El cerrojo a Occidente

M.R.Y. (SPC)
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El cerrojo a Occidente

La nación persa celebra el 40 aniversario de la Revolución Islámica, que puso fin a su dependencia de Estados Unidos y la convirtió en un actor protagonista de Oriente Próximo

En plena Guerra Fría, mientras el mundo se dividía en dos grandes bloques -el del Este, liderado por la URSS, y el del Oeste, por EEUU-, Irán decidía romper con todo y desvincularse del resto del planeta con un régimen ajeno al exterior.
El 11 de febrero de 1979 fue una fecha para la Historia. No solo de la nación persa, sino también del resto del planeta. Ese día concluyó la Revolución Islámica, la revuelta emprendida contra el sha y lo que representaba -el laicismo y la occidentalización del país, bajo la batuta de Estados Unidos y el Reino Unido-, para dar paso a un modelo de sistema político diferente a los que existían hasta entonces, independiente de las grandes potencias: comenzaba su andadura la República Islámica.
La situación que llevó a ese cambio fue el golpe de Estado militar contra el Gobierno democrático de Mohamad Mosadeq, un alzamiento orquestado de la mano de la Inteligencia británica y de la CIA estadounidense que dejó al sha Mohamed Reza Pahlavi con el poder absoluto y a la nación sumida en un descontento que se incrementó años después, cuando el mandatario emprendió una serie de reformas que solo beneficiaron a un pequeño sector de la población, la clase ligada a la autoridad.
Fue entonces cuando se comenzaron a gestar una serie de protestas lideradas por el ayatolá Jomeini, cuya detención en 1963 no hizo sino motivar un levantamiento popular aún más feroz, que fue aplacado con violencia por parte del régimen. Un año después, el clérigo fue nuevamente arrestado y enviado al exilio a Turquía, convirtiéndose en el héroe de una revolución que comenzó a tomar forma, con la intención de poner punto final a la dependencia de Irán de EEUU y el Reino Unido y liberarlo de la «tiranía y la opresión» del sha.
La presión de la calle logró acabar, en enero de 1979, por obligar al sha a huir a Egipto y, días después, Jomeini volvía a suelo persa para vivir in situ el triunfo de la revolución que ponía «fin a 2.500 años de despotismo» e instauraba la ley islámica y, con ello, una nueva república sin precedentes, determinada a detener y revertir la occidentalización de Pahlavi.
Esta victoria supuso un gran desafío para el modelo mundial, ya que la nación persa enviaba, a juicio de las grandes potencias, un mensaje de que era posible ser independiente del yugo de los grandes bloques.
Así, Teherán diseñó una nueva manera de sobrevivir, aislado del resto del mundo por las sanciones internacionales impulsadas por EEUU -que ha tratado a lo largo de estas cuatro décadas de dificultar el progreso iraní-, con una economía independiente administrada con el dinero del petróleo y con una autogestión que ha permitido un desarrollo importante en varios ámbitos. Por un lado, el nivel de pobreza ha bajado en 30 años del 46 al 8 por ciento, según el Foro Económico Mundial. Por otro, el país es pionero en equipamiento de defensa, capaz de crear drones, tanques y armamento nuclear. Y, sobre todo, se ha convertido en un referente en la región: actualmente, es clave a la hora de abordar conflictos como los de Siria, Afganistán o Yemen.
Hoy, Irán celebra eso, la revolución que cambió su papel de ser subordinado a ser protagonista. Aunque sea sorteando los obstáculos impuestos desde Washington.