La torre herida por la ruina

Ernesto Escapa
-

TAMARIZ DE CAMPOS

La torre herida por la ruina

Tamariz de Campos tiene un nombre hermoso, de origen vegetal, que difícilmente se compadece con su estampa desarbolada. Apenas unos pocos tamariscos mimbreros vigilan el curso exhausto del Sequillo, que un poco más abajo pasa bajo el Canal de Campos y se dirige hacia Rioseco, donde recibe el auxilio de las aguas sobrantes de la dársena. Antes de llegar a Tamariz, el Sequillo, que nace en el sur de León, cerca de Joara, recoge las aguas estacionales de los arroyuelos que trenzan el peine del valle: el Husillejos, el de los Silos, el Gorreras, el Bernuez, el Parreras y el de las Zorras. Nombres bien expresivos, que no engañan a nadie con disimulos, como el propio Sequillo.


Desde Tamariz, que se encumbra sobre un altozano en el que descuellan la casa consistorial y la torre de San Pedro, hasta el quiebro bajo el canal, el Sequillo recibe por la derecha otro par de arroyuelos más y por su izquierda al Pozopedro, que alimenta las navillas ahora colonizadas por los pájaros. Estas charcas vecinas del canal acaban de ser bautizadas como Laguna de Tamariz y cuentan con un observatorio para disfrutar el revuelo de los patos y el picoteo de las garzas. Tanto la esclusa sexta como la séptima  del Canal de Campos están en término de Tamariz, una compartida con Belmonte y la otra con Villanueva de San Mancio. A medio camino entre ambas está el acueducto del Sequillo. Al otro lado del canal emergen los faros prodigiosos del castillo de Belmonte y de la iglesia de San Mancio.  

Las afueras de Tamariz recuestan entre lomillas y eras parceladas unos cuantos palomares. El puente que salva el Sequillo parece excesivo para tan poco cauce. Tras él emerge la silueta mellada con algunos quebrantos de Tamariz. Conviene visitar primero la ruina de la iglesia de San Juan, con su torre herida y la preciosa portada renacentista. Es cuanto queda de aquella joya. De esta iglesia convertida en escombros salió el retablo mayor para la catedral de Santander. Una mudanza urdida por el marqués de Lozoya en la que se evaporaron las estatuas barrocas de Tomás Sierra que lo poblaban, sustituidas por pastiches de un imaginero practicón. También se envió un retablo lateral a Noreña, patria asturiana de la fabada en lata, donde adorna la capilla de la Soledad. Detrás de este viaje se encontraba doña Ramona, una de las damas predilectas de El Pardo, señora del ministro Alonso Vega y bautista de las marcas lácteas Ram y Ona, proveedoras en exclusiva durante años de todos los cuarteles repartidos por la geografía española. El artesonado mudéjar troceado y la pila bautismal corrieron a engalanar residencias de postín. Recientemente se ha hablado de trasplantar también la portada renacentista superviviente de San Juan.¿Y qué recibió Tamariz a cambio? A la vista está.


Desde la desolación de San Juan asciende una calle hacia el altozano que circundan la iglesia de San Pedro, el palacio de mudéjar de la reina doña Leonor y el consistorio. La iglesia de portada románica y cuerpo mudéjar fue revestida de cemento sobre el que se pintaron ventanas simuladas y así estuvo hasta el reciente arreglo del programa Arquimilenios. Un trampantojo cruel. Hacia la cabecera de la iglesia, en la calle de la Rosa, asoma una portada de piedra con heráldica de los Manuel, señores de la fortaleza de Belmonte. Su cuidado marca la primera excepción entre tanto abandono. Pero no alberga el palacio de la reina Leonor, que estuvo en Tamariz con sus hijos en el año 1354. Tamariz había tomado partido por los infantes de Aragón frente a Pedro I de Castilla y acogió a la real familia durante una temporada. El palacio mudéjar, muy alterado por los remiendos, se encuentra frente al ayuntamiento, que es un edificio pomposo de principios del diecinueve. El rollo que había en esta plazuela también se lo llevó la trampa.

Frente a la torre de San Pedro, abre su mirador un palacio de ladrillo con escudos. Una de las sorpresas del pueblo es la escultura de don Purpurino, retirada de la plaza de Fuente Dorada de Valladolid por las burlas del público. La figura representa a un correo romano que enarbola una antorcha mientras en su mano izquierda recoge un pergamino enrollado. Formó parte de la decoración del palacio de los Villena, de donde pasó a Fuente Dorada repintada de purpurina. Viajó a Tamariz en 1953 y actualmente remata una fuente de morrillos en el corro de San Antón.


A dos kilómetros, en dirección a Villabaruz, emerge sobre un altozano la ermita del Castillo o de los Pastores, bien arreglada. Es una de las satisfacciones del viajero en Tamariz. También se han recuperado con gusto y cuidado el espacio del antiguo corralón en la cuesta del Corrillo y las fuentecillas y abrevaderos que contemplan el desfile arbolado del Canal. La transparencia de la llanura guarda sorpresas que se delatan por la sugerencia de su nombre, como este pueblo que vigila el tránsito de la ría ilustrada. En Villabaruz de Campos, la plaza se ofrece como antesala de la iglesia de Nuestra Señora de la Calle, que remonta su pórtico de ladrillo sobre ese escenario. La escalera de piedra ofrece un repecho que es como el púlpito para adoctrinar el recinto. Algunos pies del pórtico se retuercen hasta alcanzar la rosca de un imaginario caracol. El pueblo se tiende en la ladera, a orillas del Sequillo. Un edificio de la plaza conserva su portada de sillería que enmarca un alfiz decorado con bolas góticas. Se trata de un vestigio del dieciséis, cuando Villabaruz pertenecía al Almirante de Castilla. En la calle Mayor se encuentran los restos de otra portada palaciega, que la tradición atribuye al gobernador moro que bautizó al pueblo. La heráldica y su estilo renaciente contradicen la peregrina leyenda. Por San Pelayo se ejecutan las danzas de paloteo, tradicionales de este tramo del Sequillo.