Los supervivientes de la zona cero del coronavirus

A. G. Mozo
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432 sanitarios han sufrido en sus carnes al covid en Valladolid. El 80% trabaja en hospitales y un tercio de los contagiados es personal de enfermería

Susana de Pablo, Nico Hidalgo y Carlos Vaquero. - Foto: J. C. Castillo

Son una gran familia. Vestidos (según la ocasión) de blanco, verde o azul , con pijama o con bata, mejor o peor avenidos (como en cualquier familia)... pero todos han peleado codo con codo contra una pandemia que les ha convertido en el primer batallón contra ese coronavirus de nombre SARS-CoV-2; el tristemente famoso covid-19, ese que acumula miles de víctimas por todo el mundo.
Ellos, los profesionales sanitarios, han estado al frente de una guerra a la que ninguno dudó en alistarse, a pesar de que durante semanas no contaron con las mejores armas y tuvieron que suplir esa carencia de material con horas de trabajo y denodada entrega, llevando a más personas de la cuenta al contagio y a convertirse hoy, ya sin estado de alarma y aparentemente cerrada la fase de transmisión comunitaria, en unos supervivientes de una crisis sanitaria que se vivió fundamentalmente en los hospitales, la zona cero; entre trajes EPI, dobles mascarillas y gafas, con las plantas llenas de casos, con el desolador goteo de fallecidos... Allí fue donde se contagiaron Nicolás, Susana, el profesor Carlos Vaquero... y otros trescientos y pico.
Las cifras de esta pandemia les sitúa detrás de las vidas de más de dos mil pacientes con covid-19. Sí, casi 400 fallecieron en un hospital, pero a más de 1.800 les pudieron dar el alta. Una familia que no solo tuvo que convivir con decenas de casos ‘anónimos’, sino también con muchos de conocidos.
Los últimos datos difundidos por la Consejería de Sanidad en lo que respecta a Valladolid hablan ya de 432 afectados hasta el momento. En concreto, de los profesionales contagiados, más de un tercio, 158, son enfermeros, por los 101 médicos, 73 auxiliares, 27 celadores, 24 integrantes de los equipos en formación, 23 administrativos y diez técnicos (y 16 de otros grupos).
En este tiempo, se han efectuado tres mil pruebas PCR a sanitarios, las últimas en el marco del estudio de contactos impulsado por el brote de contagios detectado el pasado día 16 de junio en una planta ‘no covid’ del Río Hortega, en una paciente asintomática y con reiteradas PCR negativas, y que se ha extendido hasta 21 personas, catorce de ellos trabajadores sanitarios.
Un ejemplo más del riesgo en los hospitales. El grueso de los sanitarios contagiados de covid-19 durante esta pandemia trabajaba en los hospitales, en áreas de Especializada: 348 (el 80%). La lista de afectados se completa con 55 casos de Atención Primaria, los 26 de Emergencias y tres de los Servicios Centrales. 
Nico Hidalgo, intensivista de la UVI del Hospital Clínico, ha sido el paradigma de todo esto. Sufrió un contagio trabajando y tuvo que ser ingresado en su unidad e intubado. Durante dos meses peleó por una vida que se tambaleó durante no pocas veces. Ahora trata de hacer una lectura positiva porque «pese a haber sufrido muchísimo» cree que ahora sabe lo que se siente «al otro lado»: «Ahora soy más empático, mucho más sensible y comprensivo con el paciente».
En este sentido, recuerda a esos ingresados que no podían recibir visitas, «con la terrible sensación de miedo»: «Aún recuerdo cómo metían en esas bolsas negras a los pacientes que fallecían en la UVI y que yo podría haber sido uno de ellos, uno de esos números que dan en las noticias; al final eres solo un número...», reflexiona. «Me daba rabia e indignación que fuese una buena noticia que bajara la cifra de fallecidos. Es que si no lo vives no sabes lo que es», concluye.
El profesor Carlos Vaquero, jefe de Cirugía Vascular del Clínico, fue otro de los médicos que tuvo que ser ingresado con una neumonía. «Yo tenía la percepción de que me iba a morir. Fueron 16 días... y 16 noches, que hay que pasarlas. Esto hay que vivirlo, mucho más siendo médico porque sabes lo que hay y uno no tenía muy claro si lo iba a superar».
El contagio de Susana de Pablo fue más leve. Ella es la enfermera-coordinadora de  Trasplantes del Clínico pero lo sufrió al volver a esa UVI en la que se había pasado 18 años para arrimar el hombro: «Allí situación era muy compleja, había bastante gente nueva y muchos de los experimentados estaban ya de baja», recuerda. «Yo iba a ayudar en lo que pudiese, a echar un cable a nivel formativo con la gente nueva; la UVI no es una zona cualquiera».