Toda una vida en el tapiz

M.B
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La vallisoletana Ana María Pelaz fue olímpica en Pekín 2008 con la selección española de gimnasia rítmica. Lo dejó en 2009 y desde 2014 es la entrenadora del equipo nacional júnior

Toda una vida en el tapiz

Valladolid ha tenido y tiene cantera en la gimnasia rítmica. De aquí han salido Silvia Yustos (bronce en el Mundial de Sarajevo de 1989) o Débora Alonso (campeona del mundo en modalidad de conjuntos en Atenas 1991), y se crió y creció Alba Caride (olímpica en Atlanta 1996). La última de esta hornada es hoy entrenadora del equipo nacional júnior. Ana María Pelaz fue internacional en la modalidad de conjuntos, siendo olímpica en Pekín 2008 y obteniendo varias medallas en diferentes Copas del Mundo.
Nació en Laguna de Duero el 24 de septiembre de 1987. Comenzó en el mundo de la gimnasia con 6 años: «Empecé haciendo una actividad extraescolar. Me apunté a gimnasia porque estaban todas mis amigas y lo hicimos en las Escuelas Municipales de Laguna. A algunas nos vieron que podíamos tener cualidades y nos invitaron entrenar en el centro de Tecnificación de Valladolid».
Así, con 7 años comenzó a trabajar bajo la batuta de Silvia Yustos. «Primero empecé yendo 2-3 horas tres días a la semana; luego me empezaron a decir que fuese más, hasta ir 4 horas cinco días a la semana», recuerda. Del Centro pasó a un club nuevo por entonces, el Pincias, hasta que en 2002 le llegó la ‘llamada’: «Ya había ido a algunas concentraciones con el equipo nacional júnior. Pero entonces me llamaron de la sénior y en septiembre de ese año me seleccionaron para entrar en el equipo nacional en conjunto». Asegura que no fue duro, salvo el verse lejos de su familia; pero el estar con otras compañeras en las mismas circunstancias, le ayudó: «Entrenas 8 horas, estudias y no tienes a tu familia, es lo que más cuesta, echas de menos a tu familia. Pero como todas las compañeras estábamos igual, tu familia pasan a ser ellas». 
Por entonces, la rítmica era un hobby. Y así siguió tomándoselo: «Hay que dedicarle muchas horas. Pero no es un deporte como el fútbol u otros. Cuando te llama el equipo nacional empiezas a planteártelo de otra manera. Pero llegas muy joven y sigue siendo el deporte que te gusta, sin pensar más. Poco a poco vas tomando consciencia de que puedes dedicarte a él».
Y así en 2002 entró como reserva en el equipo nacional. No vivía directamente en la Blume sino en un piso tutelado cerca del Centro de Alto Rendimiento. Aguantó horas, entrenamientos y tiempo. Fue a Atenas 2004, a apoyar al equipo. Y tras los Juegos Olímpicos le llegó su turno: «Al retirarse algunas compañeras, se empezó a probar a gente nueva. Se cambió de entrenadora y seleccionadora».
El momento culmen de su carrera en el equipo llegó en 2008, en los Juegos Olímpicos de Pekín. La vallisoletana asegura que fue agridulce: «Veníamos de ser quintas del mundo, pero los fallos están ahí y son inexplicables. Teníamos entrenado cada centímetro del ejercicio; pero pasó algo que no tenía que haber pasado, nos quedamos descuadradas durante 5 segundos y no pasamos a la final. Aun así ha sido de las mejores experiencias que he vivido. Estuvimos en la inauguración, que fue brutal. Esa experiencia de estar con todos los deportistas fue alucinante. Cada vez que lo pienso se me sigue cortando la voz. Aparte de compartir estancia con en la Villa Olímpica...». 
Después de Pekín sus compañeras se retiraron. Pero ella siguió: «Me apetecía». Y llegó a ser la capitana del equipo. Hasta que en 2009, con nueve medallas internacionales a sus espaldas, se retiró: «Fue un poco por todo. Arrastraba dolor en el pie, por los años de entrenar... mis compañeras no estaban, me vía más mayor. Y me di cuenta de que era el momento de retirarme».
«No sabía qué hacer. Me volví a Valladolid a estudiar un Módulo a distancia de Infantil, pero no me gustaba. Así que me preparé la Selectividad para entrar en Magisterio. Me vine a Madrid, empecé a estudiar y a entrenar en Arganda...», recuerda sobre su salida del deporte. 
De 2011 a 2014 estuvo en el club madrileño hasta que la llamaron para dirigir el equipo nacional júnior, al que entrena desde entonces: «Entrenamos unas 6 horas y media o 7. Ahora estoy en el lado difícil, soy la que tiene que mandar a las niñas. No puedes ablandarte aunque es difícil porque te pones en su piel».
Sigue todo lo que puede la gimnasia de Valladolid, sobre todo por sus amigas Laura y Támara, al frente ahora del Pincias, aunque reconoce que el día a día del equipo nacional le impide tener todo el contacto que le gustaría.