ZARANDAJAS

Pablo Álvarez

Periodista


Lampedusa

Cambio. Regeneración. Palabras de moda que se repiten hasta la saciedad en los discursos políticos actuales. Estas semanas nos hemos cansado de oírlas durante la sesión de investidura. Y de tanto escucharla ya se ha convertido en un término vacío.
El cambio en sí mismo no supone nada, si es para bien, será positivo y si es para mal, que Dios nos bendiga.
Si recurrimos a la definición del verbo cambiar en el diccionario de la Real Academia Española (RAE), en su primera acepción lo define como «dejar una cosa o situación para tomar otra». Aunque solo sea por el hecho de que Alfonso Fernández Mañueco toma el relevo de Juan Vicente Herrera, en este punto el término se emplea con exactitud.
Pero su uso en política va más allá y se aproxima a la segunda acepción del diccionario de la RAE: «Convertir o mudar algo en otra cosa, frecuentemente su contraria». Una definición que dista mucho de la realidad política de Castilla y León que se cobrado forma después de las últias elecciones autonómicas.
Lo que hemos vivido en este mes y medio que ha pasado desde la última fiesta de la democracia se parece más al mito de Lampedusa, que describió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en ‘El Gatopardo’ y donde se recoge es mítica frase de «si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» que tan bien se ajusta a la situación actual.
Los populares no han engañado a nadie. Alfonso Fernández Mañueco llega para imprimir estilo propio a la política de Castilla y León para afrontar los nuevos retos sin renunciar al legado de 32 años de gobierno del PP en la Comunidad. En su discurso de investidura lo dejó claro.
Quien no parece tenerlo tan claro es Francisco Igea, quien piensa que su incorporación en el ejecutivo regional en calidad de vicepresidente, portavoz y consejero de Transparencia y Regeneración Democrática (ya nos explicarán los cometidos más allá de la rimbombancia del nombre), supone el paradigma de un cambio radical de la política en Castilla y León.
Ciudadanos irrumpió en la política autonómica en 2015 y parece que con ellos llegó la autonomía a Castilla y León en un ejercicio de adanismo sin precedentes, con el agravante de que todas las decisiones políticas acertadas tomadas en estos cuatro años se han debido a su iniciativa y empuje y todo lo malo era culpa de los demás.
Así que cuando en su discurso afirmó, eso de que «sus faltas serán las nuestras, nuestros errores serán los suyos; si nos ponemos la zancadilla caeremos ambos, y, lo que es peor, lo sufrirán nuestros ciudadanos» recordé aquella locución latina de excusatio non petita accusatio manifesta. Ojalá me equivoque, pero los antecedentes naranjas y sus propias contradicciones en las que ha caído en mes y medio no dan margen para mucha esperanza.
Resuelto el parto del acuerdo de Gobierno, ahora falta el alumbramiento de la configuración de equipos. Y en este campo, de nuevo la regeneración brilla por su ausencia. Obviamente en las filas de Ciudadanos todos serán nuevos. Pero si el PP quiere hacer gala de renovación y lo primero que dice su portavoz, Raúl de la Hoz, en su discurso es que llegó cuando Juan Vicente Herrera ocupaba ese mismo puesto hace la friolera de 20 años, pues no parece muy coherente.
Fernández Mañueco tiene la posibilidad de enmendarlo en la formación de su equipo de Gobierno (o la parte que le corresponda) y no sólo habrá que fijarse en las primeras filas (las consejerías) sino también en segundos y terceros escalones de la administración. De momento, las quinielas dejan poco margen al cambio tan pregonado. Veremos.