El asno ibérico, una Marca España en el abismo

Cristina Yuste (EFE)
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La reducción del presupuesto para el censo de estos animales pone cuesta arriba el trabajo de recuperación de la raza andaluza-cordobesa, una de las más populares del mundo, con solo 1.300 inscritos en su Libro Genealógico

Pascual Rovira, presidente de la Asociación de Defensa del Borrico (Adebo), muestra dos ejemplares de la especie autóctona en una granja de Rute (Córdoba).

Hace 30 años, apenas quedaban en Andalucía 50 ejemplares de burro de una de las razas más populares del mundo, la andaluza-cordobesa. Hoy en día son 1.300 animales los inscritos en su Libro Genealógico, una cifra que amenaza su linaje por falta de apoyo económico para proseguir con el censo. Y no es la única. Las seis razas puras de asno ibéricas reconocidas por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que han sobrevivido a la extinción se enfrentan a un escenario de incertidumbres.
El Libro Genealógico es una base de datos con información de cada uno de los animales, una herramienta clave para garantizar el linaje, sentar las bases para el cruce de ejemplares y evitar la temida consanguinidad, causante de problemas genéticos y de infertilidad. Y ha funcionado.
«Hemos hecho un buen trabajo, España es una potencia en producción de burros con tres razas principales», comenta Jesús de Gabriel, secretario técnico de la Asociación de Criadores de Asnos de la raza Zamorano-Leonesa (Aszal), «pero ahora podemos morir de éxito».
Y es que el presupuesto para el registro de ejemplares de raza se ha reducido tanto que empieza a resultar inviable su continuidad.
Para Joaquín Santaolalla, secretario de la Unión de Ganaderos de la Raza Asnal Andaluza (UGRA), gracias al registro de razas puras «hemos conseguido ejemplares con mucho valor genético, pero sin apoyo económico perderemos dos décadas de trabajo».
Existen tres razas principales de asno en España, la andaluza-cordobesa, la zamorana-leonesa y la catalana, y cada una de ellas cuenta con su libro de familia; también están reconocidas la raza de Las Encartaciones (País Vasco), la Mallorquina y el burro Majorero, de las islas Canarias.
Y los ganaderos que las mantienen lo hacen por pura vocación y sentimentalismo, «más allá de los intereses económicos», y contribuyen con ello a enriquecer las razas, en la actualidad sustancialmente mejores que en los años 90, en que estuvieron al borde de la desaparición. UGRA nació en 2001 y cuatro años después se hizo cargo del Libro Genealógico de la raza andaluza con el soporte económico de la Junta de Andalucía y la dedicación altruista de su veterinario, Joaquín Santaolalla; hoy, cuenta con 150 ganaderos que mantienen a cerca de un millar de animales.
Diseñar un libro genealógico supone visitar las ganaderías, tomar las muestras, analizarlas en laboratorio, colocar los microchips, medir, inseminar, hacer ecografías o asistir los partos; «en 2011 recibíamos 60.000 euros de ayuda al año de la Junta y ahora solo tenemos concedidos 10.000 euros, no nos da ni para la gasolina», lamenta Joaquín. «Nos han dejado de lado y en una situación precaria», señala. «En el pasado mes de enero hemos tenido que dejar de prestar el servicio y se va a perder el trabajo de dos décadas».

 

Proteger la especie

Para Jesús de Gabriel, «los que hemos sido capaces de tener una cantidad grande de ejemplares reproductores podemos ver todo nuestro trabajo bajo tierra al no encontrarle viabilidad económica, pese a ser un patrimonio genético que interesa conservar».
Unas 25 ganaderías «de jóvenes ilusionados» mantienen una cabaña de un millar de ejemplares de la raza zamorana-leonesa; «tras los recortes económicos, hemos explorado todas las alternativas para hacerlos rentables, a través del turismo, la asnoterapia, su uso para desbroce o la comercialización de su leche para cosmética o elaboración de quesos y lácteos», explica De Gabriel.
Más del 60 por ciento de los ejemplares de la raza están en la comunidad andaluza. Pascual Rovira, presidente de la Asociación de Defensa del Borrico (Adebo) de Rute (Córdoba), ha vuelto con sus animales tras 26 días aislado por culpa del coronavirus, pendiente siempre de concederles «el reconocimiento que se merecen como parte de nuestra biodiversidad».
Hace dos décadas, el material genético de sus sementales, los más puros de la raza, sirvió para lanzar el registro genealógico y admite que «se ha hecho un trabajo encomiable para contribuir al plan europeo de conservación de razas autóctonas».
Sin embargo, incide en que el interés por salvaguardar al burro ibérico «va mucho más allá, forma parte de nuestra cultura, de nuestro paisaje y de nuestra historia y debe ser gestionado como una especie protegida, no solo como objeto de subvención o de programas de conservación».
A principios de los años 40, había en España 1.200.000 burros y en la actualidad apenas son 40.000, un centenar de ellos en la reserva de Adebo, donde Rovira lleva 30 años dedicado a su cuidado y su cría, en la actualidad con más de 30 hembras reproductoras y unos 20 sementales.