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¡Cambiemos las puertas, que viene la reina!

Jesús Anta
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Estaban pensadas como parte de la verja con la que se quería cerrar el Campo Grande

Detalle de las puertas del Campo Grande. - Foto: Jonathan Tajes

Muchas vueltas han dado las puertas del Campo Grande desde que en 1849 se construyeron las primeras. Unas puertas que fueron la noble entrada a Valladolid por su principal vía de comunicación: la carretera de Madrid. Pero también de los viajeros que venían a la ciudad en ferrocarril  cuando la primera estación estaba junto al Arco de Ladrillo. 

El Campo Grande es el gran jardín de Valladolid: por su historia, flora, y construcciones ornamentales. Entre los ornamentos, el lago, la gruta con su cascada, las esculturas, pajareras y las fuentes, sin duda,  son los más conocidos. Pero, seguramente en lo que menos nos fijamos los vallisoletanos, es en las Puertas del Príncipe. Y no porque tengan interés menor, pues tienen su historia.

Tan importantes eran, que cuando se estaba pensando en erigir la fuente de la Fama en honor al alcalde Miguel Íscar, esta se puso en un lugar del Campo Grande que no estorbara al tránsito bajo las puertas, tal como relata María Antonia Virgili Blanquet en su libro ‘Desarrollo urbanístico y arquitectónico de Valladolid (1851-1936)’. En realidad estas puertas estaban pensadas como parte de la verja con la que el Ayuntamiento quería cerrar el Campo Grande. Una verja que, sin embargo, tardó mucho tiempo en construirse.

Es el caso que las puertas que ahora vemos son el resultado de varias edificaciones sucesivas a partir de 1849, y cuyo origen está en hacer una noble entrada de la carretera de Madrid, cuyo trazado en aquellos años, atravesaba el Campo Grande para unirse con la calle Santiago. Las llamaron Puertas de Madrid. Por cierto, la calle Santiago todavía conservaba su puerta en aquellos tiempos. Del Campo se llamaban.

De pobre aspecto y de materiales precarios debieron ser las primeras puertas, a todas luces indignas, tal como relata María Antonia Fernández del Hoyo en su impagable libro ‘Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid’. Así que diez años después ya se pensó en unas nuevas, sobre todo porque en julio de 1858 la Reina Isabel II, acompañada de su hijo el príncipe Alfonso, iba a visitar la ciudad. No se sabe con seguridad lo que verdaderamente estaba construido para aquella visita, pero el Ayuntamiento pasó a llamarlas Puertas del Príncipe Alfonso. Pero no debían estar verdaderamente acabadas, pues apenas se marchó el cortejo real,  el Ayuntamiento se propuso terminar aquella obra. Es el caso que entre unas administraciones y otras, se consiguió presupuesto para que en 1860 se terminaran las columnas y muretes, construidos en noble piedra, incluidos los motivos artísticos, que se encomendaron al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (el mismo que firma la escultura de Cervantes en la plaza de la Universidad, entre otras). Pero… las verjas de hierro aún tendrán que esperar unos años para estar definitivamente instaladas.

A finales de los 60 ya estaba terminada tan digna entrada a la ciudad, con sus recias columnas de piedra de Campaspero, sus enrejados y  tres puertas. En 1868, con la Revolución que destronó a Isabel II y la mandó al exilio, el municipio cambió el nombre de las puertas por el de Béjar, pero  cuando retornó la monarquía a España,  se volvió a ponerlas el nombre alfonsino.

Volvieron los leones

Las puertas terminaron por ser decorativas cuando la carretera de Madrid dejó de pasar por ellas. Un nuevo replanteamiento de la urbanización del Campo Grande llevó a que en 1895  se desplazaran unos metros y, en ese desmontar y volver a montar, se perdieron algunos de los ornamentos que las decoraban: el escudo de la ciudad, o acaso el real,  y dos leones que parece que en su día esculpió Fernández de la Oliva. La rehabilitación en 1998 de las puertas, que culminó la obra del actual enverjado que rodea todo el Campo Grande, incluyó no solo la limpieza de la blanca piedra de Campaspero, sino también la instalación de unas nuevas puertas de hierro.  Y esta obra tuvo el acierto de volver a colocar leones en las dos columnas octogonales, en una postura  que imitan los que coronan las puertas de acceso al viejo vivero municipal del paseo de Isabel la Católica. Los ha labrado al escultor vallisoletano Rodrigo de la Torre Martín-Romo, un restaurador y cantero de reconocido prestigio nacional en su gremio.