El triunfo de Europa

Antonio Pérez Henares
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El rescate del bloque comunitario no significa 'barra libre' para España sino que exige ajustes y olvidarse de tocar la reforma laboral o subir impuestos

El triunfo de Europa - Foto: POOL

Lo importante, lo trascendental, es que Europa, la Unión Europea ha demostrado serlo y ha estado a la altura exigida. Mucho más allá de la patochada redondista de convertir al Consejo de Ministros en palmeros de un tablado, lo que alegra, porque a mí, al menos, me alegra y mucho, es comprobar que estamos amparados y ser parte de ese proyecto es nuestra mejor salvaguarda.
Me alegro de la letra grande y de la pequeña, me alegro de cómo se ha debatido, discutido y llegado a acuerdos y cómo este ahora supone un inmenso alivio para los cientos de millones de europeos y, desde luego, para nosotros. Por muchas razones.
La primera es que están ahí los fondos necesarios, la unidad del Viejo Continente para hacer frente a una situación tan crítica que, además de muchas cosas, podía llevarse por delante hasta la propia Europa. Están, son cuantiosos, los necesarios para poder a comenzar de veras el trabajo de reconstrucción de lo que está tan duramente dañado. Esa es la letra grande. Pero la pequeña es igualmente decisiva y, de ella, yo también me alegro.
Porque no son barra libre, no son haga usted lo que le venga en gana. Para nada. No sé qué aplauden los podemitas si precisamente lo que significa el acuerdo es que sus delirios bolivarianos se van directamente al cuerno. 
Hay condiciones, de obligado cumplimiento y son, no solo aceptables, sino muy positivas en la situación en la que estamos. Porque de cometer despropósitos como derogar la reforma laboral, ya ni hablamos ni podemos jugar con ello, de lanzarse a carreras enloquecidas de «exprópiese» o de asaltar los bolsillos ciudadanos que se vayan olvidando. Que palmoteen cuanto quieran. La realidad es que el acuerdo, como los buenos acuerdos, significa que unos y otros han cedido, pero también han conseguido parte de sus propósitos. Que se liberara una inaudita cantidad de dinero y que esta se repartiera. Sí, pero controlada y con condiciones. Que casi la mitad no fuera a fondo perdido sino con fecha de devolución, aunque amplia. Que haya controles, pero no chantajes, que haya vigilancia, pero no embargo. El rescate, que lo es, el nuestro y el de un buen puñado de países tiene normas y no van a poderse hacer bromas ni mangas ni capirotes con ella. Por algo muy claro: porque o se cumplen los dictámenes y las pautas marcadas por el conjunto de Europa o se cierra el grifo de la pasta. En suma, que, o se elaboran los presupuestos como es debido, sin trampas, ni desfases ni enloquecidos endeudamientos y gastos, o no hay un euro.
El trance se ha pasado y se ha hecho de la necesidad virtud. Ahora pues queda ocuparse de las cosas de casa. Y esto ya no lo tengo tan claro. Aquí no vamos precisamente por el buen camino. Más bien vamos por el peor posible. Está claro que esto ya no son rebrotes sino un sarpullidos generalizado por casi todo el cuerpo. 
Los errores siguen empecinadamente cometiéndose por quienes, tras haber incurrido una y otra vez en ellos, consideran que al no haberse visto obligados a reconocerlos y responsabilizarse por ellos es que en realidad lo que hicieron rematadamente mal fue todo un acierto y ellos unos héroes. El simonismo rampante es el mejor ejemplo de lo que digo.
La esperanza es la vacuna, que parece avanzar con pasos firmes y hasta puede que más rápido de lo previsto. Ojalá. Mientras queda casi el protegerse cada cual cómo mejor pueda sin hacer mucho caso a la continuada patraña que la propaganda monclovita genera a cada instante y por todos los respiraderos y desagües.
Amén del virus, aunque ciertamente por su causa, esta nuestra derruida economía. El turismo ha capotado de manera aún más cruel de la prevista. El aporte europeo está ahí, pero lo de aquí tiene una pinta pavorosa en cuanto a destrucción de empresas y puestos de trabajo. Afrontar eso será la verdadera piedra de toque, el asunto clave y decisorio de nuestro futuro. Y conste que no estoy hablando en absoluto en clave política, sino mirando exclusivamente a las cosas de comer. 


Golpe de timón

Podía hacerse, como ha hecho Europa también de la necesidad virtud, pero dudo mucho que eso se consiga. Pero por desearlo que no quede. Ojalá nuestro Gobierno se centrara, diera el golpe de timón imprescindible y buscara acuerdos y consensos reales con quienes estarían obligados, de proponérselo de veras y sin trampa. Ojalá, pero, mucho me temo que en lo que seguiremos es en el tablado y los palmeros.