"Los artistas vivimos siempre en la cuerda floja"

César Combarros (Ical)
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“Los artistas vivimos siempre en la cuerda floja"

El fotógrafo vallisoletano Ángel Marcos inaugura el jueves en el Castillo de Fuensaldaña la exposición 'Noches de piedras y lunas', con una veintena de imágenes y un audiovisual

Cuando Ángel Marcos (Medina del Campo, 1955) tenía 17 años, su madre llegó un día a casa con una cámara compacta Nerasport que había conseguido tras rellenar los cupones de una cartilla en el supermercado. La fotografía abrió así una inmensa ventana al mundo al joven, que de forma autodidacta comenzó a investigar las posibilidades y el lenguaje de aquel aparato. En 1982 protagonizó su primera exposición individual en la Galería Siena de Valladolid, y una década más tarde comenzó a dedicarse profesionalmente a su pasión, la fotografía. Su obra está en colecciones como el Reina Sofía, el Rockefeller Center de Nueva York, la Maison Européene de la Photographie de París o la Colección Amigos de ARCO. El próximo jueves, 14 de febrero, inaugura la exposición ‘Noches de piedras y lunas’ en el remozado Castillo de Fuensaldaña, donde reúne una veintena de las 82 fotografías que conforman el proyecto, montadas en cajas de luz de diferentes formatos y acompañadas por un audiovisual de veinte minutos donde se fusionan sus imágenes con la música al piano de Diego Fernández Magdaleno y los versos de Gamoneda, Jiménez Lozano, Mestre y otra decena de poetas.

Comenzó a fotografiar en la adolescencia. ¿Qué captaba con su cámara entonces?

Vivíamos en Las Eras, en el extrarradio de Medina del Campo. En nuestra casa había gallinas, conejos y otros animales, y una pequeña huerta. Fotografiaba ese ambiente, a mis sobrinas, a mis hermanos, a mi padre con las ovejas y a mis amigos. En un incendio en el estudio perdí casi todo aquel material, pero en esas fotografías, supongo que por puro azar, sí se apreciaban algunas perspectivas que todavía sigo utilizando con frecuencia. Viendo esas fotos la composición tenía cierto sentido, de una forma totalmente automática claro.

¿Qué le enganchó de aquello?

Creo que era una manera de salir de la normalidad ansiógena y existencial de ese entorno. Cuando estás en un lugar así y no te conformas, estás expuesto a una sensación de ansiedad, y creo que la fotografía me ayudó en ese sentido. Antonio, Augusto y yo, tres amigos de Medina, nos juntamos en torno a la fotografía como forma de liberación y de combatir la ansiedad cotidiana en un lugar donde no había gran expectativa de casi nada, había una especie de resignación implícita y mucha represión ideológica, religiosa, sexual…

Su formación ha sido autodidacta. ¿Cómo aprendió el oficio?

Cuando empecé a revelar tenía mi laboratorio en la habitación donde dormía, porque no era consciente de la contaminación que podían generar los ácidos. Aprendí viendo ejemplares de la revista ‘Alfa’ y de ‘Life’, y algún manual de técnica que me consiguieron. Luego ya me trasladé a Valladolid para estudiar asistente social y lo pasé mal para aprobar porque estaba todo el día con mi locura fotográfica.

¿Por qué se decantó por esos estudios?

Me parecía muy bonito poder ayudar a la gente, y en la carrera se tocaban temas como la psicología o la sociología, que me interesaban mucho. Creo que aquello potenció mi vena filantrópica, mi implicación por el colectivo, y que esa formación al final trasluce de una u otra forma en mi trabajo como fotógrafo. Luego me matriculé en la Universidad Complutense de Madrid para estudiar Imagen, pero como no tenía dinero para pagarme mis estudios solo estuve un año y lo tuve que dejar, y poco después me empezaron a llamar para participar en el festival Imago, en Salamanca, o en la escuela de fotografía y cine EFTI, de Madrid.

En 1982 protagonizó su primera exposición en la Galería Siena de Valladolid.

Evelio Gayubo era el galerista. Recuerdo fotografías de unas maniquíes, de paisajes… Había un poco de todo, pero sin ninguna textualidad. Sí me hizo mucha ilusión que me escribió unas líneas Alberto Schommer, en las que me decía que veía que yo tenía pájaros en los ojos y que nunca dejara de hacer fotografía. Es curioso porque eso mismo me lo repitió tiempo después Vela Zanetti, un día que fui a hacerle unos retratos para ilustrar una entrevista.

Desde entonces pasaron más de diez años antes de que decidiera enfocar su trayectoria en torno al arte contemporáneo. ¿A qué se dedicó en ese periodo?

