A QUEMARROPA

Julio Valdeón

Periodista


El asesino y la voluntad

Soy víctima de mí mismo», ha dicho durante su juicio en Madrid el violador del ascensor, Pedro Luis Gallego, agresor sexual sistemático y asesino. «Me arrepiento de haber nacido», dijo tras sus gafas de sol. «Tengo una obsesión que no puedo controlar y no comprendo. Mi vida ha sido un fracaso y nunca he tenido armas para contrarrestar este impulso que no he podido controlar. Solicitó que se me den programas de tratamiento, aunque quizá sea tarde porque moriré en prisión». Las palabras del monstruo no deben de usarse como eximente. Pero abren la puerta a varios de los grandes interrogantes de la moderna neurociencia. Entre otras cuestiones plantean una capital, la referida al libre albedrío. ¿Hacemos lo que queremos o lo que podemos? Todos los avances de los últimos años apuntan al supuesto de que la libertad individual no es sino un precipitado de genes y educación, cultura y química. De lo que fácilmente puede deducirse que hacemos cuánto hacemos sin más alternativa que conducirnos por los designios previamente arados por un dios ciego y, sobre todo, inexistente. Ni pecado ni culpa. Tampoco monigotes o robots. Más bien monos condicionados por la herencia genética y las experiencias, especialmente las de la primera infancia. De lo que nadie podrá deducir que los Gallego de este mundo tengan que ser premiados, reinsertados o condonados. Pero sí que más que el cadalso y el potro su destino tiene que ser el del psiquiátrico con barrotes y los laboratorios. Alejados de los otros hombres, pues son un peligro para todos empezando por ellos mismos, y generosos con los científicos que los estudien. El violador del ascensor, criatura, pudo haberse quitado de en medio, aunque tampoco parece que seamos excesivamente libres en cuanto a quitarnos de en medio. Incluso para echarle valor, para admitir el fracaso y sobre todo para remediarlo tirándose por el balcón, hay genes y genes. El asesino no tuvo mucha suerte con los suyos. Y ninguna sus víctimas. Cero lágrimas, y aplausos para los detectives que lo trincaron.