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Imelda Rodríguez

Punto cardinal

Imelda Rodríguez

Especialista en Educación, Comunicación Política y Liderazgo


Los fareros que desatan nudos

03/07/2021

La del farero es una profesión centenaria y llena de simbología en los tiempos que corren. Tienen habilidad para todo lo importante: conocen el lenguaje marítimo para conducir a las embarcaciones, gestionan los peligros, realizan labores de control y también de manutención. Múltiples y decisivas tareas ejecutadas con la pericia de quien goza de inteligencia práctica. Curiosamente, es un trabajo en extinción pues la tecnología ha sustituido parte de sus funciones, incluso han pasado a llamarse técnicos de sistemas de ayuda a la navegación. ¡Hombre -digo yo- con este cambio nos han robado parte de la poesía, del romanticismo de aquella literatura protagonizada por fareros vibrando en la pericia de sus sueños! También nos hemos quedado sin guardagujas, aunque algunas ciudades han recuperado y actualizado la figura de los serenos. Cuánta nostalgia y cuánta solidez en estas figuras. Los fareros siempre han sabido comprender y gestionar la tempestad -eso es la vida, al fin y al cabo-, tal vez porque asumen el valor de los faros que habitan, impertérritos ante la furia de las olas, sin cansarse de desprender ese haz de luz que a tantos ha salvado. Por algo todas las tripulaciones confían a ciegas en los fareros, en su vocación y en su pasión. En definitiva, se encomiendan a su sentido común, que es la mayor fortaleza de una sociedad. No por casualidad, el sentido común ha sido una reivindicación, una obsesión y una inquietud histórica, pues supone la defensa de la igualdad por encima de cualquier tiranía. Y la opresión, también la encubierta, sigue estando presente hoy. Miren a su alrededor. El fanatismo de algunos de nuestros dirigentes está degradando peligrosamente nuestras instituciones. Y muchos de ellos los que realmente están construyendo es una torre de Babel (que no un faro), a través de muros de confusión y acedia que nos transmiten a través de sus discursos y de sus hechos, cada vez más alejados de las expectativas del ciudadano de a pie.
El ciclo cambiará completamente cuando seamos conscientes de que no podemos dejar de exigir la coherencia, la brillantez y la humanidad en los que están al frente de la toma de decisiones. Ni conformarnos con las noches a la intemperie. Por eso el sentido común ya no es prescindible. De hecho, cuando se deja de aclamar es porque el desánimo corrompe la valentía -y dejar de implicarse en una batalla es también una forma de huir del dolor-. Pero también un error. Porque no solemos creerlo, pero tenemos más poder para cambiar las cosas del que asumimos. Hay que luchar por el bien común, sin descanso. Eso aprendí de mi padre, el hombre más íntegro que he conocido nunca. Y por ahí, precisamente, comienza a retoñar el sentido común, que es la práctica total de la sensibilidad, de la intuición resolutiva y de la honestidad. Estos tres itinerarios guían a un gobernante (si lo que persigue es el bien general) para saber anticiparse y resolver los problemas, conectando con la tranquilidad que nos corresponde disfrutar. O, lo que es lo mismo, el sentido común les ayudará a hacer fácil lo difícil, a crear espacios de esperanza y a curar la inflamación social. Es posible y así lo han demostrado los grandes de la humanidad, desde la reina Isabel de Castilla al presidente Nelson Mandela. Por lo tanto, no es un canto de sirena. El sentido común es la consistencia de la práctica política que merecemos. Únicamente los mejores, en cada posición, podrán impulsar nuestra ventura. Necesitamos fareros que desaten todos estos nudos.