Personajes con historia - Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz


La poeta hispano-mexicana que se hizo monja por escapar de la tiranía de los hombres

Antonio Pérez Henares - 17/05/2021

Conocí a sor Juana Inés de la Cruz en el año 2004, mi última ruta Quetzal, y he de reconocer que fue ver su retrato y caer de inmediato enamorado. La monja, conocida como la Décima Musa, maravillosa poeta, reconocida como cumbre de la lírica hispano-mexicana, fue sin duda una mujer bellísima. Pero además había algo en aquella hacienda de Nepantla donde nació y en aquel convento de San Vicente de Chimalhuacán donde fue bautizada, que me cautivaron y que guardo para siempre en mi recuerdo.

Nepantla es un hermoso pueblo mexicano cuajado de flores y bien cuidado por sus gentes. Las esquinas de sus calles están adornadas con azulejos que reproducen a su hija más querida. Porque en Nepantla quieren mucho a sor Juana Inés, símbolo de la poesía mexicana y también precursora de la revolución feminista.

El personaje es cautivador. Era hija de una criolla, Isabel Ramírez, nieta de un gaditano de Sanlúcar de Barrameda, su querido abuelo Pedro, allí establecido en una hacienda arrendada a la orden dominica. Su padre era un capitán, Pedro Manuel de Asbaje, también español de origen y en su caso de nacimiento, que no se desposó con su madre, aunque no solo tuvo con ella esta hija sino algunas más, la laxitud de costumbres en el Virreinato era notoria, y acabara por desaparecer de sus vidas. Juana fue bautizada como Hija de la Iglesia según figura en su partida de nacimiento en la citada iglesia de San Vicente de Chimalhuacán donde fue bautizada el 2 de diciembre de 1648.

En la hacienda de su abuelo Pedro Ramírez, donde se crio de niña, ya fueron notorias sus muchas luces. Aprendió a leer a los tres años, hablaba el náhuatl, aprendido de sus amigos los niños indígenas, con la misma soltura que el castellano. Escritora precoz, no tardó en ser conocida y ver publicadas sus primeras obritas. Esto la llevó a México y allí tras una evaluación de sus escritos y actitudes, que superó con creces, tuvo entrada en el palacio del virrey, Antonio Sebastián de Toledo, marques de Mancera, como dama de compañía de su joven esposa, Leonor Carreto, de origen germánico, toda una belleza rubia, aficionada al lujo, las fiestas y la literatura. La amistad entre ambas se hizo pronto muy estrecha.

Juana Inés vivió aquellos años una vida mundana y exquisita en la que no faltaron los galanes ni los galanteos Y los desengaños, que quedaron perfectamente reflejados en sus versos: acuérdate, caballero,/ de tus nobles juramentos/ que lo que juró tu boca/ no lo desmientan tus hechos.

Sus hermosos sonetos reflejan a la perfección sus incidentes amorosos. En ellos se muestra enamorada y no correspondida y reflexiona sobre la contradicción en la que se ve presa, entre dos pretendientes, uno, al que llama Fabio, que no la quiere, mientras que el otro, Silvio, a quien desdeña, la requiebra. Por quien no me apetece ingrato/ lloro/ y al que me llora tierno, no apetezco. Se sincera en un poema y casi calca en otro Constante adoro a quien mi amor maltrata/ maltrato a quien mi amor busca constante. Y concluye Pues ambos atormentan mi sentido/ aqueste por pedirlo que no tengo/ y aquel con no tener lo que le pido.

La cosa acabó ciertamente mal para ella. Harta de que el tal Fabio no le hiciera caso, se dejó querer por el tal Silvio, pero una vez seducida, fue peor aún que con el otro y en versos en verdad resentidos lo califica de vil y mortífero veneno y se desprecia a sí mismo por haberlo amado: Pues cuando considero lo que hice/ no solo a ti, corrida, te aborrezco/ pero a mi por el tiempo que te quise.

