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Casado: en el centro y a la derecha otra vez

SPC-Agencias
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El popular trabaja para conquistar a los conservadores que se fueron a Vox y atraer al tiempo a los progresistas decepcionados con el PSOE

Casado: en el centro y a la derecha otra vez - Foto: DAVID MUDARRA

Con la travesía por el desierto que supuso perder el Gobierno a través de una moción de censura y el posterior terremoto interno en el partido ya superada, el PP de Pablo Casado se marca ahora el reto de armar una mayoría para gobernar en solitario con acuerdos puntuales a derecha y a izquierda. O, lo que es lo mismo, alcanzar una posición en la que ni Vox esté en condiciones de exigir nada, ni Pedro Sánchez pueda lograr de nuevo un pacto a varias bandas para mantenerse en Moncloa.

La estrategia del líder conservador para conseguir su objetivo es clara: recuperar a los que se fueron -principalmente al partido de Abascal- y atraer votos prestados de la socialdemocracia, es decir, de aquellos confiaron en Ciudadanos o, sobre todo, de los que apostaron por el PSOE y están decepcionados por, entre otras cuestiones, los pactos con el independentismo catalán o con EH Bildu y las cesiones a Unidas Podemos. Para convencer a ambos lados, el palentino apela al voto útil y promete una «revolución de las promesas cumplidas», con las autonomías donde el PP gobierna como vanguardia. Un mensaje a dos bandas que entraña una complejidad evidente, que se suele ilustrar con el dilema de la manta corta, donde hay que elegir entre taparse la cabeza o los pies, porque las dos opciones al mismo tiempo son imposibles.

Casado cree, sin embargo, que ese dilema tiene solución, porque hay ideas que movilizan a ambos lados del arco parlamentario, como la unidad de España o la prisión permanente revisable. También la gestión ante la crisis, donde el PP se ofrece como solución a una «España quebrada». Además, ha buscado plantear una batalla cultural con políticas «en positivo» y por ejemplo habla de cultura de la vida, pero defendiendo las ayudas a la maternidad para evitar oponerse frontalmente al aborto, como si hace, por ejemplo, Vox.

Pero en su discurso, que pretende ser de centro fuerte, conviven mensajes contradictorios por esa necesidad de captar a un amplio espectro ideológico. Incluye alusiones al control de la inmigración ilegal, pero después defiende el estado autonómico -una de cal y otra de arena para quienes abandonaron Génova para irse al partido de Santiago Abascal- o propugna una liberalización del suelo y una baja fiscalidad, que no casa históricamente con los intereses socialdemócratas.

Ante estas contradicciones, Casado defiende que sus ideas caben bajo un mismo paraguas, el del, lo que él llama, «constitucionalismo militante» y en la propuesta de un nuevo contrato social, que adquiere ecos reconstituyentes cuando lo compara con 1977. Un objetivo más que ambicioso para el que le tienen que salir los números en el Congreso, fragmentadísimo tras las últimas citas con las urnas.

El modelo de Madrid

En la cuestión de los dígitos el modelo es Madrid. Concretamente, la victoria que Isabel Díaz Ayuso logró el pasado 4 de mayo: más diputados que el conjunto de la izquierda, con Vox obligado a apoyar al PP para frenar políticas contrarias a su ideología. Aunque también alude Casado a la legislatura en minoría en la que Rajoy necesitó del apoyo del PNV y de la abstención del PSOE -salida de Pedro Sánchez mediante- para gobernar. Sin embargo, ni España es Madrid, ni 2021, y mucho menos 2023, es 2016. En Madrid hay dos bandos, izquierda y derecha; en el Congreso también cuentan -y mucho por la Ley D'Hont- nacionalistas e independentistas. Cuando el PNV se alineó con Rajoy, Vox, que repele al resto de partidos, no tenía representación parlamentaria. Y cuando el PSOE sacrificó a su líder para pasar del «no es no» a la abstención, Sánchez no había tocado el poder.

Además, el líder popular da por hecho que Vox se conformará, como hasta ahora, con ser un socio externo del Gobierno, pero su líder, Santiago Abascal, ha endurecido sus mensajes contra el presidente del PP, al que ha tachado de «burdo relevo» del PSOE, más allá de vaticinar que nunca llegará a liderar ningún Gobierno.

Ante estas críticas, desde Génova se limitan a señalar que la formación derechista no es su adversario, y a seguir en la táctica de no confrontar con Abascal. Y es que, de cumplirse las encuestas, que auguran un empate técnico entre populares y socialistas, Vox podría tener la llave entre un Gobierno del PP o la repetición electoral, máxime cuando tanto los dos partidos mayoritarios han hecho bandera de su rechazo a una gran coalición.

Es este contexto de polarización donde Casado pretende hablar a izquierda y a derecha y que en ambos espacios entiendan su mensaje, sin parecer perdido ni contradictorio. Por delante le quedan dos años para comprobar si es posible.