'Jitanjáforas', un "divertimento" de espíritu infantil

C. Combarros (Ical)
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El poeta vallisoletano publica con Tansonville su primer volumen en tres años, donde reúne cuarenta "cancioncillas para rifar", que "pueden leerse y jugarse de múltiples maneras"

El poeta vallisoletano Eduardo Fraile publica ‘Jitanjáforas’. - Foto: Ical

Han pasado tres años desde que el poeta vallisoletano Eduardo Fraile cerrase con ‘Perlas ensangrentadas’ (2017) la serie de siete volúmenes que había iniciado una década antes con ‘Quién mató a Kennedy y por qué’ (2007), un proyecto donde lanzaba un guiño cómplice a ‘En busca del tiempo perdido’ de Proust, y que desde su yo actual le permitió viajar en el tiempo hasta reencontrarse con “otros yoes de la niñez, de la infancia y de la primera adolescencia”. 
Ahora acaba de romper su silencio creativo, y lo ha hecho con un libro “insólito” en su trayectoria, concebido principalmente para un público infantil pero igualmente disfrutable por los adultos. Se trata de ‘Jitanjáforas’ (Tansonville, 16 euros), un “divertimento” hermosamente ilustrado por Mercedes Parada Deu, que ha creado catorce dibujos más la portada para dar vida y color a los textos de Eduardo, quien reúne en el volumen cuarenta “cancioncillas para rifar” que, según explica en declaraciones a Ical, “pueden leerse y jugarse de muchas maneras y con distintos ritmos”.
Fraile recuerda que la palabra jitanjáfora es un vocablo “mágico” que inventó el poeta cubano modernista Mariano Brull “en la época de las vanguardias en el arte y la literatura, cuando todos los juegos experimentales con el lenguaje alcanzaban su máxima expresión”. Sería el crítico mexicano Alfonso Reyes, amigo de Brull, quien elegiría esa palabra para denominar, en adelante, a los poemas fonéticos y a todos los juegos con el sonido de las palabras de que se sirve a veces no solo la poesía, sino también el lenguaje común. En él se englobarían términos como una-dole-tele-catole, chiripitifláutico o supercalifragilísticoespialidoso que “no son solo sonido, no son solo guturalidad, sino que significan, vaya si lo hacen, en su contexto y en nuestra imaginación”, recalca el autor.
Un recurso muy especial
Fraile explica que desde bien pronto siente una veneración especial por las jitanjáforas, un recurso que ha utilizado desde sus primeros poemas, y sobre el cual hizo su tesis doctoral uno de sus compañeros en el Colegio de La Salle, Luis Javier Eguren. “Siempre me han interesado las vanguardias y todas las experiencias de la poesía fonética, visual y experimental. Ahí está además el capítulo 68 de la ‘Rayuela’ de Cortázar, que es en sí una jitanjáfora todo él con su uso del glíglico, o sin irnos tan lejos la obra de mi querido y admirado Francisco Pino, que en ‘Antislamos’ escribió toda una parte del libro como una jitanjáfora pura, en un lenguaje desconocido y sin significado, que intenta imitar los sonidos, resoplidos o ronquidos de alguien que se ha quedado dormido al lado del río”, señala. 
En su opinión, la jitanjáfora no es sino uno más de los recursos del lenguaje en su búsqueda perpetua de nuevos medios de expresarse a sí mismo con la mayor claridad y fuerza posible. Como explica en el prólogo de la publicación que estos días está llegando a las librerías, sus jitanjáforas no son puras, ya que se pueden comprender por todo el mundo, “y más por los niños, a quienes va dirigido el libro”, aunque sí conservan su cualidad de contar solo con significante, apostando por la fonética y la rítmica.
El proyecto, según explica, surgió en la Navidad de hace tres años, cuando para acompañar un regalo a una niña creó una pequeña cancioncilla de rifar en corro. “Al día siguiente la musiquilla seguía en mi cabeza y al despertar cogí mi cuaderno de bitácora, donde suelo anotar mis bocetos, y escribí dos o tres más, hasta que con el paso del tiempo me encontré con material que podía convertirse en un libro. Pensé que si yo me lo había pasado tan bien escribiéndolo también podría tener posibilidades ante un público, y por eso ahora he hecho una selección de cuarenta de las 120 jitanjáforas que he escrito. Se trata de un libro que no va dirigido exclusivamente a un público infantil, pero los niños se lo pueden pasar muy bien con él y los mayores también”, relata.
Parte decisiva del resultado final de la publicación son las delicadas ilustraciones creadas ex profeso por la también vallisoletana Mercedes Parada Deu, que en 2012 ya escribió e ilustró la entrega decimocuarta de la colección principal de Tansonville, ‘El amor es y 12 poemas rezagados’. “Este tipo de libros no se puede publicar a palo seco, con el texto sin más, si quieres llegar a un público infantil. Además, por la propia esencia de la jitanjáfora y del poema infantil y fonético necesitas un apoyo o acompañamiento ilustrativo; la verdad es que en Tansonville he podido contar con dibujantes maravillosos, desde Pepe Rodríguez a África Bayón (Bulgarcita) o la propia Mercedes, cuya aportación en este libro es fundamental”.
En su opinión, los dibujos que ella ha creado con pinturas Alpino como las que se usaban en el colegio se adaptan como un guante a los textos, ya que aportan una “finura, delicadeza y ‘pequeñez’” que ofrecen al lector un resultado “muy sencillo pero a la vez muy expresivo”. 
Próximo proyecto
Mientras ‘Jitanjáforas’ acaba de llegar a las librerías, Eduardo Fraile ya tiene prácticamente cerrado el que será su próximo proyecto, un poemario titulado ‘La invención de la rueda’ que podría ver la luz a finales de año, o quizá ya a comienzos de 2021, en una editorial aún por concretar. 
Aunque se tratará de un libro autónomo respecto a su serie proustiana, puesto que es “arquitectónicamente diferente” ya que en él maneja “estructuras distintas y poemas más largos”, Fraile sí reconoce que la voz narrativa que destiló en esa serie, con un tono “confidencial”, va a ser en adelante su voz, “hasta donde tenga que hablar”. 
En esa próxima entrega plasmará unos versos que explican bien cómo el tributo permanente a la infancia es uno de los ejes que recorren su poesía. ‘La invención de la rueda’ recogerá tres poemas titulados ‘Las ferias’ 1, 2 y 3, donde recuerda el niño que él era cuando las ferias de Valladolid estaban en los jardines de la Rubia. “Nuestras madres nos llevaban a los tiovivos y los caballitos a comienzos de septiembre, con toda la angustia que nos invadía después de haber vuelto al colegio tras el verano, dejando en el pueblo todos nuestros juegos y nuestro paraíso terrenal”, resume. En ese contexto, uno de esos poemas concluye diciendo: “Ser niño es algo tan difícil que todos nos damos por vencidos antes o después. Los últimos son los poetas”.