O sea que Juana Inés salió escaldada, y para siempre, de los hombres. Tanto es así que a partir de entonces, descargó sobre sus engaños, embustes, falacias, dobles raseros y el trato que a la mujer dan y exigen de ella según su conveniencia. De ello brotaron sus versos quizás más conocidos y que son, con razón, un atinado y certero alegato feminista cuando el término ni siquiera estaba inventado. Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis, y que remata: Queredlas cual las hacéis/ o hacedlas cual las buscáis.

Decepciones amorosas

Estos desengaños fueron sin duda uno de los detonantes de su decisión de coger los hábitos, y rebelarse en cierta forma contra la tiranía masculina a lo que contribuía el que las normas de la época no le permitieran dar cauce a sus ansias de conocimiento y de poder acudir a la Universidad, exclusiva para varones y a la cual llegó a asistir disfrazada de hombre. Todo ello la llevo a rechazar cualquier proposición matrimonial y a buscar en el convento lo que no podía encontrar fuera y así, tras un primer intento con las carmelitas, cuyos rigores no le convencieron, profesó en el convento jerónimo de la capital mexicana donde sus normas le permitían leer, estudiar, escribir, celebrar tertulia y recibir visitas, disponiendo de una celda de dos pisos y sirvientas. Allí ingresó en 1666, cumplidos los 18 años y aquel sería ya su hogar de por vida.

Tomar los hábitos tal vez fuera su particular manera, en cierto modo la única posible en aquel tiempo, de rebelarse contra esa tiranía masculina. Algo muy chocante para quien vivía y disfrutaba del palacio virreinal, rodeada de admiradores y lujo. Y poseedora de una singular belleza, pues era y los retratos lo atestiguan de una hermosura extraordinaria. Los hábitos de monja resaltan incluso más el perfecto óvalo de su cara, sus grandes ojos y su limpia e intensa expresión. Diré más, los jóvenes expedicionarios de la Ruta Quetzal de 2004, al contemplar observar un cuadro con su imagen, en el museo de Nepantla, tras haber escuchado una breve conferencia sobre ella que me tocó impartirles, exclamaron: «¡Pero como se metió monja, si estaba buenísima!» Pues quizás por ello.

En el convento aprendió con enorme celeridad, se cuenta que en menos de 30 clases aprendió latín y se consagró al estudio y a la escritura, siendo cada vez más apreciada por ella. Era visitada con frecuencia por su amiga la virreina hasta que la desgracia se abatió sobre ella. Primero al ser cesado su esposo en el cargo y a nada al morir ella, Leonor, en el viaje cuando iba hacia Veracruz para emprender viaje de vuelta a España. Sor Juana Inés de la Cruz la despidió con un hermoso soneto De la beldad de Laura (seudónimo suyo) enamorados.

Su celebridad no dejaba de ir en ascenso y siguió siendo recibida en el palacio virreinal cuando a él llegó un clérigo, fray Payo Enríquez de Rivera, primo de los duques de Medinaceli y luego arzobispo de México, quien brindó nada más llegar su protección. Pero su estrella ascendería a la cúspide con sus sucesores en el Virreinato de Nueva España, con la llegada de un primo del arzobispo, Tomas Antonio de la Cerda, otro Medinaceli, hermano del duque y marqués de la Laguna. El nuevo virrey era joven, 42 años, y todavía lo era más su esposa, la condesa de Paredes, María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, de 31 años.

El encuentro entre ambas marcaría el futuro de la monja. Fue su amiga íntima, su gran confidente y a la luz de sus versos, el verdadero y gran amor de su vida. Que no se oculta aunque tiene sus límites. Para sor Juana Inés y para su adorada Lysi el sexo ni siquiera aparece como posibilidad en su mutua devoción que queda explícitamente reflejada en estos versos: Ser mujer, ni estar ausente/ no es de amarte impedimento/ pues sabes tú, que las almas/ distancia ignoran y seso/ reina de las flores eres/ pues el verano mendiga/ los claveles de tus labios/ las rosas de tus mejillas.