Al terminar los estudios de Asistente Social fui a hacer la mili a Madrid, donde comencé a colaborar haciendo fotos de moda. Después viví un año en Vigo, donde vendía fotos con un tenderete en la Calle del Príncipe y cosas de artesanía, y cuando aquello terminó regresé a Medina del Campo. Yo no tenía nada y mis padres por desgracia tampoco, pero allí me reencontré con un fotógrafo que trabajaba en cruceros y que quería regresar a Medina. Me animó a montar juntos un estudio y pusimos en marcha Focal, en el centro del pueblo. Poco después me quedé yo solo con el estudio y luego monté en una nave Taller de la Imagen, donde hacíamos de todo. Al principio me centré en fotos de muebles, por la amplia industria del sector que hay en Medina, y después comenzamos a hacer libros y otras cosas de fotografía industrial principalmente, además de impartir talleres por los que fue pasando mucha gente que ahora se dedica a la fotografía.

¿Cómo se produjo su salto a la fotografía artística?

En 1994 participé por primera vez en ARCO con el proyecto en torno a la fábrica de harinas que recuperó Evelio Gayubo en Abarca de Campos como sede de su galería. Aquello funcionó muy bien y en la feria coincidí con Teresa Cuadrado, que me propuso un proyecto sobre el Teatro Calderón. Fui allí con mi equipo e hicimos la exposición, que se centraba en lo que había de arqueología industrial, y luego la Junta publicó el libro sobre la exposición, que incluyó un texto de Fernando Castro (Flórez).

¿Aquel proyecto le descubrió hacia dónde quería ir?

Sí, a Fernando le conocía desde que impartió una conferencia en la inauguración de La Fábrica. Al conocerle, me abrió los ojos y gracias a él descubrí que me estaba perdiendo algo, que aquí pasaban más cosas de las que yo creía. Además tuve la ocasión de participar en los encuentros de Cabueñes, donde conocí a gente como Eduardo Momeñe o Humberto Rivas, vinculados a otros territorios que a mí me hicieron despertar. Por ahí empiezo a ver que hay un gusanillo al que no voy a poder renunciar, y que hay otras cosas más allá de hacer fotos más o menos bellas. Después dejé el estudio en manos de la gente que estaba allí y me fui a Nueva York, donde di forma a la exposición ‘Alrededor del sueño. Nueva York’, que se presentó en Barcelona.

Su obra está presente en museos de Francia, Austria, Estados Unidos, Bélgica, Suiza, Liechtenstein o Italia. En el mundo globalizado que vivimos, ¿se están perdiendo las señas de identidad de cada cultura?

Ese es un tema candente ahora mismo en el mundo del arte. Hace poco leía a una crítica mexicana que lamentaba que ahora con ver un museo has visto todos, da igual que sea en Dakar o en Londres. Esto nos habla del arte oficial, de mercado, como poder y como sistema. Yo lo que intento cada vez más es hacer actos ‘puros’, por eso intento estar pero volver enseguida a mi espacio. No voy a demasiadas ferias, porque parece que tu éxito está únicamente en función de lo que vendes. Es una forma de medirlo también, pero para el artista, que vivimos siempre en una extraña fragilidad y estamos siempre en la cuerda floja, es muy complicado. Yo intento combatirlo así: formo parte de ello pero intento escapar rápido. No creo que haya otra forma.

El territorio y la puesta en escena son vitales en su trabajo. ¿cómo ha ido decantando su mirada hasta llegar a esas claves?

La cuestión de la fotografía construida, bien sea a través de sistemas digitales o la escenografía, tiene muchos recovecos. Yo empecé a trabajar así porque no sabía hacer otra cosa. Desde que colocaba a mis sobrinas en mis primeras fotos estaba realizando esa construcción, ese relato, sin saber por qué; y cuando participé en ARCO con la serie ‘Los bienaventurados’ la había hecho de la misma manera, décadas antes de conocer el trabajo de Jeff Walls y de la Escuela de Vancouver. Por otra parte el territorio son tus afectos, los lugares donde te reconoces. Eso es una trampa, porque a veces es algo que te paraliza más, pero yo estoy convencido de que cuando voy a Las Vegas y fotografío la periferia, lo hago como influencia de mi periferia: Medina del Campo ya es periferia, pero la periferia de la periferia ya es algo tremendo.

Otra de sus líneas temáticas es la relación entre el deseo y la realidad, entre lo que está sucediendo y lo sucedido.

Hay quien dice que toda mi fotografía versa sobre cómo llegar a cumplir los deseos. Quizá corresponde a un imaginario de insatisfacción. Yo creo que, de alguna forma, es una constante retórica. Toda mi vida creativa ha estado basada en cómo generar, cómo ser víspera en la fiesta, cómo tener algo que hacer para no caer en la rutina. Yo tuve mucha influencia de los existencialistas franceses y eso te marca.

¿Cómo surge cada proyecto? ¿Primero es el viaje y luego se conceptualiza o al revés?

