Alfonso González Mozo

PLAZA MAYOR

Alfonso González Mozo

Periodista


La política de la imprudencia

11/09/2021

El caso de la falsa agresión homófoba del barrio madrileño de Malasaña –lo de los ocho encapuchados que abordan, agreden y marcan en el glúteo a un joven de 20 años que ha resultado ser una invención del chaval en su afán por justificar un desmán durante un encuentro sexual consentido– constituye la última muestra del paupérrimo nivel que dan nuestros políticos; tanto de los que gobiernan, como de los que aspiran a hacerlo en algún momento.
Todos han demostrado una imprudencia impropia de quienes deberían ejercer de altos de representantes de una sociedad que, en la gran mayoría de los casos, les paga mucho más generosamente de lo que refleja su pobre currículum en el que nada recogen sobre su incontinencia verbal.
Porque, sí, casi todos cuentan con un título universitario que poder colgar en el despacho, pero muchos están cobrando cantidades que jamás conseguirían en la empresa privada. Es más, muchos ni han cotizado jamás por algo que no tenga que ver con un cargo público entregado a dedo como premio a esos años de fidelidad al líder de turno. Seguro que quien supo lo que cuesta entrar y ascender en una empresa valora mucho más su nómina pública que aquel que creció entre carguitos y paguitas públicas como dádiva a su lealtad. «Este es de los míos», «este me apoyó en aquel congreso»... aparecen en la lista de méritos de muchos de quienes toman las decisiones que rigen la vida de toda una sociedad que mira atónita como un ministro del Interior y un presidente del Gobierno no dudan en poner el grito en el cielo por una agresión que luego ha resultado ser falsa, sin esperar siquiera a que la Policía avance en sus pesquisas. En la bancada contraria, la oposición trata ahora de exprimir el presunto fallo de Marlaska para llevarse por delante al ministro poner en el foco en el problema de fondo que ese ataque homófobo ficticio ha puesto sobre la mesa. A bulto; unos y otros. A por el titular y la foto...
Ya no queda ni rastro de aquellos políticos de auténtica vocación de servicio público y con altura de miras que supieron guiar a este país desde la dictadura a la democracia. De esas personas que llegaban a la política para mejorar las cosas, no para perpetuarse en el cargo que alcanzan sin más esfuerzo que el ser un advenedizo con el único mérito de haberse afiliado a un grupo de cachorros políticos.