Los protectores de las células

Óscar Fraile
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Bioforge trabaja en la incorporación de tecnología biológica en la creación de materiales que se utilizan en sistemas terapéuticos. - Foto: J.TAJES

El Grupo de Materiales Avanzados y Nanobiotecnología (Bioforge) de la UVa trabaja en crear un entorno adecuado para que las células implantadas cumplan su función

Uno de los momentos más delicados en todas las terapias celulares es la introducción de estas unidades elementales en el organismo. Pues bien, una de las funciones del Grupo de Materiales Avanzados y Biotecnología (Bioforge) de la Universidad de Valladolid (UVa) es crear un ‘hábitat’ para que esas células sobrevivan y no detecten que están en un entorno extraño. Y eso se hace mediante la incorporación de tecnología biológica a la generación de materiales que posteriormente se utilizan para crear sistemas terapéuticos para medicina regenerativa y otras funciones. «Tratamos de que las células sobrevivan en el periodo de postimplantación, que es el más crítico, tenemos que diseñar material para encapsularlas, envolverlas, protegerlas y localizarlas para que no se muevan del lugar en el que son necesarias y realicen su función», señala el responsable de este grupo, José Carlos Rodríguez-Cabello.


Estas investigaciones han derivado en importantes aplicaciones prácticas. Por ejemplo, en la regeneración de huesos cuando se producen grandes fracturas o hay un tumor y se tiene que eliminar una gran parte de la masa ósea. Lo mismo que sucede con los músculos, tendones o ligamentos. Otro área de trabajo importante es el tratamiento cardiovascular. Concretamente, la creación de válvulas que contienen células en su interior y sustituyen a una que ha dejado de funcionar bien. De hecho, Bioforge está trabajando en la creación de válvulas con materiales similares a los biológicos que incorporan células capaces de integrarse en el corazón y crecer con el paciente. ¿Para qué sirve esto? Por ejemplo, cuando hay que implantar una válvula de este tipo a un bebé, el niño está ‘condenado’ a someterse a varias cirugías con el paso de los años porque el cuerpo crece y la válvula no, y hay que cambiarla. Pues bien, este nuevo sistema evitaría esas visitas al quirófano. Bioforge también trabaja en regeneración de tejido muscular cardiaco en infartados, así como en procesos isquémicos en los que el tejido muere por falta de riego sanguíneo.

 

Aparte de la elasticidad, transparencia, dureza, etcétera, estos materiales tienen otras propiedades biológicas que incorpora Bioforge en base al conocimiento del comportamiento de las moléculas. Con ello consiguen, por ejemplo, generar vasos sanguíneos en la zona donde se implantan o inducir a las células a diferenciarse entre ellas.

 

Para alcanzar estos objetivos hay que formar un equipo multidisciplinar en el que se integren físicos, químicos, ingenieros y biólogos. La suma de conocimientos en todos estos campos es fundamental para alcanzar objetivos tan ambiciosos. La plantilla de Bioforge está formada actualmente por unas 35 personas.

 

Bioforge suele coger el testigo de otros grupos de investigación que se dedican a la generación de células. Pero el proceso hasta que los pacientes se benefician de estas investigaciones es muy largo. Sin ir más lejos, pueden pasar cinco años desde que se empieza a estudiar un material hasta que se demuestra su eficiencia en un modelo animal simplificado. Es lo que se conoce como una prueba de concepto. Pero después se tiene que iniciar todo el desarrollo preclínico y clínico, es decir, el camino que lleva a esa prueba a convertirse en un producto médico. En ese punto pierde protagonismo la investigación científica en favor de los ensayos y demostraciones. El proceso completo puede tardar más de 20 años.
 

Patentes. Evidentemente, toda esa generación de conocimiento se protege con patentes. Bioforge registra «una o dos» al año que están en explotación, es decir, que acaban transferidas a una empresa. «Hay que ser cauto con eso, porque mantener una patente es extraordinariamente caro», apunta el director de Bioforge. Unos gastos que van aumentando a medida que esa patente va del ámbito nacional al internacional. Y, además, hay que tener en cuenta que no genera ingresos en la etapa inicial de desarrollo.

 

Ese control financiero es fundamental porque investigar es muy caro. Estos proyectos se financian por dos vías. La primera es a través de fondos públicos. Sobre todo europeos, aunque también nacionales y regionales. La segunda, con de la iniciativa privada. La UVa también aporta fondos destinados, sobre todo, a gastos de funcionamiento.

 

Bioforge acaba de instalarse en el edificio LUCIA del campus Miguel Delibes después de una larga mudanza que acabó en Semana Santa. «Es un edificio fantástico por su arquitectura sostenible y por el aprovechamiento de la energía y la luz natural», dice Rodríguez-Cabello. Además, es mucho más amplio y operativo que el anterior Edificio I+D, también en ese campus, donde antes estaba Bioforge.