Lo imprescindible

Juana Samanes

Crítica de cine


Ondina

21/11/2020

Frente a aquellos escépticos que manifiestan que en el cine actual no hay nada que ver, se encuentran directores como el alemán Christian Petzold, que siempre asombra con sus arriesgadas y, también hay que decirlo, opacas propuestas. En Ondina revisita, trasladándolo al mundo de hoy, el mito germánico de la mujer que vive en el agua y cuyo destino está marcado por el amor.
Ondina es una guía muy didáctica que sabe explicar como nadie el desarrollo urbano de la ciudad de Berlín tanto a turistas nacionales como internacionales. Pero cuando su amante la deja por otra mujer, ella promete matarle, sin saber que conocerá a un hombre que la ama de verdad.
A pesar que argumentalmente el filme se aleja de otras películas de Petzold circunscritas a un período histórico (la impresionante Phoenix) o sociológico (En tránsito), realmente todas ellas tienen una base romántica que da vueltas, como él mismo director ha afirmado, a «amores imposibles o dañados» con cierto sustrato de desesperación. Ondina recuerda la leyenda clásica pero también a La sirenita, el cuento de Andersen, el original, no la versión infantiloide vendida por Disney.
Que el protagonista masculino desarrolle un trabajo debajo del agua (es buzo industrial) es un elemento muy razonado para explicar esa relación marcada por el mundo acuático que mantienen él y Ondina. Precisamente esas secuencias fueron las más complicadas de filmar, puesto que los actores recibían órdenes sobre lo que tenían que hacer y luego se sumergían. En ellas, se aprecia el impecable trabajo fotográfico de Hans Fromm, Bvk
Como en su filme anterior, En tránsito, se ha recurrido para encarnar a la pareja protagonista a Paula Beer y Franz Rogowski, que poseen mucha química y son capaces de realizar actuaciones llenas de matices. A la joven Paula Beer la pueden recordar por su actuación en la exquisita Frantz, sin duda la mejor película del director François Ozon. 
Ondina es la novena película de Petzold que, sin ser la más relevante (ese lugar se lo dejamos a la impecable Phoenix), también ahonda en la identidad, pero de forma fatalista y calvinista, de tal manera que el individuo está predestinado y, sean cuales sean sus actos, acabará siendo víctima de lo determinado para él.



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