La ciudad de los almirantes

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La ciudad de los almirantes

Desde una decadencia que llegó a parecer irremediable, Medina de Rioseco ha ido fraguando paso a paso su rescate, hasta convertirse en uno de los conjuntos más gratos para cualquier visitante. Desde hace unos años, añade a sus bazas históricas y monumentales el aliciente de un museo modélico, en San Francisco, y la aventura insólita de navegar la meseta, descubriendo en barco el Canal de Campos.


Quizá lo más llamativo de Rioseco para el viajero que se le acerca sea la arboladura de sus torres, todas distintas y aupadas sobre la leve mota que abraza el Sequillo. Unamuno, que fue visitante asiduo de sus procesiones, vio sus cuatro iglesias mayores como otras tantas naves varadas ‘en que las aves tejen nido’. Don Miguel acudía con su hijo en coche desde Palencia, a meditar un rato en la capilla de los Benavente, y a veces se hospedaba donde ahora está la Casa de Cultura, una solana de la plaza que todavía se conoce como el Rincón de Unamuno.  


El desvío del tráfico, que discurre lamiendo su casco histórico, ha mostrado a los pasajeros durante estos últimos años la cara menos grata de la ciudad, que entre otros piropos rimbombantes también recibió el de India Chica. Lejos quedan aquellos tiempos de lenta travesía por la Rúa porticada, una de las calles más hermosas que uno pueda encontrar en cualquier lugar. Viniendo de la capital, desde el otro lado del Sequillo, la ciudad impone su silueta aérea, a pesar de la envergadura de sus pérdidas. Ni memoria se guarda ya del castillo o del fastuoso palacio de los Almirantes de Castilla, cuyo solar ocupan sendos parques. Antes de cruzar el riachuelo, queda a la derecha el convento de Santa Clara, con los escudos de los Enríquez en la puerta. Lo mejor del conjunto es su iglesia clasicista, obra de Francisco de Praves.  

La ronda rodada discurre junto al parque del Duque de Osuna y gira en los jardines del castillo. Entre ambos, asomada en lo alto, queda la puerta de Zamora. Antiguos grabados muestran los edificios desaparecidos y permiten calibrar la calamidad de su pérdida. Dos leones de aquel palacio flanquean ahora la entrada al parque, donde también se homenajea al viejo tren de vía estrecha que con sus ramales secundarios articuló la Tierra de Campos. Al otro lado de la carretera, se atisba de fondo la plaza de toros y cerca el convento del Carmen, recientemente abandonado por las monjas. Del corro de Santo Domingo, donde está la iglesia de San Pedro, sale el camino de Castilviejo, que lleva a la ermita, enclavada en un paraje precioso, a cuatro kilómetros del núcleo. En el corro del santo desemboca también la Rúa, que se extiende hasta la plaza Mayor. La tercera calle a la izquierda es la de Santa María, que conduce a la iglesia principal de la ciudad.  

Los corros de los templos mayores, sobre todo Santa María y Santiago, resultan muy menguados para poder apreciar el despliegue vertical de estas catedrales de Campos. Santa María se apellida de Mediavilla y su emplazamiento hace justicia a esa centralidad. La riqueza de las portadas góticas y el faro barroco de su torre no predisponen, sin embargo, para la sorpresa que supone al viajero, entre tanta riqueza interior, la capilla de los Benavente, obra de los hermanos Corral de Villalpando, que ahora se puede ver con una iluminación correcta y limpia su policromía del sarro de los humos. Una leyenda riosecana atribuía la costra que velaba su programa iconográfico a la venganza del mariscal francés que tomó la ciudad en el verano de 1808, quien puso el fogón de la tropa en este recinto de las maravillas. Los elogios más conocidos de esta capilla, en la que un esqueleto toca la guitarra, corresponden a García Lorca, que atisbó al duende en medio de la enramada renacentista, a Eugenio D’Ors, que incluso hizo un parangón con la Capilla Sixtina, al fiel Unamuno y a doña Emilia Pardo Bazán.


De nuevo en la Rúa, que en su recorrido sigue el camino del sol, la siguiente parada es ante Santa Cruz, otro templo rescatado de la ruina, como se aprecia por su cubierta interior. En la plaza Mayor, el consistorio es un edificio moderno que se alza sobre un tramo de la arquería del claustro de San Francisco. Se hizo en los setenta, destruyendo el ayuntamiento neomudéjar de mediados del diecinueve. El recinto de la plaza se ha ido cerrando, aunque no alcanza el sabor de los corros parroquiales. Con todo, donde más se nota la mano de los cuidados recientes es en el flanco de la ciudad que mira al Sequillo, desde San Francisco al arco de San Sebastián. San Francisco reúne el tesoro de la Ciudad de los Almirantes y el legado de Campos en una muestra que recorre con solvencia su desarrollo histórico. También las piezas más notables, como la custodia de Arfe o los barros de Juni o las tribunas de yeso de los Corral de Villalpando. Pero el despliegue interior de San Francisco tampoco es para que te lo cuenten, sino para disfrutarlo.


Por la ronda de Santa Ana, el viajero llega hasta la puerta de Ajújar, uno de los lugares más hermosos de Rioseco. Luego, por la calle de la Doctrina prosigue hasta la portada lateral plateresca de Santiago, pasando por el rincón del Teatro Principal, acomodado a mediados del diecinueve en el solar de una iglesia penitencial. El interior de Santiago resulta de una belleza deslumbrante, que remata el retablo mayor, obra barroca del artista local Tomás Sierra. Sus bóvedas combinan la decoración en blanco con policromías y son una de las cumbres del barroco castellano. Siguiendo este rumbo, la visita culmina en la dársena del Canal de Castilla. En el desagüe de su remanso hacia el río se suceden las fábricas de harina monumentales: Santa Rita, junto a la puerta de San Sebastián; más arriba, La Pura; y asomada a la concha, San Antonio, cuyo interior intacto se visita. De la dársena parte el barco turístico Antonio de Ulloa, que recorre el canal hasta la séptima esclusa. Este viaje insólito es la mejor despedida a la Ciudad de los Almirantes. Porque nos conecta con aquel sueño ilustrado que fue la quimera del mar, el vínculo navegable entre el mar cereal y el océano.