Wang Quan'an traza un poema visual sobre el ciclo de la vida

C.C.P. (Ical)
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El paso del tiempo y la comunión entre ser humano y naturaleza presiden 'Öndög', un film esteticista que fue recibido con aplausos en el festival

Wang Quan’an traza un poema visual sobre el ciclo de la vida - Foto: FILIP SINGER/EPA EFE/REX/Shutterstock

La tercera jornada de la 64 Semana Internacional de Cine de Valladolid arrancó con el estreno en España de ‘Öndög’, el séptimo largometraje del cineasta chino Wang Quan’an, integrante de la Sexta Generación y premiado en el Festival de Berlín con todos sus anteriores trabajos. Su nuevo film, aplaudido en su estreno, se aleja de los planteamientos narrativos tradicionales de introducción, nudo y desenlace, para ofrecer al espectador un poema visual sobre el ciclo de la vida, que invita a reflexionar sobre la comunión entre el ser humano y la naturaleza.

Para hacerlo, parte de una premisa de ‘noir’ con el descubrimiento fortuito del cadáver de una mujer asesinada en plena estepa de Mongolia. Al remoto lugar llega un grupo de policías tras recibir la alerta y el más novato del grupo queda abandonado a su suerte para custodiar el cuerpo durante la gélida noche, con la misión de evitar que los lobos se lleven a la víctima.

Sin embargo no será la investigación ni la resolución del caso lo que centre la atención del film, sino la irrupción de una solitaria mujer, el único ser vivo en cien kilómetros a la redonda, y las dinámicas que se establecen entre los dos personajes centrales. Es más, cuando parece que la película se detendrá en prestar atención a la relación entre ambos, el guion se bifurca abriendo entre los dos sendos caminos divergentes hacia el incierto futuro que les aguarda.  

Con un ritmo pausado, contemplativo y que deja respirar a los personajes (apoyado incluso en ocasiones por el empleo de ralentís) y una fotografía espectacular (donde la cámara capta al estilo de los impresionistas paisajes imposibles en los que el ser humano apenas es una brizna perdida entre el viento), la película refleja una sensación casi onírica del paso del tiempo y está envuelta en un halo de misterio que la cubre de principio a fin. 

No en vano, en una de las primeras y escasas líneas de diálogo aparece una sentencia que deja bien a las claras las intenciones del cineasta: “Lo que percibe el ojo humano no siempre es real”. La vida, el amor, la soledad y la muerte son los grandes temas que aborda el film, desarrollado sin guion previo y con el reto de captar la esencia del país donde transcurre.

Traducida al castellano con el título ‘El huevo del dinosaurio’ (öndög es huevo en mongol, y dinosaurio el apodo de la mujer protagonista), los planos de la película están cuidados al detalle con composiciones desequilibradas, donde el cielo parece por momentos asfixiar la vida en la tierra, y donde los cuatro elementos son los auténticos protagonistas del film. 

“He escrito el guion de todas mis películas, pero esta vez no había guion. En Mongolia, lo que vi superaba con creces el ámbito del lenguaje. Cuando estuve en Mongolia tuve que adaptarme a su sentido del tiempo. Interioricé el concepto mongol del tiempo. La vida, la muerte y el amor no eran como los había percibido antes; su significado era completamente diferente”, reseña el cineasta, ausente en Valladolid, en el dossier de prensa de la película.