El 'joie de vivre' de Jacques Henri Lartigue, "uno de los referentes visuales del siglo XX", llega a Valladolid

César Combarros (Ical)
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Exposición de fotografías de Jacques Henri Lartigue en la Sala San Benito de Valladolid. - Foto: E. Margareto (Ical)

La exposición permanecerá en Valladolid hasta el 31 de agosto, y exhibe por primera vez en España algunas imágenes del fotógrafo francés

“Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro”. Así concebía Jacques Henri Lartigue su gran pasión, que le convirtió en “uno de los referentes visuales más peculiares del siglo XX”, en palabras de la comisaria de la exposición 'Diario de un siglo', Anne Morin, que este viernes abrió sus puertas en la Sala de Exposiciones de San Benito en Valladolid. Allí permanecerá hasta el 31 de agosto reflejando el particular 'joie de vivre' del artista, nacido en 1895 en el seno de una familia acomodada e instigado desde su más tierna infancia a despertar su faceta más creativa.

Amigo personal de pintores como Picasso, él mismo encontró en la pintura su principal vía de expresión artística, protagonizando numerosas muestras en el Salón de Otoño de París y gozando de un amplio reconocimiento nacional. Fue el MoMA de Nueya York el que le abrió las puertas del reconocimiento internacional como fotógrafo, al dedicarle una exposición antológica en 1963 que despertó el interés en su trabajo fotográfico, y le permitió comenzar a trabajar para medios como la prestigiosa revista 'Life'.

En declaraciones a Ical, Anne Morin detallaba cómo se produjo la llegada de Lartigue a la fotografía: “Cuando era pequeño estaba siempre enfermo, y pasaba mucho tiempo en la cama, algo que le ponía más en la posición de observador que de protagonista. En una de esas estancias inventó un proceso mecánico con sus ojos, para intentar capturar todo lo que veía. Lo llamó 'trampa de ojo', y consistía en mantener los ojos cerrados unos segundos, para luego abrirlos de par en par y captar toda la información visual que tenía ante sí, antes de cerrarlos súbitamente de nuevo. A los pocos días se dio cuenta de que aquello no funcionaba y fue entonces, cuando tenía siete años, cuando su padre decidió regalarle su primera cámara, una 13x18”.

Y es que la familia de Lartigue era “muy poco convencional”. En ella, según relató Morin, “se cultivaba mucho la creatividad y la curiosidad por el mundo”. “Entre ellos se animaban y se respaldaban mucho, preocupándose de una especie de gestación constante de felicidad. Jacques Henri Lartigue intentó preservar aquella infancia, hasta su muerte, y aparece de forma recurrente en sus fotos. Tenía el síndrome de Peter Pan y lo reconocía. Decía: 'No quiero crecer, no quiero crecer...'”.

La exposición está estructurada en dos tiempos: uno técnico y otro sensible. El primero, según explicó Morin a Ical, responde a un momento en el que la fotografía se convierte en un modo de expresión democrático, gracias a la aparición de la gelatina de bromuro en 1871. En ese momento se dejó atrás el colodión húmedo y procesos bastante difíciles, reemplazándolos por otros más sencillos. Eso permitió comenzar a experimentar con la fotografía, agilizando notablemente la celeridad y el tiempo preciso para captar imágenes. Es por ello que las carreras de coches, de bicis o motocicletas, los torneos de tenis o alocados concursos de vuelo sin motor, junto a las acrobacias, los saltos o deportes de velocidad aparecen con fuerza como tema en las fotografías de Lartigue, que intentaba, como otros coetáneos, “empujar la fotografía a sus límites”.

“Después esto se diluye en el tiempo y su interés se vuelca más en la fotografía del día a día, el souvenir, el recuerdo de la familia, de los momentos íntimos y privados...”, conformando el segundo bloque de la muestra, donde refleja los paseos familiares, las reuniones, o sus retratos de Picasso y otros amigos como Sacha Guitry”, detalló la comisaria.

Las imágenes de la muestra que hoy abrió sus puertas en Valladolid rebosan elegancia. En ellas se pueden apreciar las costumbres, un tanto excéntricas en algunos casos, de la alta sociedad francesa de comienzos del pasado siglo. Desde los paseos de las damas por el Bosque de Bolonia hasta las concentraciones de aviones sin motor, donde unos cuantos intrépidos desafiaban las leyes de la gravedad.

“Lartigue compartía con Proust muchas cosas, y entre ellas su preocupación por el paso del tiempo y la búsqueda del tiempo perdido. Ésa es la motivación de Jacques Henri Lartigue cuando hace sus fotografías; está preparando sus magdalenas para volver a ellas más tarde. Aunque eso le generaba una cierta frustración porque nunca volvía a encontrar lo que había reflejado emocionalmente en sus fotografías”, concluye Morin.