándola junto a otros seiscientos inmigrantes gracias a un barco de nombre Aquarius que les rescató de sus pequeñas barcas en aguas del Mediterráneo. 
Solo han pasado nueve meses de aquellas pesadillas, pero las vidas vallisoletanas de Ali y Boubacar ya no se entienden sin todos esos chicos convertidos en amigos con los que comparten vestuario cada martes y viernes en los campos de Arroyo; sin el deporte, sin el fútbol, sin el balón... porque, sin todo ello, la integración de estos inmigrantes veinteañeros habría sido aún más difícil. Pero se han encontrado con un refugio redondo, una atalaya junto al río Pisuerga en la que pasan los mejores ratos de la semana.
Ali y Boubacar son dos de los muchos jóvenes que sueñan con un futuro europeo, con una vida lejos de la crisis social y la violencia de sus países. Un borrón y cuenta nueva por el que se juegan el tipo, con una valentía impropia de su edad. Sus rostros, sus miradas, sus relatos están curtidos por el miedo y la soledad. Solo sonríen al hablar del futuro, de unos sueños en los que se ven viviendo en Valladolid, trabajando en la hostelería o en un taller mecánico. Y siendo felices.
Porque ser felices es su único anhelo y el deporte se lo granjea sin pedir nada a cambio. «En el equipo de fútbol estoy muy contento. Me tratan como a un hijo y mis compañeros me ayudan mucho», confiesa un sonriente Boubacar, que recuerda que «en Sudán se paga hasta por hacer deporte». «Cuando iba en la barca, en medio del mar, no sabía ni a qué país iba a llegar, pero me daba igual...». Se hace el silencio, no lo dice, pero su mirada habla por sí sola y recuerda que lo único que quería era dejar atrás el inestable continente africano.
HUÉRFANO DE PADRE

«Yo salí de mi casa con 15 años. La vida en mi país era muy peligrosa y no había ningún futuro. Yo quería viajar a Europa», confiesa este joven de 18 años que asegura que le gustaría ayudar a su familia, a su madre y sus seis hermanos; es huérfano de padre. «Primero estuve trabajando un año y medio en Egipto, y, luego, uno en Libia, pero, igual que mi país, es muy peligroso. Estuve muy enfermo allí y había muchísimos problemas sociales».
El sueño europeo debía llegar a través del mar. No lo dudó. Pagó los 150 euros que le pedían las mafias por un asiento en una barca y se echó a las aguas del Mediterráneo, convencido de que era su única oportunidad de llegar a Europa. El Aquarius les rescató y a mediados de junio, dos años y medio después de abandonar Sudán, pisó suelo español. La siguiente estación sería Valladolid, donde pasó un primer mes «muy malo» porque la ciudad, fría hasta en verano, le resultaba «muy extraña». La oenegé Accem le introdujo dentro del programa de protección internacional y arrancó un trabajo de integración que está ya en la Fase 2; viviendo solo.
«En Valladolid, el programa de acogida e integración a personas refugiadas lo gestionamos desde Accem, junto a Procomar y Cruz Roja y financiado por el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social. A través de varias fases, se busca su integración, con el apoyo transversal de servicios jurídicos, psicológicos, de formación en el idioma y de empleo. Todo, durante un periodo que oscila entre los 18 y los 24 meses, salvo que consigan antes un trabajo, momento en el que el programa se suspende y ya no se les dan ayudas económicas; o salvo que se agote el tiempo, ya que empezarían a recibir ayudas como otra persona», detalla Irene Sánchez, la coordinadora en Valladolid de Accem.
Esta organización nació en 1990, aunque no llegó a Valladolid hasta 2006. Durante una primera etapa atendían a población en exclusión social y personas migrantes, pero en 2015, con la llegada de refugiados a Europa y a España, se empezaron a implementar más programas para refugiados. «Así, por ejemplo, antes de esto, en 2014, atendíamos a unas seiscientas personas cada año, mientras que en 2018 fueron casi 1.500. En Valladolid tenemos 36 plazas en siete pisos para personas refugiadas», apunta la coordinadora de la oenegé.
PROTECCIÓN INTERNACIONAL

