VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


Había una vez un banco

Hubo una vez en España una entidad financiera que tenía un eficaz presidente, que había logrado llevar a la organización a cotas de verdadera excelencia, cuyo delito ideológico era estar supuestamente demasiado a la derecha. Su mandato coincidió con muchos gobiernos, pero uno de ellos en concreto intentó por todos los medios desalojarle de la silla decisiva del consejo de administración, al entender que los vientos de cambio del país debían significar, como siempre que esas siglas tocan poder, la laminación de todo lo que oliera a sus rivales políticos y la colocación de personas cercanas en los puestos clave de la sociedad, la cultura, la economía, los deportes, la televisión y el CIS. La operación que se orquestó fue ambiciosa, además de ridícula en sí misma: conseguir que una empresa constructora con unos activos 100 veces inferiores a los del banco comprara el 100 por 100 del capital de éste y lo engullera, como si un chanquete pudiera zamparse a una ballena blanca. Para lograr que la operación tuviera éxito, se pusieron en marcha desde sedes ministeriales, comisiones del mercado de valores y oficinas económicas procedimientos de derribo de los que hoy nadie habla ya, pero que si fueran recordados alucinarían a la opinión pública de un país anestesiado por el sesgo mediático. Volaron los dosieres a elevadas horas nocturnas, en portafolios incluso de periodistas utilizados para el empeño de echar al presidente del banco.

En un país en el que las tareas de espionaje entre particulares son legales, el afectado contrató un servicio de seguimiento que le proporcionara datos de quienes querían saltarse todos los procedimientos en regla para echarle de su trabajo y colocar en su puesto al amigo de turno. Quiso defenderse del acoso y derribo al que todo un gobierno le sometió. Pero cometió el grave error tan español de contratar a la persona equivocada, y puso el trabajo en manos de un comisario de policía vinculado siempre a oscuros movimientos y con la deplorable costumbre de grabar todas sus conversaciones para utilizarlas años después, si fuera pertinente, contra sus interlocutores.

Todo este tiempo convulso ha pasado, y ahora el expolicía está siendo investigado en los tribunales, lo que salpica irremediablemente a quieres fueron víctimas de aquella operación política y ahora son investigados por su relación con un posible delincuente por haberle contratado. Pero en el subconsciente colectivo de los españoles ya ha calado a estas alturas la idea de que el segundo banco del país ha sido un nido de corruptos irredentos que se van a ir de rositas por lo abultado de sus cuentas corrientes.



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