La bici, su mejor aliado

Manuel Belver
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Los dos posan con sus bicicletas en Laguna de Duero. - Foto: Borja Sánchez

Guillermo Prieto y Miguel Sáez buscan desde el ciclismo algo más que la integración • Tornado lleva una prótesis en la pierna izquierda, mientras que Sáez nació con graves problemas de audición

Guillermo Prieto y Miguel Sáez se conocían de vista. Habían coincidido alguna vez aunque no se ponían cara el uno al otro. Guillermo tiene 38 años y, aunque nació en San Sebastián, lleva más de una década en Valladolid, de donde es su mujer y su hija, Vega. Miguel nació en la capital pucelana hace 18 años, aunque vive en Laguna. A los dos les une una cosa, un deporte, un sentimiento, una pasión, una válvula de escape y una forma de integrarse, de ser uno más, de sufrir igual que el de al lado, de luchar contra el cansancio, la fatiga y los dolores. El ciclismo es su nexo de unión. Alguna vez habían coincidido en las carreteras de la provincia. Alguna vez se habían visto sobre sus máquinas. Esta vez es distinto. Se saludan más afablemente. Y hablan.

Guillermo lleva una prótesis en su pierna izquierda. En enero de 2009 tuvo un accidente en Fasa Renault, en Motores, donde él trabajaba. Era mecánico de mantenimiento, se resbaló y perdió el pie, por encima del tobillo. Miguel nació con graves problemas de audición y de fluidez para hablar. Su padre, Miguel, que está a su lado, puntualiza: «Es miope, tiene hundido un lado del cuerpo, pies planos...». El parto fue complicado, aunque siempre le han dicho que es algo genético -en su familia no hay recuerdos de estos problemas de sordera-.

Los dos aparecen con sus bicicletas, con su vehículo de apertura al mundo. El donostiarra lleva montado en una desde los 11 años, compitiendo en escuelas, juveniles y hasta categoría aficionados. Lo dejó por el trabajo, pero tras el accidente… El vallisoletano corrió una carrera por primera vez con 3. No se ha bajado desde entonces y en 2013 pasará a aficionados con el Julymar.

Vuelta, carrera, ronda, crono, rueda, manillar, sillín… lenguaje cotidiano para los dos. Deportistas los dos, que luchan contra todo y todos. Guillermo volvió a subirse a la bici tras su accidente. La prótesis le hacía heridas y llagas y le dijeron que se olvidara. Se prejubiló, pero él necesitaba un aliciente. Y lo encontró con el deporte. Desde mayo de 2010 volvió con más fuerza que nunca, aunque en julio de ese año se rompió el fémur y tuvo que parar otros seis meses. Compite como ciclista normalizado con los juveniles en el País Vasco. Quedó el 70 en la Quebrantahuesos, aunque quizá su mayor éxito haya sido el tercer puesto en el Tour de Francia adaptado. Ha sido, dentro de su grado de minusvalía (C4) sexto en el Mundial de línea y 12º en el de crono; segundo en la Bira Internacional, tercero en el Nacional de ruta o cuarto en el de pista, en persecución y en la prueba del kilómetro.

Miguel ha ganado 82 pruebas en su aún corta vida como deportista. A los 8 años empezó en la Escuela de ciclismo de Laguna. Su padre fue ciclista aficionado y desde niño mamó el amor hacia este deporte (también ha practicado baloncesto). Como cadete fue dos años campeón regional y uno subcampeón de España en ruta, además de doble campeón de Castilla y León en pista (500 metros y velocidad, en dos años). Como juvenil, subcampeón de España en pista (scratch) y campeón regional (puntuación, kilómetro y velocidad); además de dos veces subcampeón de Castilla y León en ruta, entre otros muchos éxitos. Antes de verano, se convirtió en el ciclista más joven en ganar el Campeonato de España de sordos (tanto en crono como en línea).

Los éxitos les acompañan ahora. Aunque su lucha no se queda solo en montar en bici, en competir con normalizados o en ganar pruebas. Buscan más cosas.

Tornado, que es como llaman a Miguel Prieto, añora crear un equipo ciclista. «Quiero ayudar a las máximas personas con discapacidad. Sé que en Valladolid hay otros dos chicos que andan en tándem y hand-bike», señala sobre su gran objetivo. Tiene tres pequeños esponsors que le ayudan actualmente con alguno de sus viajes, pero para crear una escuadra necesita alrededor de 15.000 o 17.000 euros: «Se requiere un vehículo, tipo furgoneta, para nuestros desplazamientos, equipaciones, inscripciones, viajes...». Su vida no ha sido fácil y por eso quiere echar un cable a los que se vean en su situación: «Lo he pasado muy mal y si puedo ayudar...».

Sáez sueña con ser profesional, pero es consciente de que aún es pronto, que tiene que ir quemando etapas: «Todavía soy pequeño». Quiere que la bici le dé una oportunidad, porque, de momento, ha visto como las trabas han sido sus fieles compañeras. En el instituto, sus padres pidieron un intérprete para el lenguaje de signos, pero no lo consiguieron. Inició un módulo (PCP) y ahora colabora como voluntario en la Federación de Castilla y León de Sordos. Si la bici le sonríe seguirá disfrutando y buscando su sueño de profesional. De momento, es su gran pasión -«además de los karts», sonríe-. Hasta ahora ha corrido en el Tinlohi, al que agradece su apoyo, al igual que el de la Fundación Municipal de Deportes: «Gracias por sus aportaciones y por hacerlo más fácil».

Ambos saben que el camino que han recorrido no ha sido fácil y que el que les espera tampoco. Miguel y Guillermo se despiden. Hace un poco de frío ya y es momento de seguir con sus quehaceres. Siempre con la bici cerca. Con un objetivo claro. Dos en este caso. Los dos con el ciclismo de fondo y forma. La bici les ha unido. Seguro que en la próxima salida, en uno de esos entrenamientos diarios de 100 kilómetros por las carreteras de Valladolid, vuelven a hablar.