PLAZA MAYOR

Alfonso González Mozo

Periodista


No me lo creo

«Tengo un problema». «Es una obsesión que no puedo controlar». «Soy víctima de mí mismo». «No lo hacía por divertirme». «Solo pido ayuda». Y bla, bla, bla...
Este jueves, en la Audiencia Provincial de Madrid, Pedro Luis Gallego se quiso quitar el disfraz de depredador sexual, declarándose culpable de sus últimos ataques en Madrid, dibujándose como un enfermo que agrede, secuestra y viola por un impulso irrefrenable que el sistema no le ha ayudado a dominar, a pesar de que se ha pasado media vida entre rejas.
A un mes de cumplir 62 años, con una veintena de violaciones a sus espaldas y con dos crímenes en su historial, el ‘violador del ascensor’ ha querido echar toda su mierda a esa sociedad que lleva sufriéndole ya cuatro décadas y que le dio más oportunidades de reinserción de las que un individuo como él hubiera merecido. La última, en 2013, cuando ese sistema del que se quejó amargamente permitió que zanjase con 21 años a la sombra sus más de 273 años de condenas que llegó a acumular en los 80 y principios de los 90, por matar a Marta Obregón y Leticia Lebrato, y por aquella oleada de violaciones en portales.
Él solo actuó movido por una obsesión que no puede controlar, espetó en el que será ya su último juicio. Porque, tal como él mismo admitió, posiblemente, morirá en la cárcel en alguno de los próximos 25 años -los que exige el fiscal que sean «de cumplimiento efectivo»-que deberá cumplir tras recibir una última condena aún sin definir, pero que se moverá en la franja de los 90 años.
Fue la única verdad que dijo, que morirá entre rejas, porque no me creo todo lo demás que recitó ante el tribunal. Porque no parece que actuase de un modo muy incontrolado cuando retenía durante horas a una joven y luego la duchaba para evitar dejar pruebas. Dice estar arrepentido, pero fue necesaria una investigación de seis meses hasta dar con él; no se entregó y solo confesó en el juicio y por el sabio consejo de su abogado. Miente porque es mejor ser un enfermo que un violador sin escrúpulos. Cinismo. Gallego no es ningún angelito, aunque ahora esté algo mayor. «Era tío listo, muy cauto, astuto, frío como él solo y calculador», recordaba hace un par de años en un reportaje en este periódico uno de los inspectores que le persiguió durante cuatro meses tras el crimen de Lebrato.