«En el caso de Ali y Boubacar, lo que se tiene en cuenta es que ellos dos son solicitantes de protección internacional, es decir, que en sus países vivieron unas situaciones que son susceptibles de aspirar al estatuto de refugiados, porque allí corrían peligro; sus casos se están estudiando», explica Irene Sánchez a El Día de Valladolid, que añade que, en ambos casos, están en esa Fase 2. «En la primera están en uno de los siete pisos de acogida que Accem tiene en Valladolid, durante un tiempo de entre seis y nueve meses. En la segunda, la llamada de ‘autonomía e integración’, se les sigue apoyando económicamente, pero viven por su cuenta y se les da más libertad. Y en la tercera reciben ayudas puntuales, pues los apoyos económicos a refugiados se pueden prorrogar un máximo de 24 meses desde el inicio del programa».
El deporte forma parte de esas herramientas de integración y más aún en chavales de las edades de Ali y Boubacar, ya que, a juicio de Irene Sánchez, «ayuda tanto a conocer gente, como a promover conductas saludables, porque el bienestar físico también ayuda a su bienestar mental». 
Ali es un apasionado del fútbol, aunque, como Boubacar, él se tenga que limitar a entrenar, ya que aún no pueden jugar federados. Ambos entrenan con el juvenil del Unión Deportivo Arroyo y «son dos chavales más, muy majos y que han encajado bien», tal como explica el coordinador del club, José Gaitero. «Me llamaron para ver si podían venir a entrenar con nosotros y aquí están», apostilla. «Me encanta jugar al fútbol. La gente del Arroyo me trata muy bien y me ayuda mucho, aunque no pueda jugar partidos», confirma el propio Ali antes de empezar uno de los entrenamientos.

UN YEMENÍ EN ARABIA SAUDÍ
Atrás quedan los últimos seis meses en Arabia Saudí, el país en el que nació y vivió 21 de sus 22 años, y del que decidió salir tras el cambio de rey, debido a que «se modificaron todas las leyes y ahora solo los saudís tienen derechos». «En Arabia yo no podía trabajar, ni estudiar, ni jugar al fútbol... no puedo hacer nada por ser yemení». No dudó en invertir los 5.000 euros que cuesta cada año renovar la tarjeta de residencia de extranjeros para emprender una aventura que tenía un destino claro en España: «Lo elegí por todas las cosas en común que hay con el mundo árabe, hay gente buena y cercana, y el idioma tiene muchas palabras de origen árabe», según confiesa Ali.
«La vía de entrada más fácil es a través de Marruecos, porque es muy difícil obtener un visado para España», explica. Viajó de Jeddah a Casablanca y, de ahí, a los pinares de Nador. «Los dos meses que pasé allí esperando para saltar la valla fueron los peores de mi vida. Tuve que pagar 600 euros a las mafias para poder saltar la valla...», admite mientras muestra la marca de una cuchillada en la muñeca, sufrida durante un intento de robo.
Pero eso es pasado. Ahora esta «feliz» porque está convencido de que va a lograr «un futuro bueno» en Valladolid. Maneja con soltura el idioma, tiene «muchos amigos», ha hecho un curso de hostelería... y juega al fútbol. Un refugio redondo en el que borrar pesadillas y dibujar sueños.

Boubacar, sudanés llegado a Valladolid tras ser rescatado por el Aquarius. J. Tajes
Boubacar, sudanés llegado a Valladolid tras ser rescatado por el Aquarius. - Foto: J. Tajes
Ali, yemení llegado a Valladolid a través de la valla de Melilla. J. Tajes
Ali, yemení llegado a Valladolid a través de la valla de Melilla. - Foto: J. Tajes