CARTA DEL DIRECTOR

Óscar Gálvez


Un show inaceptable

El vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Francisco Igea, y el alcalde de Valladolid, Óscar Puente, han vuelto a protagonizar uno de sus ya habituales piques dialécticos. El problema es que esta vez han llegado demasiado lejos y el riesgo de que traspasen la delgada línea que separa lo asumible de lo inaceptable está ahí. De hecho, el del martes, a cuenta de una reunión entre el alcalde y el consejero de Cultura, Javier Ortega, a la que Puente no quiso asistir y suspendió por haberse sumado Igea, ha dejado ya pie y medio en el otro lado, en el del esperpento y lo inapropiado cuando se trata de dos personas que representan a decenas de miles de ciudadanos. Se han quedado a dos pasos de la primera esquina de cualquier suburbio con el uso de expresiones que en boca de personas claramente capacitadas para lo que realmente han sido elegidas no se pueden aceptar. Y aunque es bien cierto que se trata de dos personas de carácter, que su personalidad es fuerte y que todo el mundo conoce sus tonos habituales en redes sociales, no es del todo asumible el es que son así. Mal camino sería dar eso por bueno porque terminaríamos validando todo de ahora en adelante, tanto en el lenguaje político como en cualquier acción de cualquier ciudadano en cualquier ámbito de la vida. Peligroso.
El origen de este enfrentamiento dialéctico se remonta al verano, muy poco después de las elecciones autonómicas de mayo. De hecho, no hubo paz ni en el periodo estival. Al contrario, se recrudeció el fuego cruzado y ya en algún momento estuvieron a punto de cruzar la línea que sí atravesaron el martes. Si hubiera que buscar el origen de esta animadversión manifiesta habría que apuntar hacia los días en los que el ahora vicepresidente de la Junta se desdijo de lo que había ido pronunciando en campaña electoral relativo a política de pactos en la carrera hacia la Junta. Bien es cierto que nunca aseguró en público que daría su apoyo al socialista Luis Tudanca (PSOE) y que jamás dijo que no lo haría a Alfonso Fernández Mañueco (PP). Decía que su pacto sería con los ciudadanos. Sin embargo, en su ambigüedad dialéctica sí repitió de manera frecuente que no iba a permitir que se perpetuara el régimen político de los 32 últimos años, por lo que a buen entendedor… Y con la consumación del pacto con el PP, empezó a desatarse la guerra. 
Puente puede estar contrariado por lo que entiende que pudo ser un engaño –el alcalde aseguró en una entrevista este verano que Igea había garantizado tras las elecciones el pacto con el PSOE– pero tiene que pasar página, además de aceptar que la política está llena de este tipo de episodios. Porque no fue Puente el único cargo socialista contrariado con la decisión del candidato de Ciudadanos, muy presionado desde Madrid. Hubo muchos otros tan indignados o más que él, pero optaron por hacer política, no por los tuits. Igea, por su parte, no solo ha entrado al trapo de todo sino que ha ido alimentando la tensión hasta llegar a ser, en mi opinión, el autor de la frase más fea dicha por ambos en referencia al otro: «chulo de bar». En boca de todo un vicepresidente de Castilla y León no es edificante. Tampoco otras de Puente.
Los dos se equivocan en las formas y también, en parte, en el fondo. En cuanto a lo primero, es urgente que den un paso atrás, porque ese no es el camino. Respecto a lo segundo y en relación a lo que ha dado origen a la última andanada, podía haberse hecho mejor. Igea podía asistir a aquella reunión del consejero de Cultura con el alcalde y su concejala del ramo sin que ello supusiera problema alguno. A veces ocurre y, como ha dicho el propio vicepresidente, ¿qué problema hay en que se mejore la representación prevista inicialmente? Otra cosa es que cuando se es consciente de susceptibilidades sea aconsejable un cambio de ruta, en la diplomacia siempre hay un plan B. Por ejemplo, celebrar la reunión según lo previsto y que el consejero le trasladara el inmenso interés del vicepresidente de un encuentro con el alcalde para profundizar en los asuntos. Puente se equivocó suspendiendo la cita bajo el argumento utilizado de que no debía estar Igea. No se le hacía ningún feo institucional, muy al contrario. Si le ocurre eso mismo a cualquier alcalde de la región daría palmas con las orejas. Pero se sintió molesto porque no fue capaz de distinguir entre el Puente tuitero y el Puente alcalde, que representa a 300.000 ciudadanos. En la asistencia de Igea a la reunión solo vio provocación –cosa que solo Igea sabrá si existió o no– en lugar de normalidad institucional. Es el riesgo que tiene construir animadversiones, que ya solo deja espacio a la desconfianza. Nadie se fía de nadie. Es lícito, pero desde el respeto.