Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


El breve instante

13/09/2020

Descubrir un criterio para resolver secuencias numéricas era la clave de algunas de las tareas de mi hijo Rodrigo, en estos meses de verano. Algo que me hizo reflexionar sobre el genuino sentido de la Educación: ayudar a nuestros jóvenes a encontrar su talento para poder discernir. De hecho, defender el pensamiento crítico, contra viento y marea, ha sido la seña de identidad transversal en las grandes figuras de nuestra historia (desde Aristóteles a Margarita Salas), en todas las disciplinas y épocas. Tener criterio, al fin y al cabo. Porque el sentido propio y el sentido común son vigas maestras de las personalidades carismáticas, de esos individuos con principios que persiguen incorporar a sus equipos las organizaciones más portentosas. El sentido de la felicidad nos dice que no podemos vivir con los principios de otros. Ni tampoco aceptar normas enlatadas. Ni renunciar a actuar con sensatez por miedo a no encajar en las vías pautadas, aunque sepamos que el tren va a descarrilar. Implicarnos con la humanidad (hasta las trancas), desde nuestra vocación, es una opción más que saludable. De eso va el liderazgo. 
En este tiempo de incertidumbre, precisamos mujeres y hombres que actúen con criterio, en todos los ámbitos esenciales. Hablo de personas firmes ante el bien común, dispuestas a romper todas las barreras para conseguirlo. Individuos con una enérgica voluntad e inteligencia práctica, siempre inclinados al altruismo. No se trata solo de gravitar en el mundo, de mirar por la ventana a ver palidecer, sino de pelear con valentía. Este es el sello de calidad, me consta, reclamado en los perfiles profesionales del presente y del futuro. Criterio es también lo que ambiciona la opinión pública en sus gobernantes. No olvidemos, de ningún modo, que sus decisiones condicionan nuestras vidas. Por eso, si solo hay crispación de ombligo, si no existe empeño de cooperación, no avanzamos. Y como los ciudadanos son lo primero, quien arbitra el marco de nuestras oportunidades debe estar capacitado para diferenciar lo prescindible de lo imprescindible. Porque para volar alto, hay que quitar el plomo de las alas. Y más en un clima de pandemia, que exige grandes dosis de coherencia, perspicacia y bondad. Precisamente, ante un nuevo curso, el viento de este pensamiento fuerte deben aprovecharlo nuestros maravillosos docentes para insistir en la formación de personas valiosas, las que jamás pervierten la autenticidad. 
Decía Sócrates que “una vida sin criterio no merece ser vivida”. Por eso importa la naturaleza de nuestros pensamientos y las palabras útiles, las que van acompañadas de hechos transformadores. Reclamar resultados en la gestión pública es defender la esperanza que pertenece a nuestros hijos (los que regresan a las aulas creyendo en la magia de sus sueños). Este optimismo no se movilizará sin lucidez en la acción y compasión. Fíjense, en la mitología griega, la ruindad era condenada por los dioses. Eso le ocurrió a Sísifo, a quien se le castigó a empujar una roca gigantesca hasta la cima de la montaña. Una vez allí, debía hacerla rodar por el valle, para volver después al punto de partida y repetir la acción, una y otra vez. Indefinidamente. A propósito, el filósofo Albert Camus, en su ensayo sobre este mito, sostiene que Sísifo experimentó la libertad en un breve instante cuando, habiendo terminado de empujar el peñasco, se encuentra en la cima y aún no tiene que comenzar de nuevo. Ahí nace su breve instante. Ese momento que determina nuestro ímpetu para construir nuestro destino. El breve instante para ganar o perder la esperanza. A ese instante hay que agarrarse, siempre.