Una maravillosa declaración de amor que además, sexo aparte, era plenamente correspondido. Muy libre y avanzadas ambas, y no digamos la monja, para sus tiempos. Pero no fue por ello por lo que la Iglesia comenzó a preocuparse y poner coto a sus expansiones sino por su libertad de pensamiento al tratar asuntos religiosos y sociales y entrar en polémica con algunos predicadores jesuitas. Comenzó un largo tira de afloja entre ambas partes, pero hasta el nuevo obispo se refrenaba en ir más lejos de alguna advertencia y la propia Inquisición se andaba con tiento, pues no era muy prudente meterse con la amiga de la virreina.

Todo siguió más o menos tranquilo hasta que llegó el día, en 1686, en que los virreyes regresaron a España. Lysi llevaba con ella una selecta pero abundante recopilación manuscrita de la obra de su amiga y una vez en la Corte procedió a publicar sus poemas en un libro. Fue un éxito inmediato. Tanto en España como en México. La fama de sor Juana Inés, aclamada no solo en los salones de la corte y la nobleza sino también por los más ilustres literatos del momento ascendió a su cénit. Y allí encontró su fin y su silencio.

Fue aquella enorme notoriedad la que acabó por romper el equilibrio con la jerarquía eclesiástica. Ahora, sin el apoyo virreinal, comenzó el asedio contra ella. Hubo amenaza de procesamiento por sus ideas y sus escritos. Particularmente por su texto La Carta Atenagórica en el que criticaba un sermón del jesuita Antonio Vieira que montó en cólera por ello. Él la exhortó por escrito recomendándole que como monja debía dejar las humanas letras y dedicarse de pleno a las divinas. Ella replicó con una encendida defensa de su obra intelectual y del derecho de la mujer a la educación. Finalmente fue obligada a allanarse en la disputa y hacer penitencia asumiendo por escrito ser «yo, la peor del mundo».

 

Ostracismo literario

Finalmente, y sorprendentemente sin excesiva batalla por su parte, la monja aceptó un pacto: ser dejada en paz en su retiro a cambio de avenirme al ostracismo literario. No escribiría más. Su voz calló, y lo hizo para siempre. Y también se silenció su obra. Sor Juana Inés lo cumpliría hasta su muerte aunque persistirá sin embargo cierto acoso intentando hacerle desprenderse de su biblioteca cosa que no consiguieron. En sus últimos años de vida hay noticia de su cercanía a los más necesitados y en su muerte, acaecida en 1695 a causa de una epidemia terrible que se desató en la ciudad de México, ella no quiso dejar el cuidado de sus hermanas enfermas de la peste y acabó pereciendo a su lado. Tenía tan solo 46 años.

Fue enterrada con solemnidad en el coro bajo del convento, con presencia del cabildo de la Catedral y el propio arzobispo, al que dejó sus imágenes mientras que 180 volúmenes de obras selectas y muebles quedaron para su familia. El recuerdo de su silenciada obra se fue perdiendo, hasta los inicios del siglo XX donde se produjo su redescubrimiento y los más reputados intelectuales mexicanos se lanzaron a su rescate. El gran escritor Octavio Paz fue uno de ellos y autor de estudios biográficos y literarios sobre su persona. Todo ello la convirtió en un referente de la lírica y de la cultura del actual México. En un símbolo. La aparición en 1978 de la lápida con su nombre y sus supuestos restos se convirtió en un acontecimiento nacional.

No llegué a visitar su convento, pero sí fui a rendirle homenaje, amén de a su lugar de nacimiento, a la iglesia de San Vicente de Chimalhuacán, donde fue bautizada. Es un hermoso templo de piedra rojiza. La pila bautismal es de gran belleza y el recinto goza de esa luminosidad y alegría propia de los lugares de culto mexicanos. Fuera del escenario, el viejo recinto monacal, tiene un halo romántico con un patio presidido por grandes árboles, senderos y paseos invadidos por las hierbas y con sepulturas y arquetas labradas al aire, colonizadas por el musgo.