Tu privacidad es importante para nosotros

Utilizamos cookies propias y de terceros para analizar nuestros servicios, medir las audiencias, personalizar el contenido que ofrecemos y mostrarte publicidad adaptada a tus intereses mediante la obtención de los datos necesarios para perfilar tus hábitos de navegación e inferir grupos de interés.
Podemos asimismo utilizar fuentes de datos externas para elaborar estos grupos de interés, así compartir los análisis de navegación y los grupos de interés inferidos con terceros con el objetivo de personalizar contenidos y campañas publicitarias.
Puedes personalizar los propósitos para los cuales permites el uso de tu información, utilizando los siguientes botones:
Puedes también consultar la política de cookies al completo aquí.
Saber más

La vida en el 'tubo'

Agencias
-
La vida en el 'tubo'

Los submarinos de la Armada española pueden navegar unos 120 días al año, la mayor parte sumergidos, sin comunicación con el exterior y sin ver la luz solar, por lo que está considerado como uno de los destinos más duros de las Fuerzas Armadas

La alerta suena dos veces. Manos atentas accionan machos, ruedas y timones. El oficial de guardia baja de la vela tras asegurar el cierre de la escotilla y el submarino comienza la inmersión que llegará a cota 100, aunque el barco esté construido para aguantar con seguridad hasta los 400 metros de profundidad.
La vida de los miembros de la Armada que trabajan en uno de estos buques es intensa y dura. Navegan en torno a 120 días al año, la mayoría sumergidos, con misiones de hasta casi un mes sin apenas ver el sol. El único contacto con el exterior -cuando las operaciones lo permiten-, es una comunicación diaria conjunta de correos electrónicos a los que se unen  los mensajes individuales. La incertidumbre o las novedades sobre enfermedades, problemas familiares, incluso fallecimientos, son lo que más puede afectar a un tripulante. 
La vida en el tubo nunca se detiene y constituye un pequeño universo ajeno al resto del mundo. La tripulación, toda voluntaria, vive centrada en sus tareas y en pasar lo mejor que puede los ratos libres. «Esto es una forma de vida. No todos lo pueden aguantar», resume Ignacio López, segundo comandante del Mistral, uno de los tres sumergibles en activo de la Armada española. «El factor psicológico es muy importante», recalca, por su parte, el capitán enfermero Ismael Berrocal. Por eso, para ser submarinista, hay que pasar un severo examen psicológico previo.


Ambiente familiar

Un día normal en el buque comienza a las siete de la mañana, con el primer turno de desayuno. Para entonces, el cabo primera Pablo Grandal, jefe de cocina, y sus tres asistentes llevan ya despiertos un buen rato preparando el primer refrigerio. Los platos caseros de este marino gallego son muy apreciados y clave para mantener el buen ánimo. 
El ambiente dentro del sumergible es muy familiar. Los submarinistas no solo son compañeros muy próximos, sino que también conocen a sus familias respectivas, muchas veces sus problemas y vivencias. La disciplina militar es más relajada para compensar la estrechez de espacio y el continuo roce físico en un ambiente de poca luz. Solo el comandante tiene un camarote propio, además muy diminuto. Los demás pernoctan en literas, muy pegadas entre sí. La mayor zona para dormir está en proa, en la cámara de torpedos, donde puede haber hasta más de 30 camas. Las más bajas están casi en el suelo y están pegadas a los tubos que guardan los torpedos, cargados de explosivo, y que son muy prácticos como estantería para colocar objetos personales. Dormir no es fácil para los novicios: el agua que golpea contra el casco se oye perfectamente y, en las maniobras, los pitidos del sónar se repiten con un eco fuerte y constante. En superficie y con mala mar, la proa se agita.
Desde la central llegan con claridad las órdenes: «Rumbo cero seis cinco». En las literas de proa, los submarinistas veteranos están hechos a todo y duermen a pierna suelta.
La familiaridad viene también marcada por la inevitable cercanía física. Más de 60 personas en un espacio de apenas 100 metros cuadrados requieren respeto y aprecio. «Permiso» es la palabra más repetida a bordo, para pedir paso por pasillos o lugares estrechos. Además, solo hay dos retretes y una ducha, que se usa cada tres días para ahorrar agua, salvo el personal de cocina, que la disfruta a diario.
Cuando el buque va en inmersión -siempre que puede- la atmósfera se carga a pesar del uso de sosa cáustica para bajar los niveles de CO2. El calor es tremendo. Huele a diésel y a aceite lubricante. 