Es complicado. Normalmente voy a hacer el proyecto, pero a veces utilizo el viaje como documentación, como archivo. ¿Cómo surgió, por ejemplo, ‘Coup de parole’? Al estar en Cuba me di cuenta de que, de una forma prácticamente automática, iba buscando vallas publicitarias. Yo no hacía esas fotografías para nada, sino porque las necesitaba. En Senegal, por otra parte, hice muchas fotos que no eran lo que iba a hacer, pero después las utilicé en otras series. Antes de empezar un proyecto nuevo suelo escribir unas líneas con la idea central, más o menos tengo claro lo que estoy buscando. A veces la gente que me acompaña en los viajes me pregunta: ‘¿Cómo te lo encuentras?’, y les digo: ‘Porque lo voy buscando’. Si tú vas buscando algo, seguro que lo encuentras.

¿La intelectualización del arte contemporáneo lo aleja del público?

No sé si lo aleja o es que nunca han estado cerca. Yo creo que hay un abismo muy grande, porque no se puede pedir a la gente que lea un manual pero tampoco se puede pedir a los artistas que rebajen su discurso y lo banalicen. Lo que sí es cierto es que tenemos que establecer algunos puentes, porque si no corremos mucho riesgo. El arte contemporáneo supone un esfuerzo para todos, pero no es fácil ver los museos y las galerías de arte vacías.

En su obra contrastan imágenes de lugares y escenarios deshabitados frente a series de retratos de personas. ¿Qué busca con esos contrastes?

Si te paras a pensar, las dos cosas son lo mismo. Mis rostros de primer plano casi siempre son de personas de países con problemas, y ponen en contraste su realidad con la del espectador de países muy desarrollados. Y sobre mi fijación por lugares deshabitados, hechos polvo, yo no sabía por qué hacía eso, pero decía Walter Benjamin (y posiblemente tenga algo que ver) que la admiración por la ruina es un ejercicio de completitud, una regresión al ideario, a lo imaginado. Por ejemplo, cuando ves una ruina de un pueblo de Castilla a lo mejor esa imagen te hace viajar a cómo fue, fruto de esa especie de deseo que sobrevuela los lugares.

Ese parece ser uno de los leitmotivs de su nueva serie, ‘Noches de piedra y lunas’, sobre la cual este jueves inaugura una nueva exposición en el Castillo de Fuensaldaña. ¿Cómo surgió el proyecto?

Tenía ganas de fotografiar castillos desde hacía muchos años. Su presencia es una constante en mi vida, desde que de niño jugaba en el castillo de La Mota y luego por todo el interés que siempre ha despertado en mí el paisaje castellano. Como Valladolid es una provincia con una gran densidad de castillos, me pareció conveniente acotar el proyecto en ese entorno geográfico, y decidí fotografiarlos de noche por tener una unicidad más rigurosa, porque conceptualmente funcionaría mejor y quería evitar una especie de catálogo de turismo.

¿Es su particular homenaje a los castillos como seña de identidad de la provincia?

No exactamente. Quería hacer un proyecto donde se mezclaran connotaciones de todo tipo: estéticas, románticas, históricas, al mismo tiempo bélicas, sobre el proceso del olvido y nuestra historia transformada, olvidada pero a la vez en muchos casos presente. En Valladolid las fortalezas que hay son fundamentalmente castillos de presumir, de señorío, no excesivamente bélicos, que serían el equivalente de aquella época a los rascacielos de ahora.

¿Cómo ha trabajado la iluminación de las fortalezas o sus restos?

Ha habido de todo. La gran gran mayoría no tiene ninguna luz, otra gran parte tienen una luz muy escasa, quizá una farola del pueblo, y otros solo se iluminan un poco los fines de semana. En los que ya tenían iluminación he tenido que retocar la luz porque no quería hacer postales, y en todos los casos yo he incorporado algún flash de relleno o alguna que otra luz como he podido, con mi coche, con flashes electrónicos...

En contrapunto a este trabajo, más rural y de paisaje, también ha dedicado especial atención a las ciudades en otras series. ¿Cómo reflejan los escenarios urbanos las relaciones sociales de poder?

Las ciudades son los estados modernos. Es el espacio donde el poder se identifica de una forma más sencilla: con su ayuntamiento; ahora mismo también son los lugares de habitabilidad por excelencia. Lo que yo subrayo es cómo las ciudades están hechas a espaldas del ciudadano, planificadas por el poder económico. En ‘Las ciudades invisibles’ de Italo Calvino, hay un pasaje que dice: “En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”. Eso enlaza con cómo trabajo el deseo en mi obra.

Al recibir hace un año el Premio Provincia de Valladolid a la Trayectoria Artística señaló que ese galardón marcaba “un punto de inflexión” en su trayectoria. ¿Hacia dónde siente que quiere encaminarse?

Con ese premio me sentí muy querido y muy reconocido, y experimenté mucho miedo a conformarme y quedarme aquí. Por eso de alguna manera estoy intentando huir. ¿Hacia dónde voy? Ahora estoy revisando todo mi trabajo, buceando en los archivos, y en el futuro espero ser capaz de mezclar esa parte de afectos que yo siempre he trabajado, con otra parte de deseo, sin olvidar el aspecto social y político de mi obra.