Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


Desobedecer al odio

15/11/2020

Cuando Katsushika Hokusai pintó ‘La gran ola’, en realidad, estaba prediciendo el futuro de los siglos venideros. Hablo de ese cuadro que representa una ola monstruosa a punto de devorar a dos barcas, con el monte Fuji (símbolo de inmortalidad) como testigo en el horizonte. Trascendencia pura porque, ante la fuerza incontenible de la naturaleza, no podemos más que sentirnos insignificantes. La humildad es exactamente esto: la aceptación para la acción, sin bravuconerías. Es tan poderosa (bajo ningún concepto es un signo de debilidad) porque ensambla con la resiliencia: la fortaleza de vencer a la adversidad, sin desesperar. Resiliencia como la que practican los marineros de esta pintura, que lejos de aterrorizarse o perder la serenidad (imaginando un tusunami que nunca llegó), adoptaron una actitud tranquila y disciplinada, centrados en su misión: mantener la embarcación a salvo. Es innegable que esta obra traspasa la sabiduría y la vanguardia. No por casualidad es la estampa más popular de la historia del arte. Una imagen mítica sobre los buenos valores. Sobre el equilibrio, la resistencia, la profesionalidad, la aceptación, la paciencia y, sobre todo, la fe. Emociones que construyen la autenticidad. Y la autenticidad significa lo que es verdadero y hay pruebas de ello. Inequívocamente. Y, en materia de inteligencia directiva, va a ser más decisiva que nunca. De hecho, ya late así.
Sabemos que las emociones son determinantes en política, pero no deben aprisionarnos. Hay quien pueda pensar que Trump es todo autenticidad (que se lo pregunten a sus millones de fervientes seguidores). La cuestión es hasta dónde es de verdad y hasta dónde manipula. Sobre esto ha investigado el prestigioso periodista Bob Woodward que acaba de publicar ‘Rabia’, donde cuenta el momento exacto en el que Trump fue advertido de las amenazas de la pandemia global, el desastre económico y las protestas raciales. Revela su actitud, carente de cualquier tipo de empatía ante el dolor de los ciudadanos. Descubre a un hombre visceral que -como él mismo admite-, «saca la rabia» para tomar decisiones, siendo consciente de que «el verdadero poder es el miedo». Podríamos hablar aquí del anti-líder que, desde luego, moviliza los sentimientos de las personas como pocos. Pero no se trata de dividir a nuestros dirigentes en buenos y malos, sino de descubrir quién protege más y mejor nuestro bienestar. 
«Es hora de una nueva generación de liderazgo», advirtió John F. Kennedy.  Y esa hora ha llegado, como la despampanante gran ola de Hokusai. Nos lo acaban de mostrar los estadounidenses en estas últimas elecciones, que han exigido un cambio de tono en la política. Han escogido pisar el miedo y desobedecer al odio. Nos han recordado que la misericordia activa es una obligación, muy especialmente, hacia los más vulnerables. Una tesis decisiva, porque cualquier organización que quiera alcanzar su máximo potencial deberá adaptar todas sus estrategias y recursos a esta nueva dinámica. El progreso pasa por la autenticidad (y máxime en este periodo crítico).  A Hokusai le movió el dolor gran parte de su vida, igual que a Biden (con la pérdida incluso de dos hijos). Pero ambos usaron esa angustia como gasolina para arrancar. Porque el dolor que se canaliza por el camino adecuado se transforma en autenticidad. Y hay muchos ejemplos que demuestran como personas comunes, batallando una y mil veces a lo largo de su existencia, son las más capaces de crear destinos extraordinarios para todos. Por eso -y lo digo con toda la contundencia de la que soy capaz-, es el momento de desobedecer el odio, porque la oscuridad no podrá sacarnos jamás de la oscuridad.



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