El mayor riesgo

Durante la inmersión, en la cámara de mando, el centro neurálgico del barco, el comandante, en este caso el capitán de corbeta Jorge Garrido, está atento al periscopio mientras recibe información de un equipo de oficiales y especialistas que atienden y coordinan sónar e hidrófonos, mesa trazadora, seguridad de sistemas, timones... Al bajar o cambiar de cota, se comprueba minuciosamente la estanqueidad: La entrada de agua es el peor enemigo del submarino en inmersión. Mientras, dos tripulantes escuchan atentos a los hidrófonos y el sónar para determinar cuántos buques de superficie o submarinos hay alrededor: posición, velocidad y rumbo, y así evitar colisiones. «Todo lo que hacemos es real, aquí no hay segundas oportunidades», explica Francisco Barrios, oficial jefe de electricidad. El veterano Mistral, con casi 35 años y decenas de miles de millas marinas a cuestas, va mostrando achaques, pero aguanta el rigor del servicio. «Es un viejo guerrero», explica el comandante con una sonrisa. 
Los accidentes con submarinos no son frecuentes, pero cuando ocurren pueden ser muy trágicos, como el más reciente del ARA San Juan argentino (2017) o el Kursk ruso (2000), en los que hubo 44 y 112 fallecidos, respectivamente.
Un caso muy poco conocido en España fue el del C-4, un submarino que se perdió en 1946 durante unas maniobras cerca de Mallorca. El barco emergió de forma inesperada justo frente a la proa de un destructor, que lo abordó y casi lo partió en dos, por lo que se fue al fondo con sus 44 tripulantes. El jefe de máquinas del C-4 era el abuelo del comandante Garrido. Por eso, confiesa que tuvo engañada a su madre durante siete años, ya que cuando le dijo por primera vez que quería pasar a submarinos ella se echó a llorar. Hace poco que se atrevió a contarle la verdad y enseñarle el lugar en el que trabaja orgulloso. Y es que a pesar de los riesgos y de la alta exigencia del puesto, «no cambiaría por nada del mundo» el mando de un sumergible.


Renovación

El año próximo está prevista la botadura el primer submarino de la nueva clase S-80, que dispondrá de una tecnología de propulsión de última generación. Algunos de los tripulantes del Mistral ya saben que formarán parte de la primera dotación del nuevo sumergible, como el suboficial sonarista Mario Gil, que no oculta su emoción.
Mientras, entre las distintas guardias, pasan el rato charlando, leyendo, viendo películas o con juegos de mesa. Son muy comunes las bromas. Poder reír es el mejor antídoto contra el peor enemigo, que es la «melancolía pura», apunta un oficial. «El día que no te ríes es que algo falla», recalca Barrios. Vigilar esa melancolía y tratar problemas físicos es la tarea del capitán enfermero Berrocal, que se ocupa sobre todo de catarros y otitis (los cambios de presión pueden ser muy duros en el sistema auditivo), aunque también de infecciones respiratorias y algún traumatismo. En casos más graves, muy poco frecuentes, se puede organizar una evacuación por helicóptero. De hecho, antes de cada navegación se realiza un chequeo exhaustivo previo de dentadura y oídos.

La vida en el 'tubo' - Foto: Christian Valverde
La vida en el 'tubo'
La vida en el 'tubo'