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Juan José Laborda

RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


La dificultad del acuerdo cuando no significan igual las mismas palabras (final)

27/06/2021

La dificultad para lograr un acuerdo que ponga fin a la prolongada crisis catalana está, en mi opinión, en que el relato de su autogobierno fue en Cataluña mayoritariamente diferente, de lo que opinaban, también mayoritariamente, la ciudadanía española, y quienes han analizado los procesos políticos de nuestra Transición democrática.

Como he explicado en artículos anteriores, en Cataluña se aceptó la teoría, o la ideología, según la cual su autogobierno había sido resultado de un pacto con el Estado. El masivo voto favorable a la Constitución en el referéndum de diciembre de 1978, y la lealtad a la misma de los sucesivos gobiernos autonómicos de Jordi Pujol, en contraste con la actitud ambigua de los gobiernos de Euskadi, expresaron la aceptación satisfecha de la población catalana con el sistema constitucional, y el pacto como estilo diferencial propio; el fracaso de grupos violentos, de secesionistas radicales tipo ETA, fue motivo de orgullo para su opinión pública.

La estabilidad de Cataluña, aunque descansaba en un relato imaginario, servía para que los nacionalistas de Jordi Pujol y los socialistas de Felipe González coincidieran en las grandes cuestiones políticas, y no fue la menor la aceptación implícita del reparto del poder electoral entre los dos gobernantes.

Pero Pujol y González fueron sustituidos por Pascual Maragall y José Luis Rodríguez Zapatero, y con ese cambio se precipitó un proceso de evaporación de los símbolos y mitos de la sociedad catalana, proceso que se inició a partir de la mayoría absoluta de José María Aznar, cuando éste ya no tuvo que depender en el Congreso de los diputados de Pujol. Mi respuesta a la sorprendida pregunta de por qué Cataluña pasó de inmediato del seny a la rauxa, no tiene que ver con los rasgos de un pueblo, sino que ese antónimo revela que la sociedad catalana, a partir de aquellos años, una parte de la misma creyó que se traicionaba el pacto originario, y la otra parte carecía de un discurso lógico para seguir defendiendo las antiguas virtudes del pragmatismo y del acuerdo.

Cataluña se encontró con que carecía de un relato comúnmente compartido de su sociedad. Cuando Pujol advertía de las consecuencias de la ruptura del pacto originario, probablemente creyó que sólo él modularía la ruptura como amenaza, y no llegó a imaginarse que ERC estaba preparada para dirigir una sociedad que necesitaba un relato diferente que el suyo; algo imposible, pues su discurso del pacto originario se había extendido a gran parte de la plural opinión pública catalana, y permaneció en ella muchos años, mientras el actual relato de Oriol Junqueras iba ser contrarrestado inmediatamente por el contra-relato de Carles Puigdemont. Las tradiciones, aunque sean inventadas, sólo arraigan cuando cuentan con la simpatía de muchas mentalidades diferentes, y Junqueras y Puigdemont no tienen la capacidad, y la suerte con las circunstancias históricas, que tuvo Jordi Pujol con su relato del pacto.

La dificultad para lograr un acuerdo es formidable porque los catalanes independentistas carecen de un proyecto racionalmente posible, y los catalanes que no están por esa visión ilusa aún adolecen de las consecuencias de haber creído demasiado tiempo en el pacto como relato propio de Cataluña; la dificultad la tienen todos por igual pues el conflicto político no ha causado realmente ruptura política entre Cataluña y el Estado, pero ha producido una ruptura emocional de la mitad de los catalanes con la otra mitad, y con la idea de España.

Por lo tanto, aunque necesitamos pensar racionalmente soluciones para abordar el problema catalán, para no sucumbir en la demagogia y el populismo, debemos tener en cuenta que el problema no es exactamente político, desde luego no es el que argumentan los partidos y la mayor parte de los políticos, sino que se trata de un problema sentimental, entendido el concepto ‘sentimiento’ como opuesto a ‘racional’.

Pensar y sentir Cataluña y España: es hacer política con la ambición de comprender la materia, las ilusiones y los temores en la vida de los seres humanos. Es avanzar con el realismo de T. Hobbes y la vez con la subjetividad de J. G. Fichte, sabiendo que este último sostuvo que el conocimiento (en este caso, de Cataluña) no se basa en los hechos, sino en la conciencia de los sujetos. El problema catalán hace fracasar a cualquier especialización, y entregarlo a las técnicas del marketing político será insensato. Estamos hablando de constitución y soberanía, conceptos cercanos a la filosofía, incluso a la teología, y ante la complejidad del problema catalán, recordamos a san Agustín: si lo entiendes, entonces no es Dios.

Urge restituir la función de la política. Supone esto que las responsabilidades por lo que viene sucediendo en Cataluña debe ser tarea de las instituciones políticas, y no de la Justicia; conceder el indulto supone continuar la técnica del gobierno de Rajoy de supeditar la responsabilidad política a la acción de los jueces, y por eso, el indulto sólo es el principio, cuando debiera ser el final.

La complejidad del problema es consecuencia de que Cataluña, y lo que se conoce como ‘el Estado’, no son realidades unívocas; su pluralismo es recíproco, y tal vez por eso la complejidad pueda servir para encontrar una solución común. Creo que ahora el problema se descompone en tres grupos sociales: primero, los que en Cataluña y en el resto de España echan la culpa del problema a la actual Constitución; segundo, los que se afianzan en un inmovilismo que sacraliza el statu quo, y que tienen la seguridad de que si no se encuentra solución al problema catalán, que piensan que será pronto un problema del Estado de las Autonomías, habrá un movimiento electoral que lleve a reformar lo necesario para que la autonomía política se reduzca a una descentralización uniforme; y tercero, los que aspiran a resolver el problema con otro impulso común, convenciendo a las distintas opiniones públicas que la diversidad, además de un atributo histórico de España, hace que nuestra democracia forme parte de la élite de las naciones más libres del mundo, y motor de su bienestar social. Y en cuanto a Cataluña, su identidad se ha desarrollado, y podrá seguir desarrollándose, si de nuevo opta por seguir influyendo en España, y a la vez influyendo -y será la tarea del futuro- en la Unión Europea.