LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


La idiotez

20/12/2020

La espesa niebla apenas deja intuir su figura. Pasea despacio, con un maletín en una mano y, en la otra, un cigarrillo que apura con cada paso. Sabe, desde hace un buen rato, que le vigilan de cerca. Es el mismo hombre, ataviado con un sombrero de ala ancha y una gabardina, que hojeaba un tabloide en uno de los bancos del barrio londinense de Chelsea y que controla todos sus movimientos. Su pulso se acelera. Conoce cuáles son sus intenciones. La información clasificada que guarda en un microfilm, oculto en uno de los compartimentos de su cartera de piel con doble cerradura, es el objetivo. El juego del gato y el ratón acaba de comenzar.
Edward Pattinson es un doble agente del MI6, que lleva trabajando desde antes de la Guerra Fría. Su idea hace sólo unas semanas era la de comenzar a disfrutar de su jubilación, pero el servicio secreto británico le ha encomendado una última misión, el colofón a una carrera llena de sinsabores. El espía intenta dar esquinazo a la figura siniestra que le persigue, pero no acaba de conseguirlo. Pattinson, después de comprar una cajetilla de tabaco en un quiosco, decide entrar en la estación de metro de Sloane Square. Quizás allí sea mucho más sencillo escabullirse entre la gente.
El calor del interior provoca que sus gafas se empañen y, antes de cruzar los tornos, se para a limpiar los cristales con su corbata de seda. El hombre continúa ahí, a una distancia prudencial y ahora, además, está acompañado por otro individuo, más corpulento y con marcados rasgos caucásicos. Edward se dirige a la parada de la línea amarilla con dirección Notting Hill, no sin antes mandar un mensaje encriptado desde su obsoleto teléfono móvil. Sus amigos disimulan desde el otro extremo, miradas que vienen y van, pero que no pierden detalle de cada movimiento que hace. 
El vagón abre sus compuertas. Pattinson entra y se percata de que allí, sentando con unos auriculares, hay otro joven cuyo rostro le resulta familiar. De su pantalón sobresale la empuñadura de un revólver. Al bajar, el agente se cruza con una mujer muy atractiva y, sin que nadie se dé cuenta, intercambian sus maletines idénticos, en una maniobra perfecta para salvaguardar la documentación.
La pasada semana fallecía John Le Carré, el gran maestro de las novelas de espionaje, un hombre hecho a sí mismo y que era carne de cañón, abandonado por su madre desde niño y con un padre estafador, que entraba y salía constantemente de la cárcel. Sus obras, sobre la época en que las dos grandes superpotencias y las ideologías que cada una representaba luchaban por repartirse el mundo, hasta el extremo de que los tentáculos para influir en cada parte del globo casi terminan con él, forman ya parte del imaginario colectivo que perdurará en el tiempo. El destino ha querido que la muerte de David Moore Cornwell, que era su verdadero nombre, se produjera solo días antes de que Londres se separe definitivamente de la Unión Europea, llevando hasta las últimas consecuencias  un Brexit, que este genio de las letras británicas había criticado con dureza, poniendo en duda incluso la propia supervivencia económica de la isla.
Desde que el 23 de enero, la Reina Isabel II rubricara la ley para que, tras 47 años siendo socio de la UE, el Reino Unido se independizara del Viejo Continente, el tira y afloja entre unos y otros ha sido una constante por los grandes intereses que existen de establecer o sortear los mecanismos normativos, sobre todo a nivel económico, que puedan condicionar las relaciones y las balanzas comerciales de los próximos años.
La negociación, compleja y asimétrica, que afronta su recta final incumpliendo de manera reiterada los plazos, enfrenta a dos bloques de peso, pero con grandes diferencias, y en la que Bruselas, guste o no al excéntrico Boris Jhonson, está en mejor posición y haría mal  si flexibiliza sus exigencias. No hay que olvidar que su población está conformada por 447 millones de habitantes, con un mercado único similar en tamaño al de EEUU o China, mientras que la del Reino Unido es de sólo 67 millones. La gran traba para ejecutar el divorcio, aparte del asunto crucial de la pesca, es la de asegurar una competencia justa entre las empresas, ya que Londres apuesta por que sus compañías cuenten con ayudas estatales para competir en Europa, un punto de fricción que ha provocado que la UE amenace con la implantación de cierres y severos aranceles para compensar la situación de desventaja.
Mientras centenares de camiones colapsan la frontera que separa Francia del Reino Unido, donde el tráfico pesado ha repuntado más de un 50 por ciento en los últimos días, al ganar fuerza el fantasma del desabastecimiento debido a la posible parálisis de comunicaciones y comercio, lo que queda claro es que, como defendía con vehemencia Le Carré, el Brexit es «la mayor idiotez perpetrada por el Reino Unido desde la invasión de Suez». Lo peor es que aquí perderán todos y que se corre el riesgo, como en sus novelas, de que atravesar mañana el Eurotúnel se asemeje a cuando en plena Guerra Fría se cruzaba el muro de Berlín. 



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